Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
La bomba
política de la temporada, la renuncia de Germán Martínez a la dirección del
Instituto Mexicano del Seguro Social, hizo evidente una de las contradicciones
centrales del proyecto gubernamental de López Obrador. La carta con la que
Martínez –uno de los fichajes más sorprendentes de la campaña electoral pasada,
emblema de amplitud de la coalición gobernante– dejó la dirección del mayor
organismo de seguridad social del Estado mexicano confirma que para el
Presidente de la República lo central es conseguir los recursos para sus
programas de transferencias en efectivo, así se caiga a pedazos el sistema de
salud, y también que no va a transigir en la centralización del ejercicio
presupuestal, aunque con ello pueda colapsar la gestión pública en temas tan
relevantes como la provisión de seguridad social.
Como en los
tiempos del más rancio neoliberalismo salinista, el poder de Hacienda es
incontrovertible, aunque ahora no se maneje desde la oficina del Secretario del
ramo, sino desde otra ala del Palacio Nacional. La disciplina férrea que
pretende imponer el Presidente de la República sobre todos sus funcionarios,
reflejada también en la orden a María Novaro para que regresara de
perentoriamente del festival de Cannes, acabará por asfixiar toda innovación o
creatividad en las dependencias públicas y en lugar de resolver el problema de
agencia, como pretende el Presidente, lo que va a provocar es parálisis, desabasto, ineficiencia y lentitud
en la administración, mientras que el ahorro será magro y contraproducente y
apenas disminuirá la corrupción.
Al
Presidente parece no importarle el funcionamiento cotidiano del Estado. Omite
en su concepción de gobernar que también fue electo para ser garante de la
operación de los miles de servicios que la administración pública debe proveer,
a los que está obligada por mandato constitucional. Con sus recortes radicales
a sectores prioritarios de la administración, orientados por completo a su
ambicioso plan de transferencias en efectivo, y sin incentivos para aumentar la
eficiencia de la gestión más allá de las arengas presidenciales, López Obrador
puede provocar efectos muy nocivos en la marcha cotidiana de los organismos
públicos que atienden problemas importantes de la población o que se dedican a
la prevención para el corto y largo plazo. Vimos ya los efectos de los recortes
a CONAFOR, que alcanzaron niveles catastróficos para el medio ambiente de la
Ciudad de México, con afectación inmediata a la salud de las personas. Por
supuesto ni hablar de temas como la ciencia y la tecnología, a las que está
asfixiando.
El
Presidente ha dejado claro que no tolerará intento de autonomía alguno por
parte de sus subalternos. La virtud más valorada en el gabinete, a partir de
ahora, será la disciplina. Como en los tiempos más duros del presidencialismo
priista, los secretarios de Estado tienen que estar atentos todos los días a
los designios presidenciales para satisfacer hasta el último capricho del Señor
del Gran Poder. En aquellos tiempos, sin embargo, el incentivo para la
eficiencia estaba colocado en la competencia por la sucesión presidencial, que
sería decidida por el Presidente, por lo que no solo había que mostrar lealtad
lacayuna, sino también resultados evaluables. Ahora, todas las mañanas el
Presidente gira instrucciones para que sean ejecutadas sin chistar y sin margen
de autonomía.
Para
garantizar la disciplina en el IMSS López Obrador envió a uno de sus
principales operadores políticos, uno de sus más leales, Zoé Robledo, aunque
con ello debilita aún más a la antes todopoderosa Secretaría de Gobernación.
Encargada de toda la política interior, desde la seguridad, el espionaje, las
relaciones con los gobernadores y con los otros poderes, era el engranaje
central de la operación del Estado en su función de control social y fue
cantera de presidentes, pues durante la época clásica del régimen del PRI, a
partir de Miguel Alemán, la mitad de los ungidos como sucesores salieron de
Gobernación. No contó en aquellos tiempos con una policía de control
territorial, pues esa tarea la hacían los estados, con excepción de la vigilancia
de los caminos federales, y se recurría al ejército para las amenazas más
graves o para situaciones críticas, mientras que la investigación y persecución
de los delitos federales estaba en manos de la Procuraduría General de la
República; pero Gobernación sí tenía una policía política más o menos eficaz,
encargada de hacer notar la presencia del poder autoritario entre cualquier
disidencia en potencia.
Durante el
Gobierno pasado, Gobernación tuvo en sus manos también la seguridad policiaca
federal, que había tenido su propio ámbito durante los gobiernos panistas. Con
Peña, Gobernación concentró las tareas de un ministerio del interior de corte
europeo. López Obrador, en cambio, ha decidido que no necesita una correa de
transmisión así de poderosa para su ejercicio del poder, pues la relación con
los gobernadores y con los otros poderes la lleva directamente y ha concentrado
todo el poder del control territorial en la Guardia Nacional. Gobernación ha
sido despojada de toda su fuerza política, hasta casi quedar convertida en la
agencia de relaciones públicas de la Presidencia, la cara amable representada
en Olga Sánchez Cordero.
Por supuesto
que Gobernación tiene en sus manos temas sensibles, como el de los
desaparecidos, y podría jugar un papel importante para lograr que los derechos
humanos imperen por fin como regla de conducta en todos los ámbitos de la
gestión estatal. El talante de la Secretaria y su buena voluntad pueden hacer
que no sea superflua su tarea, pero el espacio de acción que le han dejado en
el diseño no es ni reflejo pálido del que tuvo la poderosa Segob de otros
tiempos. Incluso el evidente compromiso con el cambio de política de drogas,
tanto de la Secretaria como del Subsecretario Alejandro Encinas, ha sido
abordado de manera contradictoria por el Presidente, cuando al tiempo que
presenta una estrategia de prevención novedosa, pone en duda la legalización de
la mariguana que ya está en pleno proceso legislativo, precisamente por una
iniciativa de la propia Sánchez Cordero cuando era Senadora, además de que
existe un mandato de la Suprema Corte de Justicia para que el Congreso legisle
en el sentido de la jurisprudencia que emitió. El poder omnímodo perece no
necesitarla más que como un escaparate donde muestre un rostro compasivo.
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