Julio Astillero.
No hay
que confundir lo policial-militar con lo electoral. Y no hay que utilizar
eufonías o atenuantes: en Bolivia se consumó un golpe de Estado desde una fase
de amago del jefe de las fuerzas armadas de ese país que, de no haber sido
atendida por Evo Morales, habría significado el uso abierto y extremo de las
armas. Un golpe que fue la culminación de un proceso de exacerbación de ánimos
sociales y de retos y amenaza final de mandos policiacos y militares a partir
de un litigio electoral.
Los
ingredientes clásicos del intervencionismo extranjero combinado con la
incitación y magnificación de discordias internas que podrían haber encontrado
salida, por ejemplo, mediante la convocatoria a nuevos comicios que ya había
anunciado el propio presidente de la república antes de ser forzado a declinar
(a riesgo de una confrontación mayúscula, sangrienta) por las sugerencias del
comandante en jefe de las fuerzas armadas, Williams Kaliman, y del comandante
general de la policía boliviana, Yuri Calderón.
El
mensaje, sin
embargo, no es meramente local. Es un mensaje de respuesta rápida desde
centros de poder continental y mundial que ven con gran recelo la restitución
política y electoral de la corriente de izquierda, con diversos matices, que
había tenido una notable y unificada presencia en años pasados y, luego de un
aparente retorno vigoroso de las opciones de derecha, está siendo rebasada, en
diferentes niveles y profundidad, en una parte de Sudamérica y… en México.
La
apresurada conjunción de factores golpistas en Bolivia (medios de comunicación,
grupos empresariales, élites policiacas y militares, injerencia estadunidense)
puede ser vista también a la luz de lo que sucede en México. Un gobierno de
centroizquierda, con tintes derechistas y religiosos, y marcada propensión a la
defensa y beneficio de los sectores más desprotegidos de la sociedad, enfrenta
la intención desestabilizadora de los grupos de poder que se sienten
desplazados y maltratados. Como en Bolivia, hay medios de comunicación, grupos
empresariales, élites policiacas y militares e injerencia estadunidense que
buscan agravar la problemática natural de un país en variopinto proceso de
cambio. Vale leer y entender lo que ha sucedido en Bolivia porque, sin mucho
encubrimiento, es un mensaje redactado originalmente en inglés.
En el
partido que debería ser sustento del presidente López Obrador se vive una
tragicomedia que al parecer durará largo tiempo en cartelera. Ayer hubo una
reunión del consejo nacional de Morena, convocada por la presidenta de este
órgano, Bertha Luján, quien a la vez aspira a dirigir el comité nacional de ese
partido. Yeidckol Polevnsky, quien actualmente hace como que preside al
morenismo (es secretaria general en funciones de presidenta, afectada por un
largo desgaste que le ha restado autoridad política) no asistió a tal reunión
de consejo y prefirió organizarse una conferencia de prensa en la que anunció
su propósito de seguir como directiva hasta en tanto no se encuentre una salida
política a la crisis de la que ella es corresponsable de principalísimo nivel.
Además, se
pretende reformar los estatutos para establecer como mecanismo de selección de
candidatos las famosas encuestas que han significado y significan la abolición
de mecanismos democráticos para elegir dirigentes municipales, estatales y
nacional, en aras de esos métodos de supuesta validación demoscópica que, en la
realidad mexicana, sólo significan la validación de la voluntad de quienes
controlan tales procedimientos, sean varios o uno solo.
Y, mientras
de gira en Yucatán el presidente López Obrador ha recibido las primeras
muestras fuertes de oposición al Tren Maya, lo cual obligará a realizar
consultas populares verdaderas, con reglas institucionales y no a mano alzada
ni con formalidades insuficientes.
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