Por Jorge
Javier Romero Vadillo.
De manera
sorprendente, ha pasado casi inadvertida
la declaración del Gobierno sobre política de drogas contenida en el proemio
del Plan Nacional de Desarrollo. A pesar de que en el cuerpo del plan no se
establece ningún programa o mecanismo para concretar las intenciones
proclamadas, el párrafo dedicado al tema representa un hito mundial, pues se
trata del primer Gobierno que plantea con claridad el fracaso del
prohibicionismo y su alejamiento tajante respecto al paradigma establecido por
el sistema internacional de control de drogas vigente.
Sin ambages,
el Gobierno de López Obrador sostiene
que la estrategia prohibicionista es ya insostenible, no solo por la violencia
que ha generado sino por sus malos resultados en materia de salud pública y
porque, de manera inevitable, criminaliza a los consumidores y reduce las
probabilidades de reinserción y rehabilitación. La guerra contra las drogas
–dice el párrafo del PND– ha escalado el problema de salud que representan las
sustancias actualmente prohibidas. Y plantea la alternativa: que el Estado renuncie
a la pretensión de combatir las adicciones mediante la prohibición de las
sustancias que las generan y se dedique a mantener bajo control las de quienes
ya las padecen mediante un seguimiento clínico y el suministro de dosis con
prescripción, lo que se conoce como reducción de riesgos y daños y ya es el eje
de la política de drogas de diversos países europeos y de Canadá.
Aunque en el fondo se sigue
escuchando la idea de que lo ideal es reducir el consumo, en lugar de prevenir
y atender los usos problemáticos, el párrafo representa un avance gigantesco
respecto a las estrategias previas y es excepcional en el ámbito internacional.
Si el compromiso declarado es serio y el Gobierno en realidad echa a andar
políticas públicas de prevención y reducción de daños, al tiempo que legisla
para regular sensatamente y de manera diferenciada las sustancias hoy
prohibidas, estaremos ante un enorme acierto que puede contribuir a un gran
cambio de consecuencias mundiales.
Para que
esto realmente ocurra, es necesario que
la estrategia de seguridad sea consecuente con el final del prohibicionismo
pues, como lo escribió Catalina Pérez Correa en El Universal el martes pasado,
no basta solo con regular las drogas y poner en marcha estrategias de
prevención y reducción de daños. Es necesario, además, desmontar el aparato
represivo que se construyó para combatir el tráfico; de otra manera, se habrá
acabado la prohibición, pero continuará la guerra.
El primer programa anunciado para
poner en práctica la nueva estrategia no prohibicionista es la campaña contra
el uso de drogas que anunció el vocero presidencial durante la conferencia
matinal de hace un par de días. No suena mal que se hable de enfrentar el
problema percibido de salud pública con herramientas como la educación, la
información y el tratamiento. Se trata de un cambio importante, pues hasta
ahora lo que se ha hecho ha sido reprimir para suprimir el mercado. Sin
embargo, de acuerdo con lo dicho por el vocero, el Gobierno sigue sin entender
el problema de fondo, pues la campaña parece diseñada con el mismo fin de las
que le precedieron: lograr un país libre de drogas, pues plantea la abstención
como objetivo. De ahí que lo anunciado no diferencie entre uso y adicción, ni
acepte que el problema no es el uso de drogas –el cual ha existido y existirá
en todas las sociedades– sino los usos problemáticos, entre los cuales las
adicciones son especialmente graves.
Sin una
comprensión cabal del problema, difícilmente podrán diseñar intervenciones
exitosas, las cuales implican tomar distancia de la perspectiva a la que están
acostumbrados, sobre todo la que considera a la abstinencia como la única
rehabilitación posible. Para ello se debe renunciar al gran apego que se le
tiene al método de los doce pasos surgido en Alcohólicos Anónimos, el cual
carece de fundamento científico alguno. Para que se concrete la intención de
sustituir la represión por una estrategia de salud, es necesario ampliar el
horizonte más allá del enfoque que solo ve adictos.
Un programa
eficaz de intervención para los usos problemáticos debe poner en el centro la
reducción de riesgos. Existe una población que ya usa drogas que requiere
recibir información veraz sobre las sustancias que usa y necesita tener acceso
a servicios sociales y de salud. Las estrategias de reducción de daños han
demostrado ser exitosas para la promoción de la salud y para mantener la
integración social de las personas usuarias de sustancias psicoactivas. Los
programas comunitarios de intercambio de jeringas, los tratamientos de sustitución
de drogas como la heroína por metadona, las pruebas diagnósticas y el acceso al
tratamiento en las propias comunidades cumplen con esos objetivos. También
reducen riesgos los programas de análisis y prueba de sustancias en ambientes
de fiesta o en espacios de consumo para evitar las adulteraciones o la
prevención de sobredosis con disponibilidad de antídotos como la Naloxona.
El discurso
del vocero presidencial mantuvo el énfasis en acabar con el consumo de
sustancias. El cambio de enfoque necesario debe abandonar esa visión y aceptar
que las personas que usan drogas pueden tener un consumo responsable, siempre y
cuando tengan las herramientas y los servicios que les faciliten este uso. De
todos los usuarios de drogas ilícitas en el mundo, solo alrededor del 13 por
ciento son usuarios problemáticos. Cuando se pone el acento en la adicción, y
no se reconoce la existencia de un uso responsable e informado de sustancias
psicoactivas, se reproduce la estigmatización de las personas que usan drogas y
se contribuye a la diseminación de información imprecisa sobre las sustancias;
con ello se genera desconfianza entre los jóvenes y se les aleja de los
servicios de salud.
Si realmente se quiere acabar con la
estrategia represiva, la nueva estrategia debe considerar centrales los
derechos humanos de las personas usuarias de sustancias que buscan tratamiento,
cosa que no aparece en la exposición del vocero presidencial. En la actualidad,
muchos de los centros que ofrecen tratamientos para las personas con consumo
problemático son escenario de distintos tipos de violaciones a los derechos
humanos y muchos de estos centros no están regulados por el Gobierno. El pilar
2 de la anunciada Campaña Nacional de Combate a las Adicciones, sobre
“Prevención promoción y rehabilitación de la salud mental”, debe fundamentarse
en el respeto a los derechos humanos de las personas que buscan tratamiento y
en la oferta de servicios de calidad basados en evidencia.
Una cuestión
más: si se quiere tener una campaña
exitosa se debe evitar cualquier tono moralizante o condescendiente y los
sermones aburridos, aunque sean en voz de actrices o cantantes famosos.
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