Por Jorge Zepeda Patterson.
La intoxicación no solo está en el aire que
respiramos, o al menos no solo en el que entra por la nariz y la boca y llega a
los pulmones; también en el que entra por las orejas y llega al cerebro. Los detractores de Andrés Manuel López
Obrador han aprovechado estos días de contingencia ambiental para despedazar a
Claudia Sheinbaum, Jefa de Gobierno de la ciudad. Programas de radio y
televisión, columnas y encabezados de los diarios han competido para utilizar
los adjetivos más categóricos en su contra.
Desde luego, Sheinbaum
tiene responsabilidades en el diseño de la estrategia para enfrentar la
contingencia. No se pretende eximirla de culpa, pero hay algo indignante en el
hecho de convertirla en chivo expiatorio y quemarla en una pira pública, como
se está haciendo.
Nadie quiere mencionar, por ejemplo, que más de la mitad de los habitantes de la metrópoli son súbditos del
Gobernador Alfredo del Mazo, no de la alcaldesa. Según el INEGI en 2015 la
población de la capital ascendía a 20 millones de personas, de las cuales solo
8.8 millones viven en lo que antes llamábamos Distrito Federal, el resto en 61
municipios conurbados del Estado de México (y uno de Hidalgo). Y en kilómetros
cuadrados la parte mexiquense supera aún en mayor proporción a la parte “defeña”.
Y si consideramos el potencial contaminante, la responsabilidad del Edomex es todavía
mayor. No solo porque el grueso de la industria de la ciudad se encuentra en
esos municipios, también porque la movilidad de su población resulta más
corrosiva por la pobreza de su transporte público.
Se me dirá que el
Gobernador del Edomex debe de ocuparse de todos sus conciudadanos que son
ajenos a la capital, pero eso también es un espejismo.
En 2015 dos tercios de
los mexiquenses habitaban en el llamado Valle de la Ciudad de México. Es decir, la mayor parte de la población, de los problemas de infraestructura,
inseguridad o contaminación que enfrenta el Gobernador tienen lugar en la
Ciudad de México, incluyendo la recaudación de impuestos. Y sin embargo poco o
nada se ha dicho del priista, quizá porque las pautas de publicidad de su
tesorería engrosan las arcas de la prensa capitalina.
Ahora bien, no
se trata de cuestionar el linchamiento de una para acto seguido colgar del
árbol al vecino. Solo deseo poner de manifiesto la manera en que la necesidad
política de torpedear a Claudia Sheinbaum pasa por ignorar la más crasa
evidencia.
Mi otra objeción tiene
que ver con el hecho de que se disimula el carácter crónico que tiene el
problema para magnificar lo coyuntural.
Se lapida a Sheinbaum
como si la contaminación hubiese sido un dato menor hasta diciembre pasado y el
fenómeno se hubiera desarrollado en los últimos cinco meses. Es tan obvio que
ofende al lector recordar que se trata de la resultante de múltiples factores
que pasan por el cambio climático planetario, una estructura productiva hostil
al ambiente, un modelo de transporte público contaminante, la ausencia de
cultura ecológica y un largo etcétera, además del fracaso de políticas públicas
internacionales, nacionales y locales a lo largo de varias décadas.
Claudia Sheinbaum
tendría que ser cuestionada en términos de la demora para anunciar algunas
medidas que entraban dentro de sus competencias, pero resulta un poco excesivo
cargarle los defectos de un desorden civilizatorio. Pudo haber solicitado la
suspensión de clases y restringido la circulación de vehículos 24 o 48 horas
antes. En ese sentido, este no es un texto para librarla de culpa. Pero una
cosa es decir que la gestión de la crisis pudo ser más expedita y otro
convertirla en la causa de que estemos respirando mierda, como se ha hecho en
la prensa estos días.
Mención aparte merece
el hecho de que los temas ecológicos no despierten la pasión del nuevo
presidente. En su lógica, las apremiantes necesidades de los pobres no están
para permitirnos reivindicaciones propias de un país rico. La generación de
energía alternativa es aún más costosa que la tradicional al corto plazo, y él
tiene prisa por sacar al buey de la barranca. El problema, y hoy lo estamos
viendo, es que los desastres suelen cebarse con mayor crueldad sobre los
desamparados. Inundaciones, sequías, incendios, huracanes y temperaturas
extremas son un incordio para los ricos, pero una verdadera tragedia para los
pobres. Esperemos que la realidad misma lleve a reconsiderar la atención a la
agenda de temas verdes a lo largo del sexenio.
Por lo pronto, la
alcaldesa ya recibió su primer golpeteo dirigido en parte en contra de sus aspiraciones
presidenciales y en parte a abollar al gobierno de su jefe. Vale como anécdota
política, pero si queremos que nuestros hijos no respiren muerte en los años
por venir, habría que atender las verdaderas causas y no ceder a la
manipulación de los oportunistas que nos piden lapidar a quien les conviene.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.