Salvador
Camarena.
La semana
pasada, en un proceso lleno de tropiezos y denuncias por irregularidades, el
Senado de la República consumó la operación gubernamental para imponer a una
cercana a Morena al frente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos
(CNDH).
Es una
cuenta más del rosario de posiciones en distintos órganos autónomos que el
gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador logra para sí o los suyos.
Una más, sí, aunque sea una muy importante.
Ahora ya
sabemos a qué se refería el tabasqueño cuando hablaba de cambio de régimen.
Desapareció el INEE, forzó las salidas de los titulares de la CNH y la CRE,
desdeña olímpicamente al INAI, obligó a un cambio en el Coneval, le aplicaron
la de "copelas o cuello" a un ministro de la Corte, le hicieron
'manita de puerco' a la titular del Tribunal Electoral… y ahora la CNDH.
En menos de
un año, los contrapesos han quedado chimuelos. Con esas maniobras, el
Presidente ha fortalecido su poder. En contrapartida, la sociedad tiene menos
garantías de que las decisiones gubernamentales serán las mejores o de perdida
las menos malas.
El diseño de
esos órganos contemplaba los vaivenes del poder, y se suponía que sus
integrantes estaban blindados (entre otras cosas con nombramientos de amplio
periodo), precisamente, para no depender de la voluntad del Presidente de la
República.
El nuevo
régimen tiene otra opinión sobre cómo deben ser esos entes que solíamos llamar
autónomos o la división de poderes.
Con el
ímpetu de su triunfo, López Obrador ha desbaratado el edificio institucional
construido en tres décadas de PRI-PAN y PRD.
¿Por qué
esos partidos no han podido defender a sus criaturas? No es sólo por medrosos:
la oposición, que es pequeña, sabe que tiene mucha cola que le pisen, que su
mejor opción es que el soberano se olvide de que existen. Lo que parece no
saber la oposición es que no van a poder salir del hoyo por la misma rampa por
donde se desbarrancaron.
Es frecuente
escuchar a gente lamentarse de lo mucho que costará recomponer 'lo que había'.
El problema
que la oposición no quiere reconocer es que 'lo que había' no era lo funcional
que PRI-PAN-PRD se afanan en vendernos.
Ante la
actual concentración de poder, 'lo que había' parece el espejismo de un Estado
escandinavo.
Sin embargo,
'lo que había' no sólo era imperfecto, y se prestó a corrupción, sino que
muchas veces fue tratado por las autoridades de entonces con el mismo
intervencionismo que hoy se le critica a López Obrador. Tan es así que el
Instituto Nacional Electoral surgió de una purga que en su momento los partidos
que tenían el sartén por el mango decretaron.
Alguien
criticará que López Obrador prometió ser diferente. Pero es un político, piensa
como político y en este caso tiene la capacidad, y el arrojo, de actuar como
político. No como estadista, como político.
Desde esa
perspectiva, Andrés Manuel tiene todos los incentivos para continuar el
desmontaje institucional, y en esa línea tendría ya sólo un par de premios
mayores: el instituto de la transparencia y el INE.
La bancada
de Morena formalizó ya en San Lázaro una iniciativa para limitar a tres años la
presidencia del INE, que hoy dura nueve.
La asonada
está en marcha. ¿La clase política no morenista defenderá al INE? Se antoja muy
difícil. Esa oposición carece de legitimidad, pues nunca hizo un mea culpa por
'lo de antes'. Y ahora, su hijo más adelantado, parece dispuesto a despacharse
a la mayor de las instituciones autónomas. Nada se lo impide.
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