Javier Risco.
Hace varios meses,
cuando Andrés Manuel López Obrador presentó la figura de los superdelegados,
empezaron las especulaciones. Para muchos era un maquiavélico plan para enfilar
a los próximos gobernadores; estas figuras estarían por encima de la figura del
gobernador y, concentradores de presupuesto, se convertirían en cajeros
automáticos capaces de operar obras de infraestructura y programas sociales. Se
escribió mucho de los tentáculos de poder del Presidente en cada uno de los
estados.
En la primera
Conferencia Nacional de Gobernadores pusieron el grito en el cielo, protestaron
sobre esta figura, incluso dijeron que no era posible que se encargaran de la
seguridad estatal, que no les correspondía; López Obrador dijo que no se
preocuparan, que ellos, los gobernadores, seguirían coordinando las tareas de
seguridad. En aquel entonces todos lo vieron como la primera gran victoria de
los gobernadores sobre el Ejecutivo. Nada más alejado.
Por aquellos meses
hablé con una fuente que conoce a López Obrador como la palma de su mano.
Cercano a él desde hace décadas, me dijo que la prensa y la oposición estaban
“teorizando de más sobre la figura presidencial”; argumentaba que Andrés tenía
decisiones mucho más sencillas que las que varios sesudos columnistas plantean
en sus espacios. Para él, la figura de los superdelegados se reducía “a una
lista de personajes intrascendentes en los cuales López Obrador confiaba y
donde podía delegar tareas específicas de presupuesto”, nada más. No se trataba
de próximos gobernadores, sino de peones con dinero; me pidió que subrayara de
la lista de superdelegados a figuras trascendentes de la política nacional, en
aquel entonces detecté menos de cinco.
Hasta el momento, los
superdelegados no han sido noticia, en realidad han pasado como funcionarios
que cinco meses después poco han operado, pero independientemente de su poder
práctico o como “peones con dinero”, lo publicado ayer en Mexicanos Contra la
Corrupción nos muestra una fotografía nítida de que tal vez el Ejecutivo no
hizo su tarea al elegir a ciudadanos con un historial impecable en materia de
transparencia.
De acuerdo con un reportaje publicado por las periodistas
Valeria Durán y Laura Sánchez, Carlos
Lomelí Bolaños, superdelegado de Morena en Jalisco, es el centro de un imperio
de farmacéuticas: “Familiares y colaboradores de Carlos Lomelí Bolaños, forman
parte de una red de empresas que venden medicamentos a gobiernos. Esas compañías
ya han recibido contratos de la actual administración federal por un monto de
más de 164 millones de pesos. Y quienes han fungido como socios y apoderados de
las mismas, han participado también, incluso simultáneamente, en las
farmacéuticas que Lomelí reconoce como suyas. Además, las compañías han
competido entre sí en al menos una licitación, han sido denunciadas por vender
medicamento falso y por sobreprecios. Esta red comparte otra cosa con las
factorías del funcionario: según documentos oficiales, varias están ubicadas en
predios que pertenecen al morenista”. El reportaje también destaca que de las
nueve compañías, sólo cuatro fueron reconocidas por el superdelegado en su
declaración tres de tres.
La historia otra vez
nos cuenta cómo alguien cercano al Presidente, con la responsabilidad de ser
los ojos del Ejecutivo en Jalisco, se beneficia del gobierno en el que trabaja.
Cuesta trabajo creer que el Presidente no conocía los alcances de este
empresario farmacéutico. Hoy queda expuesto gracias al buen periodismo, y una
vez más López Obrador está a prueba para saber si al menos investigará lo
señalado por Mexicanos Contra la Corrupción o, como ha pasado en otras
ocasiones, señalará a los periodistas como parte de la mafia del poder.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.