Sanjuana Martínez.
Fue un día cargado de
simbolismo. Pequeños detalles que anuncian lo que nos espera en los próximos
seis años. Fue una forma distinta de llegar a ocupar el poder. Fue una toma de
posesión inédita, tranquila, sin sobresaltos, con certezas, con cambio de
paradigmas. Un cambio de régimen político, un antes y un después.
Por primera vez en la
historia reciente democrática, un Presidente de México llegaba al Palacio
Legislativo de San Lázaro en su propio coche, un jeta blanco. Mientras una
larga fila de lujosas camionetas blindadas ingresaban al estacionamiento del
lugar con gobernadores, secretarios, funcionarios, políticos y el séquito de Enrique
Peña Nieto, López Obrador, llegaba sin protocolo ni escoltas y caminaba
sonriendo junto a su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, para entrar al recinto.
Lo esperaban pocas
pancartas, apenas algunas del grupo parlamentario del Partido Acción Nacional,
PAN, protestando por los precios de la gasolina y unos cuantas de un lado de
diputados de lo que queda del Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Su discurso fue también diferente. Inició agradeciendo a su
predecesor no haber intervenido en las pasadas elecciones, tal y como, hicieron
otros ex presidentes. Primero le
reconoció, pero después fue enfático y duro en la critica de los saldos que
deja el sexenio peñista. Se centró en el mal endémico de México: la corrupción
y en los males que nos han dejado los gobiernos neoliberales: “El distintivo
del neoliberalismo es la corrupción”, remató.
López Obrador aprovechó
su discurso de investidura para insistir en que la venganza no es su fuerte y
prefiere seguir siendo partidario del perdón y la indulgencia, para no juzgar a
sus antecesores y a los funcionarios corruptos de sus gobiernos: “No habría
juzgados ni cárceles suficientes”.
Su discurso del perdón
sigue dejando a muchos con mal sabor de boca. Pero ya veremos lo que decide el
próximo mes de marzo cuando se consulte a la ciudadanía sobre la posibilidad de
llevar a juicio a ex presidentes y sus colaboradores acusados de corrupción.
Frente a la defensa de los fueros que perpetúan la impunidad
que padecemos, AMLO anunció una
iniciativa para la reforma al artículo 108 de la Constitución para eliminar la
impunidad y los fueros de altos funcionarios públicos, claro, empezando por él
mismo: “El buen juez por la casa empieza… dejo en claro que si mis seres
queridos, mi esposa o mis hijos cometen un delito deberán ser juzgados como
cualquier otro ciudadano”.
Según López Obrador, el
otro distintivo de su Gobierno será la separación del poder económico del poder
político, con esto pretende que el Gobierno deje de ser un simple facilitador
para el saqueo y el robo al erario como ha sucedido en los últimos sexenios que
han enriquecido a unos cuantos y empobrecido a millones.
Cuando los panistas se pusieron de pie mostrando sus
pancartas exigiendo bajar el precio de la gasolina, AMLO interrumpió la lectura de su discurso y de manera espontánea y
riendo dijo: “Ahora resulta que los que aumentaron el precio de las gasolinas
están pidiendo que bajen”, y se comprometió a que bajarán esos precisos cuando
se terminen las seis refinerías que van a construir.
Su discurso estuvo
lleno de anuncios, guiños, propuestas e iniciativas que tardaremos un tiempo en
analizar tranquilamente cada uno de los cambios y nuevos pasos en la estructura
de la llamada Cuarta Transformación. Pero lo principal son las reformas
constitucionales, como la anunciada para establecer el “estado de bienestar” y
garantizar el derecho de los ciudadanos a la salud, la educación y la seguridad
social.
En ese orden de ideas, AMLO
le puso los pelos de punta a más de un empresario, sobre todo a aquellos que
están de acuerdo con el actual sistema de explotación laboral que mantiene a
los trabajadores con la caída del 60 por ciento del poder adquisitivo de sus
paupérrimos salarios. En su Gobierno, anunció se incrementará al doble el
salario y esté no se volver a fijar por debajo de la inflación como ha sucedido
durante los últimos gobiernos.
En ese estado del bienestar se incluyen medidas que seguramente a muchos ricos y millonarios
acostumbrados a la filantropía y a las dádivas para reconfortar sus
conciencias, no les gustarán, sobre todo las 10 millones de becas a estudiantes
de todos los niveles de escolaridad, la construcción de 100 universidades
públicas, los contratos para los 2 millones 300 mil jóvenes que ganarán 3 mil
600 pesos mientras se capacitan, el incremento del 100 por ciento a la pensión
a los adultos mayores y su carácter universal, la pensión a ese millón de
personas con discapacidad o con capacidades diferentes que empezarán a recibir
una pensión igual que la de los adultos mayores, las ayudas a los productores
del campo con subsidios y precios de garantía, la venta de una canasta básica a
precio justo para combatir la desnutrición y el hambre de 28 millones de
mexicanos…
Seguramente tampoco
gustó a funcionarios y políticos enriquecidos con el saqueo del erario, la
forma en la que AMLO les leyó la cartilla, insistiendo en la baja de los
sueldos de los altos funcionarios, para que aumenten los sueldos de los de
abajo, la cancelación de los 5 mil millones de pesos anuales destinados al
servicio médico privado para ellos, la eliminación de las cajas de ahorro
especial de los funcionarios, el anuncio de que nadie podrá viajar en aviones o
helicópteros privados a expensas del presupuesto público, el anuncio de que él
ganara el 40 por ciento de lo que ganaba Peña Nieto, la cancelación de compras
de vehículos para funcionarios, la cancelación de oficinas del Gobierno en el
extranjero, la desaparición del Estado Mayor Presidencial y el anuncio de que
sus 8 mil elementos, pasarán a formar parte de la Guardia Nacional, al igual
que los 3 mil 200 agentes de la Secretaría de Gobernación que estaban dedicados
al “espionaje”, sí a espiarnos a periodistas, opositores, funcionarios,
políticos, luchadores sociales… etcétera.
