Francisco
Ortiz Pinchetti.
En la etapa
final de la contienda por la presidencia de la República proliferan los rumores
sobre un eventual fraude electoral en la jornada del próximo domingo 1 de
julio. Me parece que la difusión de esas especies es no solo irresponsable,
sino que carece en absoluto de sustento. Y les voy a decir por qué.
Hace justo
50 años, les platico, me tocó cubrir por primera vez como reportero un proceso
electoral. Fue en los comicios municipales de Baja California, en julio de
1968. La competencia fue especialmente cerrada entre el PRI y el PAN en
Mexicali, la capital, y Tijuana, la ciudad más importante y rica.
Antes,
durante y después de la jornada el gobierno y su partido echaron mano de todas
sus argucias fraudulentas, entonces usuales, para impedir que esos dos
ayuntamientos cayeran en manos de los panistas, cuyos candidatos a esas
alcaldías eran respectivamente Norberto Corella Gil Samaniego y Luis Enrique
Enciso Clark. Hubo desde adulteración
del padrón y expulsión de representantes opositores en las casillas hasta robo
de urnas y una intentona fallida –gracias a la resistencia ciudadana que hizo
guardia de día y de noche– de introducir calígrafos al local donde se guardaban
los paquetes electorales para falsificar actas.
Yo trabajaba
entonces como free lance y fui enviado por la revista quincenal Gente,
desaparecida hace muchos años, junto con el subdirector de la publicación, José
Antonio Arce Caballero. Nuestra crónica
de lo ocurrido provocó una demanda tal en la entidad que fue menester hacer un
sobretiro especial de 50 mil ejemplares, que se agotaron en horas. La protesta
ciudadana por el fraude se prolongó por dos, tres semanas. Finalmente, las
elecciones en los dos municipios fueron anuladas y en ambos se nombraron
concejos municipales. Fue mi primer encuentro con el fraude electoral. Después,
como el mar a Pablo Neruda, se me apareció por todas partes… durante casi
treinta años.
En todo ese
tiempo, ya en el semanario Proceso,
cubrí más de 20 procesos electorales conflictivos en diferentes estados de la
República –Sonora, Guanajuato, Sinaloa, Jalisco, Oaxaca, Querétaro, Nuevo León,
Estado de México, San Luis Potosí, Puebla, Chihuahua, entre ellos- en la
mayoría de los cuales ocurrieron acciones fraudulentas más o menos graves.
Muchos de los nombres de los operativos tramposos que se hicieron parte del
folclore electoral mexicano fueron ocurrencia de los reporteros que cubríamos
las elecciones. Así la Operación Tamal o el Ratón Loco, por ejemplo.
En esos años, la cubertura electoral
era emocionante. Los reporteros no controlados por el PRI (que en ese entonces
pagaba hoteles, comidas, bebidas, regalos y diversiones a los enviados de los
medios) nos pasábamos el día de un lado a otro de la ciudad o del estado, en
franca cacería de mapaches. Alguien pasaba el tip de que en tal casilla estaba
ocurriendo alguna anomalía y salíamos disparados. A veces era cierto; a veces,
falsa alarma.
Los históricos comicios estatales de
1986 en Chihuahua y la resistencia ciudadana ante el fraude (que cubrí durante
tres meses) fueron sin duda un parteaguas en la historia electoral mexicana.
Ahí, la estrategia del PRI, diseñada desde la secretaría de Gobernación por su
entonces titular Manuel Bartlett Díaz, para evitar el triunfo del panista
Francisco Barrio Terrazas, incluyó todo el catálogo de las maniobras
fraudulentas, como consigné documentadamente en mis crónicas publicadas en
Proceso.
