Por Gustavo De la Rosa.
El sábado18 de mayo,
el programa de Educación para Menores con Maduración Asistida (EMMA) celebró el
cierre de su primer ciclo de intervención en Anapra, una de las zonas de mayor
riesgo en Ciudad Juárez para los jóvenes que dejaron la secundaria y están en
posibilidades de incorporarse a pandillas delincuenciales. Estos son algunos
resultados de este primer ciclo, que duró ocho años:
De 45 jóvenes que
ingresaron entre 2011 y 2012, y cuatro más que se incorporaron en el camino,
cinco han terminado su licenciatura y todos tienen empleo. Una decena estudió
alguna carrera técnica, y la mayoría de los restantes trabajan en la industria maquiladora;
ni uno solo optó por la delincuencia. A estos sumamos otros 48 reclutados entre
2013 y 2014 para quedar con un primer grupo de 97 jóvenes, todos apoyados por
empresarios y académicos locales y a través de aportaciones de la Fundación
Comunitaria de la Frontera Norte. De 2015 a 2017 no pudimos abrir nuevas
generaciones en el programa, sino hasta 2018.
Además de los ya
licenciados, unos 40 más están luchando por acabar su preparatoria y estudios
universitarios; aunque algunos tuvieron que suspender su preparatoria, otros
cinco ya terminaron carreras técnicas y tres más son policías.
Ahora contaré, en varias entregas, la historia de este grupo
de jóvenes, que cambiaron su proyecto de vida y han obtenido su título de
licenciatura. Advierto que, como en cualquier otra historia contada por uno de
sus actores, se encontrarán con algunos errores de apreciación y expresiones
subjetivas, pues ya algunos hechos se mandaron a la bodega del olvido y otros
más han sido modificados por la perspectiva del involucrado.
Primero, algunos antecedentes.
En 1995 decidí
incursionar en la función pública, y entré por la puerta más difícil de la
actividad gubernamental: la administración del penal de Ciudad Juárez, el
Centro de Readaptación Social (Cereso). Durante tres años conviví con una gran
cantidad de internos, lo cual me dio acceso a muchos datos acerca de sus
prácticas delincuenciales y estilo de vida; mis charlas con ellos pasaron de
escuchar sus quejas contra los custodios, que los trataban de manera incorrecta
por decir lo menos, a conocer sus historias de vida. Fue así como descubrí que
las circunstancias personales y contextuales de muchos de ellos se repetían,
una y otra vez.
Cuando terminé mi ciclo
como empleado carcelario me incorporé a la Universidad Autónoma de Ciudad
Juárez como profesor investigador, y mi primer interés fue tratar de recuperar
la historia que acababa de vivir, intentando rescatar lo que fuese común y así
perfilar las personalidades de los delincuentes que vivían y se habían formado
en Ciudad Juárez.
Empecé una
investigación más formal y organizada, buscando el perfil de quienes violaban
la ley; me concentré, por razones de número y habitualidad de las conductas
ilegítimas, en los condenados por delitos patrimoniales, pero, cuando pregunté
de qué presupuesto se podría disponer para iniciar una investigación de esa
envergadura la respuesta de la Universidad fue que no tenían partida disponible
para esa línea de investigación.
Esta resistencia
oficial de la Universidad para abordar temas relacionados con la vida de los
delincuentes me mostró que la Academia sigue viéndolos como personas ajenas a
nuestra sociedad, colocados en una especie de bodega donde se guardan los
objetos de riesgo y que lo mejor que se puede por ellos es mantenerlos allí,
con la puerta cerrada. A raíz de esto empecé a reunirme con amigos, dirigentes
de grupos políticos de izquierda, empresarios juarenses y hasta con
investigadores de la propia universidad buscando los fondos necesarios para
avanzar este trabajo de investigación profesional.
Intentar perfilar al
delincuente patrimonial de Ciudad Juárez es una labor a contracorriente porque,
desde el sentido común y a partir de una serie de prejuicios en contra de los
individuos, ya existen varias conclusiones sobre la razón de su delincuencia:
desde considerar que el delincuente lo es por una decisión personal, hasta
creer que es una persona diabólica a quien simplemente se le ocurrió cometer
delitos y vivir de ellos; aunque también está el otro extremo, que considera
que el delincuente es moralmente inocente, pues la culpa es de la pobreza, la
miseria y la mala educación.
Pero cuando uno vive
tres años con ellos entiende que estas dos posiciones opuestas están
equivocadas; aunque reúnen algunas ideas ciertas, no permiten entender ni
diseñar una política que frene el desarrollo del delincuente como tal. Cuando
uno escucha sus vidas, descubre que no todos los que viven en determinado
entorno social son delincuentes, y también comprende que la decisión de vivir y
conseguir recursos mediante la realización de actos ilegales es una decisión
personal, una opción de vida.
Aunque la capacidad
para disminuir la delincuencia está ligada a grandes transformaciones en la
sociedad en la que vivimos, sí se puede reducir significativamente sin
necesidad de un cambio social de fondo o definitivo, pero antes de hacer
propuestas para ello es necesario tener un perfil del delincuente para poder
establecer las medidas y los cambios necesarios a las políticas públicas.
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