Por Arnoldo
Cuellar.
Aferrado a la idea de otorgarle todo
el poder a su alcance a Carlos Zamarripa Aguirre, olvidándose incluso de que se
trata de una institución ya autónoma por ley, el Gobernador de Guanajuato ha
calificado como simples “fobias” las críticas de algunos sectores hacia la
creación de una Unidad de Inteligencia Financiera dentro de la Fiscalía de
Guanajuato.
Con un sesgo autoritario, el
mandatario confunde la verdadera tarea de una Unidad de Inteligencia
Financiera, cuyo carácter es técnico y de previsión, no de persecución ni
forense.
Incluso, hay tendencias a nivel
mundial que plantean la necesidad de que los servicios periciales tengan
autonomía, a fin de dotar de mayor certeza a la procuración de justicia, lo que
difícilmente se verá en el oscurantismo que priva en Guanajuato esta materia.
El Gobernador no puede atribuir una
crítica razonada y argumentada a la “fobia”; pues entonces habría que pensar
que su decisión de convertir a Carlos Zamarripa en un zar de la procuración de
justicia obedece a una “filia”, a un deseo personal, a una amistad o quizá a
una complicidad.
Hay que recordar que estamos hablando
de una Procuraduría de Justicia que sigue practicando la tortura, 10 años
después del caso Palomo, el ganadero asesinado por policías ministeriales mientras
lo interrogaban por del delito de abigeato.
Incluso una procuraduría de derechos
humanos tan tibia como la de Raúl Montero ha emitido recomendaciones por
tortura que se quedan en el nivel de los agentes que la practican, sin
atreverse nunca a recomendar al jefe de la institución, Carlos Zamarripa,
probablemente por temor reverencial, aunque quizá también por connivencia.
Estamos frente a una procuraduría que
sigue resolviendo casos emblemáticos como el de los niños asesinados en San
Miguel Allende, bajo la prueba confesional, justamente la que se iba a
erradicar en el nuevo sistema penal acusatorio.
Y qué decir del caso Leonardo Reyes, el
migrante asesinado en San Miguel de Allende por policías estatales bajo el
mando de Alvar Cabeza de Vaca, a quien Carlos Zamarripa no ha molestado ni con
la petición de un citatorio para los presuntos homicidas.
Nos encontramos, además ante un
procurador de justicia, lo era hasta hace tres meses, que ha sido durante
cuestionado por el incremento de la violencia, la actividad delictiva y la
impunidad en el estado de Guanajuato, que ha visto como sus indicadores se
hunden a niveles nunca vistos en el pasado. No es posible que el actual
Gobernador pretenda cerrar los ojos ante una situación de esa magnitud.
Por si algo
faltara, en las últimas semanas ha
surgido evidencia periodística que sugiere la existencia de acciones u
omisiones de la estructura que encabeza Zamarripa que tuvieron como efecto
solapar la actividad criminal del capo que surgió y se fortaleció en Guanajuato
justo esos mismos años que el procurador acentuaba su poder: José Antonio
Yépez, El Marro.
No es nuevo. Ya en 2017, un jefe de
zona militar, el general Arturo Velázquez Bravo, hoy jefe de seguridad física
de Pemex, había señalado la impunidad absoluta con la que operaba Yépez, quien
no tenía una sola orden de aprehensión en el estado, pese a su largo historial
criminal, los asesinatos asociados al robo de combustible y el volumen de
huachicol que manejaba. Ni siquiera se le había considerado entre los objetivos
“más buscados” del Estado.
Así que la desconfianza no es
gratuita, ni tampoco puede ser confundida con una simple “fobia”. Por lo pronto
queda clara la fuerte vinculación entre el Gobernador Diego Sinhue Rodríguez y
el Fiscal Carlos Zamarripa, lo que de entrada hace nugatoria cualquier
posibilidad de autonomía.
Con la
entrega de la Unidad de Inteligencia Financiera a la Fiscalía, el Gobernador refuerza los lazos de su
gobierno y del PAN con Carlos Zamarripa, eliminando cualquier residuo del
espíritu con el que emergió la idea de una entidad autónoma que pudiera incluso
procesar a los ejecutivos en funciones.
No hay Fiscalía autónoma, en cambio sí
hay una super-procuraduría que ya denota un ascendiente sobre los otros
poderes. Ya lo vimos en el Legislativo, convertido en un simple validador del
Fiscal.
Esta ominosa situación no puede ser
buena para un régimen democrático y un sano equilibrio de poderes.
Que lo
escuche quien pueda y quien quiera.
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