Salvador Camarena.
¿Se acuerdan
de esos tiempos en que creímos que la competencia nos haría libres? Que, por
ejemplo, la llegada de nuevas empresas de taxis aeroportuarios haría que las
tarifas bajaran y el servicio mejorara.
Bueno, pues
el desencanto es un viejo conocido. Hoy en el AICM resulta básicamente lo mismo
tomar cualquier compañía de taxis. Hay más opciones, pero es difícil decir
alguna diferencia entre las mismas, empezando por el precio.
La irrupción de Uber confirmó que el
servicio de los taxis en los aeropuertos debe mejorar. ¿Qué justifica que un
auto de esa plataforma cobre 160.50 pesos a Polanco, mientras uno permisionado
por el aeropuerto al mismo destino tenga una tarifa al menos 100 pesos más
cara? Y de Guadalajara (doble de precio) y de Cancún (abismal diferencia entre
ambas tarifas) mejor ni hablamos.
El lunes,
supuestos taxistas del AICM protestaron porque Uber accede a la zona federal
del aeropuerto a levantar pasaje. El director del AICM, Alexandro Argudín,
minimizó la manifestación de cientos de personas en la Terminal 1, al señalar
que no son taxistas del aeropuerto.
Las autoridades de Comunicaciones y
Transportes, cabeza de sector del AICM, deberían plantear mejoras para hacer
más competitivo el servicio de los taxistas del aeropuerto: bajarían tarifas,
subiría la calidad del servicio y en igual medida debería hacerlo el pago a los
choferes.
Y a la par de eso, las autoridades
deberían ser transparentes con la ciudadanía sobre las razones que tienen para
consentir abusos y privilegios, como los que se
señalan de la compañía de taxis Excelencia, que tiene un adeudo con el
aeropuerto, según reportes del propio AICM, de más de 253 millones de pesos.
Resumo en
pocas líneas un conflicto que inició a los pocos meses del 15 de septiembre de
2008, fecha en que el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México SA de CV
y Servicio Excelencia firmaron un contrato para que éste prestara servicio de
autotransporte público con destino y origen en la terminal aérea. Servicio Excelencia pagaría cuatro mil 500
pesos más IVA al mes por el permiso de cada unidad vehicular.
Sin embargo,
al poco tiempo la empresa dejó de pagar
y hasta el 15 de junio pasado la deuda, intereses incluidos, era de 249
millones 73 mil 496 pesos, sólo por el acceso a la zona federal. Por la renta y
consumo de servicios, la deuda suma tres millones 952 mil 983 pesos. El total
es de 253 millones 26 mil 479 pesos.
El AICM lleva años tratando de cobrar
eso. Y, cosa que a nadie sorprenderá, ha topado con pared: varios juicios
derivaron en que no se le pudo embargar a Excelencia porque los inmuebles que
se le conocen no son de su propiedad, y tampoco se le encontraron cuentas
bancarias a su nombre. Casi casi como empresa fantasma.
¿Qué propone el señor director
Argudín? Borrón y cuenta nueva a Excelencia, a cambio de que pague sólo 30
millones de pesos (en seis cómodas mensualidades). Tal cual: si le pagan 11 por
ciento de la deuda, el AICM está de acuerdo en perder 89 por ciento de la
misma. Descuentazo de Argudín a Excelencia. ¿Dónde se formará uno para que lo traten así de
benévolamente?
Lo anterior
estuvo a punto de ser aprobado en el consejo de administración del AICM, según
una minuta del 22 de junio pasado. Al final la intentona se frustró.
Cabe preguntarse a) quiénes están
detrás de Excelencia, que pueden más que el Estado, y b) por qué Argudín los
quiere consentir.
Mientras,
Excelencia sigue en servicio. Qué raro mundo o, mejor dicho, qué raro
aeropuerto tenemos.
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