Adela Navarro Bello.
Los escenarios no podían ser más disímbolos.
El escritorio tiene nombre. Resolute se llama en relación al
origen de la madera que eligieron para labrarlo, misma que fue extraída de los
interiores de un barco británico. Llegó a la Oficina Oval de la Casa Blanca en
1880 cuando la Reina Victoria de Inglaterra lo obsequió en agradecimiento con
el gobierno norteamericano.
Sentado frente a ese mueble que representa la solemnidad, la
tradición y el respeto a la institución, y con la prensa de testigo, Donald
Trump firmó sus primeros memorándums; no fueron decretos u órdenes ejecutivas,
pero sí tienen la misma autoridad para convertirse en jurisprudencia. Sucedió
el lunes 23, y el republicano emitió sus primeras reformas: la salida de
Estados Unidos del TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), el
congelamiento de las plazas vacantes en la Gobierno, y el cese de presupuesto
en el extranjero a instituciones y centros de aborto.
Trump, el Presidente de los Estados Unidos, realizó esas
firmas apenas rodeado por el Vicepresidente, Mike Pence, y el jefe de la
oficina de la Presidencia, Rience Priebus, cuatro, cinco personas más a lo
mucho. Sin más rodeos, y con memorándums de apenas una o dos cuartillas de
texto, el republicano afectó con sus decisiones, a la tierra propia y a la
ajena. Sin aspavientos.
Prácticamente a la misma
hora, en México, el otro escenario.
Sin escritorio de por
medio, el Presidente Enrique Peña Nieto una vez más convocó a “las fuerzas
vivas” del País, empresarios afines, secretarios de estado, colaboradores
suyos, sindicalistas y los líderes de las Cámaras Alta y Baja del Poder
Legislativo. Además, unas 200 personas sentadas frente a él, que ocupaba el
centro de un enorme presídium con todos sus empleados y seguidores, haciendo
frente a la comisión de aplausos. El mismo circo mediático de siempre.
Empresarios de los medios de comunicación, dueños algunos, reporteros los más.
Una mesa larga de madera con el escudo de México al centro,
dio cabida a unos 20 integrantes de la mesa “de honor”. Muchos hablaron.
Primero el Secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, después el
dirigente del Consejo Coordinador Empresarial, Juan Pablo Castañón, después de
éste como ya es costumbre, Carlos Aceves del Olmo, dirigente de la
Confederación de Trabajadores Mexicano, más adelante Pablo Escudero, Presidente
de la mesa directiva del Senado de la República. Después de ellos, el
Presidente tomó la palabra.
Muchos mexicanos
esperaban que lo que dijera aquel lunes por la mañana Peña Nieto, fuesen
acciones contundentes para enfrentar al gobierno xenófobo y fragmentario que
hoy despacha en la Casa Blanca en la persona de Donald Trump. Medidas
específicas, contundentes, que le dieran a los mexicanos certeza sobre el
futuro económico del País, ante la arremetida del republicano.
Pero nada de eso
sucedió. Rodeado de los afines representantes de los poderes, de los
empresarios convenencieros, de los sindicalistas gobiernistas, de los
funcionarios serviles y de una comisión de aplausos, Enrique Peña Nieto no dijo
nada. Nada para amortiguar los daños ante la caída del comercio mundial que
en el caso de México se exacerba con las medidas Trump.
Nada para detener la
depreciación del peso mexicano frente al dólar norteamericano. No dictó un
decreto o propuso una reforma para atraer a las automotrices que están
abandonando sus planes de inversión en México motivados por el cumplimiento de
las amenazas de Trump de elevar los impuestos por importación a su país, o por
los beneficios que les provee al hacer más laxas las leyes de protección al
ambiente cuando de manufactura de unidades motores se trata.
Ni siquiera la
depreciación del peso que suele ser un atractivo para el inversionista
extranjero, particularmente para el maquilador, ha tenido efectos positivos en
México, ante la falta de acciones por parte del gobierno federal para promover
la producción nacional.
No dio a conocer una
sola medida, un cambio en la legislación hacendaria, para remontar o recuperar
la actividad industrial en suelo mexicano. Ni siquiera se comprometió a
establecer medidas de control para las importaciones a México provenientes de
los Estados Unidos, como el Presidente de aquel país lo está haciendo. Mucho menos firmó decretos para activar el
consumo interno, que es lo que hemos estado sobreviviendo ante la
desaceleración en la manufactura y la devaluación del peso.
Enrique Peña Nieto, rodeado de cientos de personas solo tuvo
buenos deseos. “Prioridades” y “objetivos” para en algún momento cuando eso se
transforme en leyes, reglamentos, normas o decretos, poder hacer frente a la
embestida que con la firma de memorándums y rodeado de unos pocos en la Oficina
Oval, Donald Trump está tundiendo a México.
No; Peña dijo que iba a “delinear los objetivos de la
política exterior que seguirá México los próximos dos años”, pero ante el más
grave problema que es la crisis económica, no
dio lugar al Secretario de Economía, ponderado eso sí al de Relaciones
Exteriores, su amigo Luis Videgaray, a quien se le atribuye el “logro” de tener
buena relación con el yerno de
Trump, Jared Kushner, y basar en ello el futuro de un país.
Las prioridades que
dio a conocer el Presidente fueron una vez más, las clásicas palabras de
definición abierta y de contexto, sin acciones definidas en lo particular:
“fortalecer la presencia de México…”, “construir una nueva etapa de diálogo…”,
“visión constructiva…”, “integración de Norteamérica…”, “negociación
integral…”. Ni un decreto, ni una
iniciativa tangible, ni una ley.
Y mientras Trump arremete, Peña promete: “garantizar trato humano a migrantes”, “repatriación
ordenada y coordinada”, “libre flujo de remesas”, abogar para que los Estados
Unidos detengan el tráfico de armas hacia México así como de recursos
financieros de procedencia ilícita, ir por la “modernización comercial”,
“proteger el flujo de insumos a México”, y, la mejor de todas: “fronteras que
unan, no que dividían”.
En resumen, la
política exterior de México para los próximos dos años, se reduce a buenos
deseos, mejores intenciones y cero acciones.
Incluso el Gobierno de Canadá ha previsto ya y así lo ha
hecho saber a la comunidad internacional, que en la renegociación del Tratado
de Libre Comercio de América del Norte entre México, Estados Unidos y Canadá,
ellos le apostarán a fortalecer una relación bilateral, antes que interceder
por los mexicanos, algo que Peña parece está lejos de cometer.
La política exterior,
en este caso extremadamente ligada a la política económica de México, parece
estar encargada y sustentada en una sola persona. El Secretario de Relaciones
Exteriores, Luis Videgaray, quien en un momento de sensatez declaró al tomar
posesión del importantísimo cargo, que llegaba a aprender.
De continuar Peña Nieto sin tomar acciones concretas para
activar la inversión extranjera, el consumo interno y la protección del peso,
arropado por “las fuerzas vivas” de México, los memorándums de Trump estancarán
más la economía mexicana. A estas alturas vale más la clara firma del gringo
que el endeble discurso del mexicano.
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