Reducir la
pobreza y mejorar los servicios básicos son dos fines loables para dirigir el
desarrollo y el crecimiento económico sostenibles. Si además se piensa en un
lugar como la región del Río Sonora, devastado por el peor derrame tóxico de la
historia de la minería, añadir a aquellos objetivos los de la reactivación
económica y la expansión de oportunidades para vidas saludables y productivas,
nos llevan a pensar que la creación de Zonas Económicas Especiales es positivo.
Sin embargo,
mucho depende de los medios empleados para conseguir dichos fines, puesto que
el fomento de las inversiones, el impulso a la productividad, así como la
promoción de la competitividad y el empleo, no necesariamente conllevan una
mejor distribución de ingresos entre la población.
A veces, lamentablemente las más de
las veces en México, los apoyos a tales inversiones se disponen para favorecer
a las personas que más tienen, ocasionando por resultado la ampliación de la
brecha entre quienes nada tienen y quienes acaparan cada vez más poder.
Por eso mismo es determinante incidir
en la orientación de las Zonas Económicas Especiales. En ello se juega que se
conviertan en un instrumento democrático de mejora de la justicia social o, por
el contrario, en un medio más para que las instituciones de gobierno se
coloquen al servicio de las élites.
Para el caso del Río Sonora conocer
el fin real que está detrás de la creación de su Zona Económica Especial hará
más visible esta dicotomía, ya que si los incentivos que genere son en
beneficio del mismo sector que causó el derrame que la motivó en primer lugar,
se sabrá que constituye una afrenta más que usa la desgracia de la gente, no
para reparar sus afectaciones, sino para profundizar en las injusticias.
Por tal
razón, vale la pena colocar la mirada pública en lo que sucede con la Zona
Económica Especial para el Río Sonora. El 20 de febrero fue publicada en el
Boletín Oficial del Estado la ley que la crea, misma que entró en vigor al
siguiente día. Noventa días más tarde, la titular del Ejecutivo debía emitir su
reglamento.
En igual
plazo debían quedar establecidas una Comisión Intersectorial y un Consejo
Técnico, instancias responsables de la operación y evaluación de la Zona –la
cual por ley se tiene previsto que pueda llegar a funcionar por un periodo de
15 años–. Una primera inconsistencia es
que nada se conoce de tal reglamento e instancias.
Por su
parte, 30 días después de la entrada en
vigor de aquella ley, la gobernadora del Estado tuvo que haber publicado una
declaratoria de la Zona. Ahí una segunda inconsistencia, ya que ello no
aconteció sino hasta el pasado 15 de mayo, con casi dos meses de retraso.
Más
importante, dicha declaratoria emitida no contiene algo que por ley tenía la
obligación de externarse: las facilidades
administrativas y los posibles incentivos fiscales y económicos que más tarde
tendrán que concretarse con un segundo decreto proveniente de tal gobernadora.
Omisiones.
La omisión
no es menor. La Declaratoria de la Zona Especial Río Sonora sí trae la
delimitación geográfica de la misma, que abarca ocho municipios de la entidad.
Sí estipula que se tiene hasta el 1 de diciembre de este año para celebrar
convenios de coordinación entre tales municipios y el gobierno estatal. Sí
dispone que la fecha en que iniciará operaciones la Zona es el primero de enero
del 2018. Y muy trascendente, sí establece un plazo para que los gobiernos
municipales manifiesten su aceptación de formar parte de ella. Todo con
cronograma incluido.
Pero respecto del adelanto de las
facilidades administrativas e incentivos fiscales y económicos, la Declaratoria
guarda silencio. Lo deja para el siguiente decreto. Sin embargo, el plazo
marcado en la ley para que los municipios acepten participar en la Zona quedó
en marcha.
