Julio Astillero.
Adiferencia
de 2006, cuando se negó tozudamente a hacer cualquier tipo de alianzas que
significaran mengua o desdoro de sus principios políticos generales, en 2018
Andrés Manuel López Obrador fue capaz de hacer concesiones y llegar a pactos
con grupos y personajes que en su primer intento por llegar a la Presidencia de
México no hubiera aceptado.
La evidencia
de ese giro pragmático está a la vista: el gabinete presidencial, las bancadas
legislativas de Morena y de los partidos aliados al obradorismo, y gubernaturas
y presidencias municipales en todo el país tienen como partícipes a figuras
oportunistas que supieron saltar de sus barcos partidistas originales (sobre
todo, los priístas y perredistas) para entrar en un proceso de falsa
purificación al acogerse a la organización ahora dominante, Morena.
Un caso muy
sonado en 2006 fue el de la profesora Elba Esther Gordillo Morales, entonces
dirigente caciquil del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
Mucho se hablaba en el entorno cercano a AMLO del rechazo absoluto de éste a
reunirse con la primera para llegar a pactos electorales. Gordillo ofrecía su
poderosa maquinaria electoral a cambio de posiciones en el gabinete y la
garantía de su continuidad en el cargo directivo laboral. Pero AMLO decía que
no iba a negociar nada que le hiciera llegar con las manos atadas a Palacio
Nacional.
Así,
Gordillo terminó pactando con Felipe Calderón Hinojosa y, hablando con
gobernadores priístas, le suministró al panista voluntades y votos fraudulentos
que le permitieron al michoacano argüir que había obtenido una ínfima
diferencia de votos (medio punto porcentual: unos 230 mil sufragios) y hacerse
a la mala de las llaves de Los Pinos.
Con la vista
puesta en las elecciones intermedias de 2021, cuando se renovará la Cámara de
Diputados federal y se elegirán gobernadores, congresos estatales y
presidencias municipales en varios estados, López Obrador reincide en el
pragmatismo. Su adversario central es la derecha, representada por el
debilitado Partido Acción Nacional y por la fanfarronería sin sustento de
Felipe Calderón y su partido México Libre, con Margarita Zavala como
persistente precandidata a algo.
Contra esa
derecha bicéfala, López Obrador está construyendo o reafirmando alianzas,
implícitas o explícitas. En primer lugar, con el Revolucionario Institucional;
es decir, con su difuminado dirigente formal, Alejandro Moreno, Alito, y con
sectores influyentes de ese priísmo, como los grupos de máxima élite, encabezados
por Carlos Salinas de Gortari y, en etapa reciente, por el aún intocado Enrique
Peña Nieto. Además, un trato terso a la Confederación de Trabajadores de
México, la organización sindical priísta que tanto daño ha hecho al país.
Ya en la
bolsa tiene al dizque partido Verde (gracias al aliado y protegido Manuel
Velasco Coello, ex gobernador de Chiapas), al Partido del Trabajo que en
zigzagueo permanente acaba en la contabilidad electoral del tabasqueño, y el
expresamente derechista Partido Encuentro Social que perdió el registro como
tal pero ahora emergerá como Partido Encuentro Solidario. Más los nuevos
partidos que se acumulen, sobre todo los impulsados por el monrealista Pedro
Barba Haces y el ebrardista Mario Delgado.
En ese
camino vuelve a aparecer el gordillismo, que ya en 2018 tuvo un papel discreto,
pero no irrelevante en el cuidado de casillas electorales a nombre del PT. La
profesora Gordillo ha construido un nuevo partido personal, las Redes Sociales
Progresistas, que pretende sea presidido abiertamente por su yerno, Fernando
González Sánchez, aunque persiste el litigio por parte de Juan Iván Peña Neder,
escindido de ese gordillismo. Ayer, Rafael Ochoa, otro personaje largamente
identificado con Elba Esther, uno de sus principales operadores políticos,
recibió una peculiar bienvenida a Morena por parte de su sedicente presidenta,
Yeidckol Polevnsky. El juego es sumar rumbo a 2021, como antesala del
presidencial 2024.
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