Tampoco creo que le
guste a los miembros de la Policía Federal creada hace 20 años, la opinión del
nuevo Presidente que la definió como una agrupación que carece de “disciplina,
capacitación y profesionalismo” o a los agentes del Ministerio Público y
cuerpos policiales estatales y municipales, la consideración de que muchos de
ellos, están movidos por “la corrupción” y no por el verdadero servicio
público.
Defendió nuevamente a
las Fuerzas Armadas, seguramente para no enemistarse con el ejército y buscar
su lealtad, e insistió en la creación de esa Guardia Nacional compuesta por
militares y civiles. Defendió a nuestros hermanos migrantes y dejó en claro que
durante su Gobierno migrar no será “una obligación”.
En definitiva, AMLO
dejaba en claro que está preparado para no fallarle a la gente y contó una
anécdota conmovedora: “Ahora que venía para acá, se emparejó un joven en
bicicleta y me dijo: Tú no tienes derecho a fallarnos. Y ese es el compromiso
que tengo con el pueblo: No tengo derecho a falla”.
Y para sorpresa de algunos, el nuevo Presidente soltó una
frase para la posteridad que será recordada para bien o para mal: “Nada material me interesa ni me importa la
parafernalia del poder. Siempre he pensado que el poder debe ejercerse con
sabiduría y humildad, y que sólo adquiere sentido y se convierte en virtud
cuando se pone al servicio de los demás”.
Dijo que México
necesita tres cosas para salir de la crisis y dos ya las tiene: un pueblo
trabajador, y suficientes recursos naturales, mientras la tercera, “un buen
Gobierno”, pronto lo tendrá.
AMLO promete trabajar
16 horas, actuar sin odios, ni hacerle mal a nadie, respetar las libertades,
apostar a la reconciliación y buscar la concordia. Y lo más importante, promete
no reelegirse, incluso anunció que en dos años y medio se someterá a la revocación
del mandato, para demostrar que el pueblo es quien tendrá las riendas del poder
en sus manos: “porque el pueblo pone y el pueblo quita, y es el único soberano
al que debo sumisión y obediencia”.
Quizá los símbolos más destacados de esta Cuarta Transformación
que ayer inició, se dieron en el evento del Zócalo de la Ciudad de México. Por primera vez, un Presidente mexicano
fue “purificado” por los pueblos indígenas. Una ceremonia cargada de emociones,
palabras, llanto, miradas, gritos, alegría, folclore y música.
El momento más
conmovedor fue cuando López Obrador se arrodilló durante el ritual de la
entrega del Bastón de Mando frente a un indígena hincado que lloraba para
entregarle un crucifijo.
Luego en su discurso
recordó que es partidario de un liberal puro, Ignacio Ramírez El Nigromante:
“me hinco donde se hinca el pueblo”.
Durante casi dos horas, leyó la lista de sus 100 compromisos,
un compendio de cambios en la agenda social, política y económica del país,
constituida básicamente por buenas noticias encaminadas a elevar el nivel de
vida de los mexicanos.
A punto de las
lágrimas, Lopez Obrador se sinceró frente a su gente, esa gente que ha llenado
en muchas ocasiones la plaza que ha sido testigo de su lucha social durante los
últimos 18 años: “No habrá divorcio entre pueblo y Gobierno. Yo les necesito,
porque como decía Juárez, “con el pueblo todo, sin el pueblo nada”.
Y conmovido dijo: “No
me dejen sólo porque sin ustedes no valgo nada o casi nada; no me pertenezco,
soy de ustedes, del pueblo de México. Sin ustedes, los conservadores me
avasallarían fácilmente, pero con ustedes, me van a hacer lo que el viento a
Juárez. Yo les pido apoyo, porque reitero el compromiso de no fallarles;
primero muerto que traicionarles”.
En el arranque de este
nuevo Gobierno, ciertamente los cambios ya empezaron a llegar. Cambios que
pretenden beneficiar a la mayoría, aunque ahora será la minoría enriquecida en
los últimos sexenios, quienes se opongan con fuerza a este nuevo rumbo del
país.
Pero será la sociedad en su conjunto quién tenga que cambiar. El cambio de México no se logrará sólo con
un cambio de régimen político, se requiere el compromiso de todos. Ojalá y así
sea. ¡Vientos!
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