jueves, 27 de julio de 2017

Tláhuac: jaque mate a Mancera.

Martín Moreno.

A Miguel Ángel Mancera le han propuesto, tal y como lo hicieron sus antecesores, salir de su oficina para caminar por el Centro Histórico y saludar a los ciudadanos. No ha querido. Por miedo. Por temor a los reclamos de capitalinos ante su mal gobierno.

A Miguel Ángel Mancera le han presentado inagotables y contundentes pruebas de que el crimen organizado controla ya gran parte de la actividad delictiva en la capital del país: Tepito, Tláhuac, Iztapalapa, GAM, La Condesa, La Roma, Zona Rosa, Ciudad Universitaria, y muchas zonas más. Su respuesta ha sido cerrar los ojos y repetir, como merolico: “No hay cárteles…no hay cárteles…no hay cárteles”. Esa ceguera irresponsable y criminal hoy cobra facturas altas a los ciudadanos, inseguros ante la ola criminal que ahoga a la ciudad.

A Miguel Ángel Mancera – débil y manipulable, manipulable por débil-, su equipo cercano: Héctor Serrano, los hermanitos Serna, Manuel Granados, José Ramón Amieva, no se cansa de endulzarle el oído haciéndole creer que puede ser presidente de México. Y Mancera se lo cree, iluso, a pesar de que en las encuestas aparece como el aspirante un dígito: no pasa del 7%. En ninguna. Esa ambición ridícula ha llevado a la CDMX a un vacío de gobierno como jamás se había visto.


Cárteles o no cárteles, los criminales tienen de rodillas a la capital.

Cárteles o no cárteles, asaltan, extorsionan, secuestran, envenenan, asesinan, amenazan.

Cárteles o no cárteles, se sirven del vacío de autoridad en la CDMX.

¿Y Mancera?

Cabalgando en Chihuahua.

¡Qué desgracia para los capitalinos!

Para Mancera, la entrada de la Marina y de agentes federales a Tláhuac marcan, a querer o no, un antes y un después para la Ciudad de México. El día que con 14 balazos destrozaron a Felipe de Jesús Pérez, alias El Ojos, también hicieron pedazos la terca versión del jefe de Gobierno de que en la CDMX no había cárteles de la droga.

Si el de Tláhuac no era Cártel, ¿entonces por qué intervino la Marina?

Si el de Tláhuac no era Cártel, ¿cómo explicar que controlara venta de drogas, secuestros, extorsión a comercios y realizara de manera impune más de 50 ejecuciones en, al menos, tres delegaciones?

Si el de Tláhuac no era Cártel, ¿cómo explicar que fuera una ramificación sólida y consolidada de Los Zetas, con armamento de alto poder que solamente los cárteles tienen bajo control?

Lo que para Mancera eran unos simples vendegrapas esquineros, para los ciudadanos era una organización criminal que los tenía aterrorizados. Allí están las madres de algunos civiles desaparecidos, deambulando y exigiendo justicia ante la indiferencia del gobierno de Mancera.

Si Felipe de Jesús era El Ojos, Miguel Ángel Mancera es el Sin Ojos: nada ve, nada visualiza, de nada se entera.

Porque si tuviera realmente el control de la seguridad capitalina, Mancera y su equipo habrían desmantelado, desde hace tiempo, al Cártel de Tláhuac. Pero no lo hicieron. Y si por ellos hubiera sido, seguiría operando con El Ojos al frente de ese reino del terror.

Tan es así, que tuvo que intervenir la Marina y federales para hacer la chamba que el equipo de seguridad de Mancera fue incapaz de lograr. Ese es el dato duro. Lo demás – sus pretextos, sus balbuceos-, son tiquismiquis.

Tláhuac marca un antes y un después para la CDMX y para Miguel Ángel Mancera. Un jaque mate.

Para la capital, porque la incluye, tras el operativo, en una plaza más donde el crimen organizado – cárteles o no cárteles-, ha sentado su poderío y rebasado a las autoridades locales. Como en Tamaulipas, Guerrero, Sinaloa y tantos más.

Y un antes y un después para Mancera porque, ahora, su figura política – de por sí enana-, se ha empequeñecido todavía más: por un lado, la realidad violenta que vive la capital, contrastando de manera agraviante con el discurso hueco y vago del jefe de Gobierno, postal que exhibe a Mancera como un funcionario pelele de esa propia realidad.

Hoy por hoy, Mancera batalla con tres cosas:

Primero, con la nula confianza de los ciudadanos hacia su persona. Basta ver la encuesta del diario Reforma del domingo pasado, que solamente le da…¡6 puntos de preferencia electoral para el 2018!, sin ninguna posibilidad de pelearle la presidencia a AMLO, Margarita Zavala o a cualquier otro. Mancera es una partícula suspendida en el espacio de la próxima elección presidencial.

Segundo, con su innegable derrota como mandatario capitalino. Por algo es el jefe de Gobierno peor evaluado por los ciudadanos. Por algo no quiere salir a dar recorridos por el centro de la ciudad.

Tercero, con las ambiciones desatadas en su círculo cercano, que luchan no sólo por quedarse en su lugar cuando renuncie en octubre próximo para buscar una candidatura presidencial de humo, sino que se aferran a que su jefe sea candidato presidencial a costa de lo que sea, incluyendo el vacío de Gobierno en la CDMX.

Y de esos tres escenarios, Mancera no sale bien librado.

Si tuviera un poco de cordura, Mancera renunciaría a su locura de ser candidato presidencial e intentar, en los meses que le restan como jefe de Gobierno, medio llenar el indiscutible vacío de autoridad que se vive en la capital. Pero se antoja muy difícil que un personaje tan trastornado por su ambición de poder tenga un ápice de ética y de responsabilidad.

Mancera se encierra en su oficina y solamente quiere oír palabritas melosas de Serrano o de los hermanitos Serna, que lo seducen con sueños futuristas. Saber nada de El Ojos, o del crimen organizado, o de los latosos capitalinos que se quejan de todo.

Mancera quiere ser candidato presidencial, con el fracaso rotundo en la CDMX como carta de presentación.

Y usted, ¿votaría por Mancera?


Yo no.

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