Gustavo De
la Rosa.
En México
vamos rumbo a la transición; aunque nos alejamos del poder de los partidos que
perciben el futuro del país a partir del desarrollo y consolidación de sus
negocios, y que confían en una mano invisible y milagrosa para garantizarles
que el desarrollo de las empresas se reflejará en la mejoría general de la
población, también debemos recordar que nuestro Gobierno nació de una
perversión republicana. Nuestra democracia se volcó hacia la oligarquía,
deteriorando el Estado de derecho por su forma de hacer negocios, y finalmente
tomó la forma de una cleptocracia, un Gobierno de ladrones.
La lucha
contra los cleptócratas inició hace casi cien años, el primero de diciembre de
1920, cuando Álvaro Obregón tomó el mando de México; desde entonces se les ha
combatido a brazo partido, intentando rescatar cada una de las áreas
estructurales del Estado mexicano; en 1997 se rescató el Congreso de la Unión
y, aunque en el 2000 vivimos la falsa ilusión de haber rescatado el Poder
Ejecutivo, desde hace un año tenemos un presidente que no pertenece a esa
sociedad de ladrones; pero cuando pensamos que ya podríamos empezar a construir
otro modelo de Gobierno, ¡oh sorpresa! Aún quedaba un dinosaurio, el Poder
Judicial.
En este
país, de la corrupción sistémica no se escapaban ni los presidentes, ni los
diputados o senadores, ni los jueces (y se los dice alguien que ha litigado
durante 48 años, ¡sí hay corrupción en los tribunales!); y los corruptos no
piensan entregar la plaza.
Los
modelos de Gobierno planteados por los tres grandes socráticos señalaban como
sus formas puras la democracia, la monarquía y la aristocracia, y como formas
impuras o degradadas la demagogia, la tiranía y la oligarquía; con el
transcurso de los siglos estas formas naturales de Gobierno han ido
encaminándose rumbo a la democracia y la democracia, por su cuenta, rumbo a las
diversas formas impuras que nos advirtieron los clásicos.
La
transición de la democracia hacia las formas perversas de Gobierno, o desde
estas formas degradadas de vuelta a una auténtica democracia, es la que se ha
buscado, con mucha participación de los ciudadanos, desde el Siglo XIX, sin
olvidar que las primeras repúblicas modernas se establecieron y consolidaron a
partir de 1779, con Estados Unidos como pionero.
No fue un
combate menor el desarrollado durante los 1800 por quienes buscaban sepultar
para siempre la monarquía absoluta y sustituirla por el Estado de derecho,
donde la Constitución y sus leyes derivadas representaban el verdadero poder
que conduciría hacia el desarrollo generalizado de las naciones.
Posteriormente, en la década de los 1900, las grandes movilizaciones ciudadanas
fueron agrupadas en organizaciones, los partidos políticos, que representaban
un común denominador de ideas y propuestas para el futuro de un país y cómo
llegar con bien a él.
Aunque las
ideas fundamentales del papel que deben jugar los partidos en la vida
democrática de los países son sencillas y ahora indiscutidas, estos en
ocasiones se han convertido en una simple pantalla para que las fuerzas reales
de la sociedad ejerzan su poder de muy diferentes maneras, desde Hitler hasta
Pepe Mujica; y cuando vemos cómo se ejerce el poder, y para quiénes se ejerce,
encontramos que no estamos muy lejanos de las formas previas al establecimiento
de la República, y es esta doble cara de la moneda lo que genera una gran
incertidumbre en la población de cada país.
No
sabemos a dónde vamos ni cómo vamos a llegar al futuro; es un lugar común decir
“lo que me interesa es dejarles un mejor México a mis nietos”, pero ese lugar
común representa la visión incierta de la ciudadanía, porque con tantos cambios
y tantas interpretaciones que se hacen del poder y la democracia, es un milagro
que la ciudadanía no se haya vuelto esquizofrénica.
La teoría
estructural de la República moderna divide los poderes en Ejecutivo,
Legislativo y Judicial, y dentro del juego de poderes y quién los ejerce
también participan estos cotos del Gobierno, que hacen más compleja la
transición; atrás de los espectaculares de los partidos están los ministros,
magistrados y jueces, que también forman parte del poder a transformar. Ya les
dimos el primer golpe, pero ellos se resistieron a la disminución de sus
salarios.
Muchos
jueces no pierden la oportunidad de resolver en contra de las acciones del
Ejecutivo, y se proponen enfrentarlo en sus propios tribunales; así lo hicieron
en Brasil y salieron victoriosos. Ellos han descubierto que tienen en su poder
la interpretación de la ley y la interpretan a su favor no sólo por intereses
particulares, sino por intereses gremiales; al actuar así se abrogan la
facultad no constitucional de decidir qué es lo mejor para México.
Así
empieza a consolidarse una dictadura de jueces, con sus conexiones, intereses y
sus nexos a la cleptocracia de los 100 años.
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