Hubo padrón rasurado, sustracción de
boletas, expulsión y suplantación de representantes, ratón loco (desubicación
de casillas), urnas embarazadas (previamente llenas), taqueo (introducción de
fajos de boletas votadas), acarreo de votantes, carrusel (volantas de votantes
en diversas casillas), sustitución de funcionarios de casilla por “auxiliares
electorales” del gobierno, amedrentamiento de electores, violación del voto
secreto, alteración de actas, casillas reventadas, robo de paquetes
electorales, entre ellas. El sistema llegó al límite de sus tropelías en esa
entidad norteña.
En ese
entonces los gobiernos estatales dominaban a los órganos electorales. El
gobernador designaba al presidente de la Comisión Estatal Electoral y a los
consejeros. A los votos del PRI se sumaban
invariablemente los de sus partidos satélites (el PPS, el PARM, el PFCLN), que
apabullaban así a la oposición. En el plano federal, la Comisión Nacional
Electoral era presidida por el secretario de Gobernación, con un esquema
semejante a los órganos estatales.
Las cosas
han cambiado radicalmente. Luego de la
controvertida elección presidencial de 1988 hubo tres cambios que fueron
fundamentales para la futura apertura democrática de nuestro país: La
introducción en 1992 de la credencial de votar y la lista nominal de electores
con fotografía, la reforma política de 1993/1994, que suprimió la auto
calificación de las elecciones por el Congreso, y desde luego la
ciudadanización en 1996 del Instituto Federal Electoral (IFE), que quitó al
gobierno el control de los comicios.
Sucesivas
reformas han ido cerrando el paso a las mapacherías tradicionales, hoy
definitivamente erradicadas. Nuestro costoso sistema electoral es reconocido
internacionalmente entre los más avanzados del orbe. La credencial para votar
tiene 25 elementos de seguridad y las boletas electorales siete candados, que
las hacen infalsificables. Más de un millón y medio de ciudadanos insaculados y
capacitados se encargan de la organización y vigilancia de las elecciones
federales como funcionarios de casilla. Ellos cuentan los votos.
Hay urnas
transparentes y mamparas que garantizan la secrecía del voto. La ubicación de
las casillas se difunde con suficiente antelación. Los partidos tienen acceso
oportuno a la lista nominal, lo que permite su revisión. Los electores pueden
comprobar su inclusión correcta en el listado. Las boletas están integradas a
blocks con talones foliados y pueden ser firmadas en el reverso por los
representantes de partido. Todos los partidos y candidatos pueden tener representantes
en las casillas. Nadie puede votar más de una vez, ya que solo podrá hacerlo en
la sección en que su nombre y su fotografía aparezcan en la lista nominal
respectiva. El uso de la tinta indeleble en el pulgar es un candado adicional.
Las boletas
antes de la elección y los paquetes electorales después están permanentemente
bajo la custodia del Ejército Mexicano y ningún funcionario gubernamental tiene
acceso a ellos. Todos los representantes
de partidos reciben copia de las actas de instalación, clausura y escrutinio.
Los resultados de cada casilla son exhibidos de inmediato, mediante carteles
fijados en el exterior del local. El Conteo Rápido y el Programa de Resultados
Electorales Preliminares (PREP) están diseñados científicamente para dar certidumbre
a los resultados (aunque alguien los ha usado para lo contrario), que sólo
serán oficiales una vez que se corroboren en las juntas computadoras de cada
uno de los 300 distritos electorales, que hacen el recuento tres días después.
Las inconformidades pueden dirimirse ante el Tribunal Electoral de la
Federación. Hay observadores nacionales e internacionales durante todo el
proceso. Y el seguimiento periodístico de la jornada se ha vuelto… ¡francamente
aburrido!
Con la
experiencia acumulada en medio siglo de coberturas electorales (que incluyeron
también las campañas presidenciales de 1970, 1976, 1982, 1988, 1994, 2000 y
2006), puedo afirmar hoy que en México el fraude electoral como tal es
impensable. E imposible. Otra cosa son
prácticas de muy discutible eficacia como la compra y coacción del voto, en la
que participan por cierto todos los partidos políticos.
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