Salvador Camarena.
Ya vine de donde andaba, se me concedió volver…
Esa popular canción
podría aplicarse a Fidel Herrera Beltrán, quien volverá de su exilio, perdón,
de su beca, perdón, de su misión diplomática (es un decir) en Barcelona. Vuelve aupado en una ola mediática, en la
que se subió para, dice él, defender su honor de las acusaciones de Miguel
Ángel Yunes, gobernador de Veracruz.
Por partes.
Fidel Herrera no ha regresado físicamente, claro está, pues
antes de pisar tierra mexicana debe finiquitar los trámites de
entrega-recepción del consulado que en polémica hora hace dos años Enrique Peña
Nieto le encargó.
A pesar de ello, ya regresó. Y de varias maneras.
La primera,
mediática: ayer las señales del dial y de no pocas estaciones televisivas
fueron todas para la famosa verborrea, nada desarticulada eso sí, de Fidel
Herrera.
Más aún. Ha iniciado
el retorno de Fidel a la política y, oh paradojas de la vida, es a su némesis,
a Yunes Linares, a quien le debemos (¡¿) el milagro de revivir políticamente a
Fidel.
Vuelve Fidel, y vuelve recargado.
Con su catarata de
cifras de enfermos, montado en esa memoria que dispara nombres de médicos, de
enfermeras, de directivos de hospitales, de pacientes, de marcas de
medicamentos, números de expedientes, fechas, de todo, de todo: Fidel, el
político que dice que recuerda cada uno de sus días en el poder, cada rincón de
Veracruz, cada episodio de sus tiempos, animal político que lleva, lo crean o
no, la cuenta de cuántos días lleva fuera del poder.
Fidel ha vuelto a preparar su defensa/ataque contra Miguel
Ángel Yunes, que temerariamente (cómo si
no) acusó la semana pasada –sin pruebas en la mano, sin expediente listo, sin
acusación presentada en una fiscalía– a Fidel de haber estado detrás de
supuestos engaños en contra de niños enfermos de cáncer, a los que habrían
aplicado agua en vez de quimioterapia.
Decir que Fidel viene a la política es decir que el PRI
tiene de nuevo un gallo en Veracruz, palenque
del que se había ausentado tras la derrota de junio pasado, cuando Morena casi
les quitó el segundo lugar.
Así que Yunes, que a
la manera de Trump había venido gobernando Veracruz desde la transición misma,
imponiendo tiempos y agenda mucho antes de tomar el poder en diciembre,
forzando singulares (o de plano sospechosos) acuerdos y desbordando sus
límites, ahora sí tendrá opositor, y no uno cualquiera, sino precisamente a ese
al que con tanta tenacidad buscó.
¿Todo lo anterior quiere decir que mejorarán los hospitales
de Veracruz? ¿Qué se sabrá si hubo o no niños muertos por manos corruptas que
cambiaban medicamentos por líquidos que no llegaban ni a placebo?
¿El retorno de Fidel quiere decir que la crisis del estado
que alguna vez gobernó acabará más pronto? ¿Que la inseguridad amainará? ¿Que
las industrias y los comercios florecerán? ¿Qué Duarte aparecerá?
No. Quiere decir que
la clase política veracruzana seguirá en su cuento, con acusaciones mediáticas,
con dimes y diretes de pleitos que parecen sacados de una mala copia de Dos
tipos de cuidado.
Porque ni Yunes, ni
el revivido Fidel, han perdido nada luego de décadas de pugna política.
Ellos se frotan las manos por el pleito cantado que vendrá, y no ven la hora de
revirar la siguiente acusación en los micrófonos. Uy, lo buena que se va a
poner la grilla en el café de La Parroquia, la de pasquines y libelos que
financiarán…
¿Y Veracruz?
Veracruz que se joda.
Ya llegó el que
andaba ausente y este no consiente nada…
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