Jorge Javier Romero Vadillo.
Poco más de una semana lleva en el cargo el Presidente López
Obrador y ya ha dado señales amenazantes que apuntan a un intento de
concentración de poder como la que caracterizó a la época clásica del régimen
del PRI y que costó décadas ir superando paso a paso. Más allá de decisiones
estrambóticas, como la cancelación del aeropuerto de Texcoco, o de gestos
demagógicos de cara a la galería, el inicio del gobierno del cambio verdadero
ha abierto confrontaciones con dos importantes puntales en la tentaleante
construcción de la democracia mexicana.
En uno de sus arrebatos matutinos, el presidente se lanzó
contra el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y
Protección de Datos Personales, criticó su costó y cuestionó la eficacia de la
transparencia en el combate a la corrupción, su gran cruzada. Mucho se le puede
criticar a la actuación del órgano constitucional autónomo garante del derecho
constitucional a la información, sobre todo por los reiterados intentos de
captura por parte de los partidos políticos en los sucesivos nombramientos de
comisionados, pero de ahí a poner en duda el gran avance que ha vivido este
país gracias a la publicidad de toda la información generada por el Estado hay
un gran trecho y resulta muy preocupante si se recuerda las reticencias
mostradas por el actual presidente cuando era jefe de gobierno de Ciudad de
México a los intentos de legislar en la materia que se hicieron desde la
Asamblea Legislativa y su decisión de reservar toda la información relativa a
la construcción de su gran y fallida obra de infraestructura, el segundo piso
del periférico.
El ataque genérico al INAI se suma a la andanada contra la
Suprema Corte de Justicia y al poder judicial en su conjunto a raíz de la
controversia por la ley de salarios máximos. Una ley mal hecha, tal vez
motivada por buenas intenciones, que la Corte ha suspendido en cumplimiento
estricto de sus facultades mientras aborda el fondo de su constitucionalidad,
como producto de una acción de inconstitucionalidad presentada en los términos
del orden jurídico vigente, ha sido el pretexto para desatar una campaña de
acoso y derribo contra el máximo órgano de uno de los tres pilares en los que
se sustenta la República.
Mucho se debe discutir sobre las remuneraciones de los
servidores públicos. Desde luego, en el extremo son reprobables los ingresos
excesivos (aunque ha mentido el hombre que afirma no mentir cuando ha soltado
la cifra de 600 mil pesos como salario de los ministros de la Corte) y es
indispensable rediseñar toda la estructura de sueldos y prestaciones, para
evitar privilegios desmedidos y prestaciones superfluas –cosa que no se hizo en
el Congreso cuando sobre las rodillas se aprobó un proyecto desfasado para
cumplir con el inmediato capricho presidencial–, pero esa discusión debería ir
a la par de la necesaria sobre el rediseño del conjunto de la administración
pública para convertirla en un cuerpo profesional de carrera, con criterios
claros de ingreso promoción y permanencia, que acabe con el sistema de botín
existente, el cual ha sido usado con especial entusiasmo por el nuevo gobierno
para repartir los cargos entre los leales, sin muchos miramientos respecto a
sus capacidades.
La discusión salarial actual se ha dado, en cambio, solo a
partir de la decisión personal de ganar 108 mil pesos y de que nadie en la
administración del Estado gane más que él. El desprecio por la administración
profesional de los asuntos públicos y por el salario justo de los funcionarios
es evidente, pero más allá de eso, le ha servido para desatar la furia contra
la Corte y el poder judicial de la manera más demagógica y amenazante
imaginable. La diatriba presidencial contra los salarios de los ministros se ha
convertido en las redes sociales en una campaña por su defenestración y no han
faltado los rumores de que por la vía del conflicto salarial se pretende, desde
el nuevo gobierno, dar un golpe para sustituir a los actuales jueces
constitucionales con base en una reforma equivalente a la promovida por el
presidente Ernesto Zedillo en 1995.
La reforma constitucional de Zedillo se dio en condiciones
completamente distintas. Hubo entonces un gran escándalo por la prevaricación
continua de algunos ministros, que habían protegido a magistrados en hechos
abominables. Pero lo más importante entonces fue la transformación de la Corte
en el tribunal de constitucionalidad que ahora es, elemento sustancial en la
construcción del pluralismo que entonces comenzaba. El papel que la Corte ha
jugado desde entonces ha sido fundamental como contrapeso al ejecutivo, en las
controversias entre poderes y entres ámbitos de gobierno del arreglo federal.
La Suprema Corte en su papel de tribunal constitucional le
dio la razón a la legislatura de Ciudad de México cuando el gobierno de Felipe
Calderón quiso frenar la legalización del aborto o el matrimonio igualitario.
Fue la Corte la que garantizó nacionalmente, por la vía de la jurisprudencia,
el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, ha sido la Corte la que
ha declarado inconstitucional la prohibición absoluta de la mariguana. Una
Corte como la que nunca había existido en México: independiente y garantista.
Desde luego, ha habido muchas sentencias y decisiones conservadoras o injustas,
pero nadie puede negar que la Suprema Corte representa hoy un valladar frente a
la antigua concentración y arbitrariedad del poder presidencial.
Los intentos por capturar la Corte se han repetido. Peña
Nieto forzó el nombramiento de Eduardo Medina Mora como ministro, pero fracasó
en su intento de promover al cargo a Raúl Cervantes, gracias a la presión
social y a la pluralidad en el Senado. Ahora mismo López Obrador intenta poner
a un incondicional en el cargo que ha dejado el ministro José Ramón Cossío. Se
trata de jugadas sucias dentro de las reglas del juego. Pero de ahí a dar un
golpe contra la Corte hay un trecho.
Otros gobiernos de talante autoritario surgidos de las urnas
han tomado ese camino: Erdogan en Turquía ha purgado a la judicatura y el
gobierno ultranacionalista polaco de Andrezj Duda intentó controlar al poder
judicial enviando a jubilación anticipada a un buen número de los jueces de su
tribunal supremo, aunque ha sido frenado por la Unión Europea. La sociedad
mexicana deberá estar alerta para que el gobierno surgido con el mayor margen
de votos de la todavía joven democracia mexicana no transite por el lado oscuro
de la concentración de poder omnímodo.
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