Por Arnoldo
Cuellar.
El surgimiento de una legión de
cuentas falsas en las redes sociales de Guanajuato, sobre todo en Twitter, que
encuentran su fin principal en darle marcaje personal a periodistas y
activistas de diversas causas, es un fenómeno que merece ser analizado, en el
marco del Gobierno que recién inicia en el estado.
La crítica nunca ha sido cómoda para
los gobernantes, quienes en su fuero íntimo anhelan el elogio, el
reconocimiento social, el amor de sus gobernados. Las voces disidentes son
incómodas, las críticas, argumentadas o viscerales, siempre se identifican con
el “adversario”, con el “enemigo” y no con la simple pluralidad, con las
visiones diferentes desde conciencias diferentes.
Le pasa a todos los gobernantes, le
ocurría a los priistas que generaron una opinión pública monolítica, una prensa
amordazada y una sociedad desinformada. El modelo de prensa que aún padecemos
en buena medida surge en ese largo periodo de la dictablanda priista, donde los
medios de comunicación eran la puerta a otro tipo de negocios en la relación
con el gobierno.
La educación de los políticos
mexicanos pasa entonces por el anhelo de controlar a los medios. Los gobernadores, por ejemplo, consideran que, si no tienen
los titulares de los medios locales varios días a la semana, entonces no
gobiernan o pierden imagen.
Y de ahí viene la fijación con la
crítica, la cual sufre diferentes abordajes, pero siempre con la intención de
disminuirla o, si es posible, desaparecerla.
A la
tentación no escapa nadie, ni siquiera un político surgido de una larga lucha
opositora, la cual ha transitado haciendo uso de la crítica precisamente, como
el actual Presidente Andrés Manuel López Obrador. El intento de dominar la agenda con las conferencias mañaneras y la
respuesta descalificadora a los críticos, directa o a través de las redes
sociales, no abona al diálogo, sino al encono.
En
Guanajuato, el nuevo gobierno encabezado
por Diego Sinhue Rodríguez, ha decidido que los medios no son interlocutores
válidos, sino vehículos para hacer llegar mensajes o adversarios a los que se
debe hostilizar.
Un gobernante que entra en la
categoría de millennial, que podría ver la política con visión distinta, que
podría intentar una interlocución sin intermediaciones, decide atrincherarse,
rodearse de voceros, dictar línea a los reporteros y, finalmente, propiciar el
surgimiento de una estrategia de descalificación a quienes no compran la visión
propagandística que el gobierno quiere hacer pasar como política de
comunicación.
Las redes sociales, como dice el
periodista Álvaro Delgado, son cancha pareja, donde el que se lleva se aguanta.
Sin embargo, eso es válido entre pares, entre actores que dan la cara, que
pueden ser irónicos, sarcásticos, rudos, apasionados, pero que al hacerlo abren
una vía de intercambio que, con todo y todo, puede contribuir a iluminar los
temas de relevancia social.
Esa posibilidad se vulnera cuando se
actúa de forma encubierta; como ocurre también cuando los funcionarios públicos
bloquean a quienes les hacen señalamientos. La actitud en las redes no tiene
límites, hay quienes eligen la creatividad, otros el insulto, algunos la rabia,
otros la intrascendencia.
Todos estamos expuestos al descontón,
al juego sucio. Sin embargo, eso cambia cuando la crítica se convierte en
acoso, cuando se multiplican las cuentas que insultan, descalifican, demeritan
y buscan vulnerar. Entonces puede haber una intención de silenciar, de
censurar, de frenar visiones críticas hacia el Gobierno, como lo han padecido
muchos críticos del Presidente, y entonces el juego se vuelve totalitario y
fascista.
Pero hay otro escenario que es todavía más
preocupante: que el hostigamiento concertado en contra de una persona,
periodista, activista o ciudadano, ocurra desde cuentas que son patrocinadas
con recursos públicos. Entonces estaríamos ante una desviación de fondos de
presupuestos cuya finalidad es el bien colectivo, utilizados para atacar
ciudadanos, se trata de la máxima perversión del estado y de un crimen de lesa
política.
En
Guanajuato, los poco imaginativos y muy
lerdos troles que han aparecido en las redes para perseguir a ciertos
periodistas y activistas muy localizados, se muestran más irritados cuando se
critica al Fiscal Carlos Zamarripa o al Secretario de Seguridad Alvar Cabeza de
Vaca.
Uno de los más hostigados ha sido el
académico Raymundo Sandoval, a quien incluso le usurparon su identidad en
Twitter y ya se ha acogido al mecanismo de protección federal. Da la casualidad
que Sandoval fue uno de los principales activistas de #FiscaliaQueSirva
Guanajuato, colectivo que planteó una campaña para impedir la ratificación de
Carlos Zamarripa como Fiscal General del Estado.
Es ahí donde cabe la hipótesis de que
los troles guanajuatenses estén activados con dinero público. Hay antecedentes, un jefe de prensa de la administración de
Miguel Márquez, Enrique Avilés, invirtió recursos en la contratación de granjas
de bots para promocionar al exgobernador, cayendo en el absurdo de emplear a
pornotuiteros para hacer promoción de un político que se jactaba de su honda
religiosidad y su paso por el seminario.
Ese es el motivo central del
pronunciamiento firmado por más de 350 personas y organizaciones, para demandar
al Gobierno de Guanajuato una investigación seria y a fondo sobre el posible
uso de recursos públicos en este tipo de actividades cuyo objetivo principal,
aunque fallido, es el de silenciar voces críticas y pavimentar la construcción
de una visión única sobre la realidad de Guanajuato, algo que se antoja
verdaderamente imposible.
En ese
sentido, es dinero tirado a la basura y
si proviene del erario, tenemos derecho a exigir que cese el dispendio y se
castigue a los responsables. En todo caso, que sean los fans del gobernador
panista los que asuman la defensa de su política, dando la cara y exprimiéndose
el cerebro. Allí no habría fijón.
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