Javier Risco.
Siempre que
se hace viral alguna declaración estúpida de un personaje público hay algo que
rescatar, al menos la mirada de la gente voltea a un lugar en específico. La
semana pasada ocurrió uno de estos hermosos fenómenos mediáticos, cuando el
charro de Huentitán, Vicente Fernández, dijo ante las cámaras de Imagen
Televisión: “Estando en Houston me hallaron una bolita en las vías biliares y
era cáncer (…) cuando me lo dijeron interrumpí la gira. Me quisieron poner el
hígado de otro cabrón y dije: ‘no amigo, yo no me voy a ir a dormir con mi
mujer con el órgano de otro güey (otro tipo), ni sé si era homosexual o
drogadicto”. La declaración no sólo exhibe la ignorancia del charro más icónico
de México –ojalá sólo se quedara en eso–, el problema de que alguien como él
diga semejante barbaridad es echar para abajo el trabajo de décadas sobre la
donación de órganos en este país, cuántos mexicanos no habrán dicho en esta
semana: “ves, siempre lo he dicho, cómo voy a tener el riñón de un gay en mi
cuerpo”. Porque sí, miles piensan eso.
Dicho esto,
pasemos a lo realmente importante. Este fin de semana la periodista Natalia
Vitela, en el diario Reforma, publicó una interesante radiografía de cómo
funciona la red de trasplantes en este país. De acuerdo a Josefina Alberú,
presidenta de la Sociedad Mexicana de Trasplantes, “de los 538 centros
autorizados para la donación, procuración y trasplante que existen en el país,
sólo el 50 por ciento reportó actividad en 2018”. Esto es mucho más trágico que
lo que opina un charro en retiro.
Otro dato que
nos pinta un futuro negro es “que la tasa de donación en México es tan sólo de
4.6 donantes por millón de habitantes, mientras que en países como Argentina,
la tasa es de 14, y en Brasil se supera los 16 donantes por millón de
habitantes”.
Actualmente
existen poco más de 15 mil personas en espera de trasplante de riñón, y sólo 20
por ciento son pacientes atendidos.
Pero todo
puede empeorar, en el presupuesto 2019, uno de los centros de salud más
afectados fue el Centro Nacional de Trasplantes (Cenatra). De acuerdo con
información oficial de su portal que responde a las preguntas, ¿qué hacemos? y
¿quiénes somos?: “Sus áreas son: Dirección General: Determinar las políticas
nacionales en materia de donación y trasplante de órganos, tejidos y células
para la conformación del Sistema Nacional de Trasplantes, la operación del
Registro Nacional de Trasplantes, el cumplimiento de las normas jurídicas y
establecer los lineamientos generales para la conducción del Programa Acción.
Trasplantes: Se encarga de administrar el Sistema Informático que concentra los
datos de la actividad que en materia de donación y trasplantes desarrollan los
hospitales en todo el país. Actualiza permanentemente las estadísticas
nacionales con base en el flujo de información emitido por los profesionales de
la salud en los hospitales que cuentan con licencia sanitaria para realizar
actividades de donación, trasplantes y/o banco de tejidos. Por otro lado,
realiza el análisis de la información para estructurar propuestas y estrategias
de mejora en el Sistema Nacional de Trasplantes. Brinda asesoría y apoyo a los
procesos de donación y trasplantes mediante acuerdos con diferentes
instituciones de transporte, jurídicas, etc. Para ello cuenta con un módulo
integrado por personal experto, y que funciona 24 horas del día”, la definición
sigue, pero nos quedamos con esto, agotadora tarea y a la vez indispensable
para la salud pública de este país, lástima que en el presupuesto 2019 el
Centro Nacional de Trasplantes (Cenatra) tenga una disminución del 90% en su
presupuesto, al pasar de 8.6 millones aprobados en 2018 a 878 mil 704 pesos
para 2019. Sí leyeron bien, 878 mil pesos anuales. Esto es lo que importa la
donación de órganos en este país.
Ojalá todos
volteemos a ver la crisis que pasa la cultura de la donación y del trasplante
en este país, eso pesa y daña más que lo que piensa un charro.
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