Por Diego Petersen Farah.
La prensa fifi cambió
de categoría. Ahora ya no solo es conservadora (cuyo sinónimo es hipócrita)
sino delincuencial. El nuevo epíteto con el que el Presidente se refirió a la
prensa fue “el hampa del periodismo”. El contexto es importante. López Obrador
reaccionó así a una nota que habla de los despidos en el sector salud lo que
calificó de falso: “No sé está despidiendo a nadie, es propaganda, es para
afectarnos, ya ven cómo es el hampa del periodismo”.
Una vez más el
Presidente no contestó con datos sino con adjetivos a la información que le es
incómoda o simplemente no le gusta. Calificar de “hampa” al periodismo, ya no
al opositor sino a todo aquel que simplemente publica datos que no le gustan,
es subir el tono de una ya de por sí tensa y desigual relación.
El problema por
supuesto no es la ocurrencia sino lo que ello implica. La violencia verbal
desatada desde las redes tiene en las mañaneras su epicentro. El trabajo
orquestado en redes, de ambos bandos, puede resultar molesto y por momentos en
exceso agresivo, pero mientras no se gaste dinero público en ello es un asunto
entre particulares. Sin embargo, que el Presidente use la tribuna de Palacio
para acusar de hampones a los medios que publican algo que no le gusta no solo
magnifica el encono en redes sociales, sino que implica un uso la investidura
presidencial para generar violencia verbal.
El derecho de réplica de los funcionarios públicos no es
derecho al insulto.
El Presidente tiene el derecho y la obligación de contestar
con datos los señalamientos. Datos que, por cierto, deben tener un sustento. La
respuesta de machote que hoy tiene el Gobierno de la república a las
solicitudes de información en la que señalan que el hecho de que el Presidente
haga una declaración no implica que ésta tenga un soporte documental o que se
trate de una política pública, es una buena ocurrencia para sacarse de encima
un problema, pero no puede ser la política de información.
¿Hasta dónde le rendirá
al Presidente enfrentarse con la prensa?
Está claro que mientras tenga altos niveles de aceptación
social puede darse el lujo de gobernar usando a la prensa como esparrin, como ese
símbolo del pasado detestable que quiere cambiar y llenarla de adjetivos. Pero
nada hay más veleidoso que la aprobación social. La forma más rápida de pasar
de héroe a villano es sentarse en la silla presidencial. La construcción de un mejor país y una mejor
democracia pasa en gran medida por la capacidad de discusión que tengamos en
los medios de comunicación, que los ciudadanos podamos disentir y cuestionar a
las autoridades con seriedad y profesionalismo. El insulto, el adjetivo jocoso,
la ocurrencia no son ni información ni derecho de réplica.
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