Supuestamente durante el mes de junio
transcurrió el periodo para que los ayuntamientos manifestaran su
consentimiento. El cual no se emitía solo, toda vez que debía acompañarse de un
acuerdo donde quedaran señaladas, entre otras, la obligación de suscribir el
convenio de coordinación con el gobierno estatal; la de participar en la
elaboración del Programa de Desarrollo a cargo de la Secretaría de Hacienda del
Estado; incluso la de realizar todas las medidas administrativas y legales necesarias
para operar la Zona; así como el compromiso de participar en el financiamiento
de las inversiones públicas que se requieran para que funcione la Zona y hasta
la disposición de los servicios públicos necesarios para el mismo objetivo.
Como se puede ver, algo nada menor.
Nada menor porque lo que el consentimiento de los
municipios para participar en la Zona puede significar, en términos prácticos,
es la sujeción de sus funciones al servicio de su operación. Por ejemplo, los
planes de desarrollo urbano municipal, la creación de reservas territoriales,
el uso de suelo, las licencias de construcción, los servicios de agua potable,
tratamiento de aguas residuales y disposición final de residuos, todos, pueden
llegar a comprometerse en aras de priorizar esa Zona.
Conviene
recalcarlo, todos los anteriores compromisos se fijan desde este primer
consentimiento de los municipios y no hasta la suscripción de los convenios de
coordinación. Si de por sí ya sería constitucionalmente cuestionable este tipo
de concesiones, alarmante es que se
firmen en blanco sin conocer la orientación de la Zona Económica Especial para
el Río Sonora.
Por eso cabe
preguntar ¿para quién estarán trabajando
los municipios? Lo que reciben a cambio no es nada en comparación: los
municipios deben informar por ahora sobre las necesidades de infraestructura,
las acciones de política pública y la estimación de recursos públicos que a su
juicio se necesiten para el desarrollo de la Zona, pero del gobierno
estatal no obtienen mayor compromiso que tomarlo en cuenta para el Programa de
Desarrollo que elaborará la Secretaría de Hacienda en saque inicial.
Ahora bien, si este panorama es preocupante, todavía
más grave si se medita sobre lo más importante: la participación de la gente.
¿Dónde quedan las personas afectadas?
¿Cómo influyen en la orientación, contenido, operación y evaluación del
funcionamiento de la Zona que se crea supuestamente en su beneficio y como una
medida de reparación tras lo ocurrido con el derrame que dañó toda la región
del Río Sonora? ¿Han sido informadas de forma oportuna, accesible y suficiente?
¿Han sido consultadas tanto por gobierno estatal como por sus gobiernos
municipales? ¿Cómo pueden asegurarse de que se les beneficiará?
La transparencia, acorde a esta ley
especial, queda para después. La información no está en estos momentos
fundacionales en poder de la gente. El respeto a los derechos humanos de las
personas y comunidades involucradas, incluido el de un medio ambiente sano
–vital si se piensa en el derrame que motivó toda esta cuestión–, alcanza solamente una mención casi
retórica al señalarse en la ley que la Zona los atenderá.
Y en cuanto
a la participación, da para decir que se fomentará la inclusión de las y los
habitantes de la región como guía en los convenios de coordinación entre
municipios y gobierno estatal, los cuales, si bien deberán promover el
desarrollo integral de tales personas y comunidades, lo harán según lo previsto
en el Programa de Desarrollo que se elaborará sin consulta real.
En
definitiva, si hasta algunos programas
estatales deberán destinarse para lograr el cumplimiento de los objetivos de la
Zona Especial del Río Sonora; si incluso se deberán tratar de aplicar programas
federales a favor de la región; debe volverse a preguntar ¿en beneficio de
quiénes? y ¿con cuál visión?
Un último
dato contenido en la ley para acrecentar las preocupaciones: a representantes
de la sociedad civil se les puede invitar a sesiones del Comité Técnico con que
contará la Zona, junto con representantes de las empresas que inviertan o
participen en ella, pero para integrar
tal Comité solamente queda previsto una persona representante del sector
empresarial. Y entonces, por última ocasión, ¿al servicio de quién está esta
Zona?
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