Javier Risco.
Nada más molesto que el chistoso de la oficina diciendo a
media mañana: “es viernes y el cuerpo lo sabe”. Estas frases, o similares,
deben estar apareciendo en este momento en las pantallas de la mayoría de los
teléfonos. Frases que no vienen solas, por ningún motivo, vienen acompañadas de
fotos de fiestas, de bailes ridículos, de animales contentos, de gente borracha
(o con fama de beoda), que nos recuerdan que hoy se acaba la semana. Como si el
cuerpo no lo supiera por el cansancio. Hoy, efectivamente es viernes y esta
columna al menos lo celebra.
Hoy voy a escribir sobre una persona que cambió los viernes
del mundo entero, o en eso está. Una persona que ni siquiera tiene edad para
entrar a un antro ni para comprar alcohol, alguien que, estoy seguro, tampoco
tiene ganas de hacerlo y que, sin embargo, ha hecho de estos días algo
increíble.
¿Qué hacía yo a los once años? Escuela cada día y los fines
de semana me levantaba y ya quedaba desocupado, jugaba y me divertía como si no
hubiera un mañana. Pues ella no, al contrario, a los once años dejó de
divertirse y entró en una profunda depresión y justamente porque “puede que no
haya un mañana”. Su infancia se rompió abruptamente cuando en su escuela les
proyectaron videos acerca del cambio climático y el daño medioambiental para
tomar consciencia. Ella tomó demasiada, dejó de comer, luego dejó de hablar y
de reír. No podía creer lo que le hacíamos al planeta. A partir de ese momento
se transformó en una niña callada y reflexiva. Unos meses después fue
diagnosticada con el síndrome de Asperger.
Me refiero a Greta Thunberg, la niña sueca que se ha
convertido en el emblema de la lucha por frenar el cambio climático. Han pasado
cinco años de aquel día que cambió su vida, en el que, a pesar de su juventud,
decidió que no se quedaría de brazos cruzados y que aunque el mundo no haga
nada y siga dirigiéndose inexorablemente al abismo, ella haría lo que estuviera
en sus pequeñas manos para cambiar ese destino.
El 20 de agosto del año pasado, se sentó sola delante del
Parlamento sueco para iniciar una huelga, exigiendo que el gobierno respetara
el acuerdo de París por el cambio climático y redujera las emisiones
contaminantes. Imaginen la escena, Greta, sentada en la calle con el inclemente
frío del invierno sueco, a su lado un cartel que versa: “Huelga escolar por el
clima” (Skolstrejk för Klimatet). Su reflexión es maravillosa, con una lógica
de infante que la hace más dura: ¿de qué sirve estudiar para el futuro, si ese
futuro no va a suceder?
Leí una entrevista que le hicieron y su lucidez y franqueza
son conmovedoras; ciertamente, hay respuestas que sorprenden. Debido al
Asperger, ella afirma que no puede creer mentiras y que en este tema nadie dice
la verdad. Nos mienten las industrias, las aerolíneas y, obviamente, los
políticos. Ella fue invitada al último congreso de la ONU sobre el cambio
climático, en diciembre pasado, y en su intervención advirtió a los políticos
de todo el mundo que serán considerados como “los mayores villanos de todos los
tiempos”, y que su legado será “el mayor fracaso de la historia humana”, si no
hacen todo lo que esté en sus manos para frenar esta debacle.
En la entrevista le preguntan si le gustaría hablar de este
tema con Trump, y ella responde que no está segura, ya que seguramente él no le
haría caso. Concuerdo.
Al comienzo, su solitaria protesta duró tres semanas. Luego,
para evitar que su cruzada perjudicara su rendimiento estudiantil, la pequeña
pasó a hacer huelga sólo los viernes. Ese gesto se fue replicando y hoy ya se
transformó en un movimiento llamado Fridays for future, huelgas escolares por
el cambio climático, es decir, niños y niñas que ruegan por su futuro. El
pasado 15 de marzo, 2 millones de niños se sumaron en más de cien países. Y
hoy, viernes 24 de mayo, se está replicando a lo largo y ancho del planeta, y
por eso estoy escribiendo de ella, no porque el cuerpo lo sepa.
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