viernes, 26 de julio de 2019

El superyó de Andrés Manuel.


Raymundo Riva Palacio.

Las conferencias de prensa mañaneras se han convertido en muchas cosas. Una de ellas, de suma importancia, es que ha permitido ver qué piensa, cómo piensa y qué sabe el presidente Andrés Manuel López Obrador. Al ser un político con una incontinencia declarativa, sin miedo o prurito a ningún tema que se le pregunte porque para todo tiene una respuesta o una evasiva, el ping pong que sostiene diariamente, manipulado, improvisado o espontáneo, abre una ventana a su pensamiento, a sus niveles de conocimiento, sus percepciones y sus prejuicios. El lunes fue una de esas mañaneras altamente enriquecedoras sobre el superyó del presidente, que permitió la introspección de lo que cree debe ser el papel de los medios de comunicación, sus alcances y sus límites.

En su conferencia del lunes, el presidente se refirió a cuatro medios de comunicación, de diferente historia y línea editorial, a los que agrupó en una misma bolsa, la de la descalificación. Se quejó del portal sinembargo.com, porque dio a conocer un video donde aparece su hijo menor en un campamento de verano que cuesta 40 mil pesos semanales. Fustigó a Reforma porque publicó que al mudarse a Palacio Nacional, ocuparía uno de los 12 espacios donde no hay acceso al público. Se volvió a meter con el diario británico Financial Times, por haber apoyado las reformas estructurales del presidente Enrique Peña Nieto, y lo más ilustrativo se dio durante un diálogo con Arturo Rodríguez, de Proceso.

“Estamos buscando la transformación y todos los buenos periodistas de la historia siempre han apostado a las transformaciones”, dijo López Obrador cuando lanzó una crítica a Proceso, porque no es pusilánime con su gobierno. Rodríguez reviró: “Los periodistas militantes sí”. Le replicó: “Es una visión distinta, sí, pero Zarco estuvo en las filas del movimiento liberal y los Flores Magón también”.

Su visión es distinta porque no entiende la diferencia entre prensa independiente y militante. La militante, como la de Francisco Zarco y los hermanos Flores Magón, cumple un papel distinto al de la prensa independiente. Zarco y los Flores Magón utilizaban el periodismo como plataforma política, y eran más políticos que periodistas. Incluso, su vida periodística inició después de haber entrado a la política. No obstante, sus aportaciones periodísticas fueron contra la dictadura, por la libertad y la independencia, que es similar a lo que han hecho por décadas –sí, décadas–, los periodistas de Proceso, Reforma y sinembargo.com. Cualquier acusación de lo contrario, como hizo el presidente, es una calumnia.

López Obrador añadió en su visión de los medios: “Los mejores periodistas que ha habido en la historia de México, los de la República Restaurada, todos, tomaron partido”. Sin embargo, una de las características de la prensa en ese periodo, reconocida por todos los historiadores, fue que era 'libre', más que militante, y de amplia crítica al poder centralizado de Benito Juárez y su evolución hacia el autoritarismo, un proceso interrumpido por su muerte. Existía una opinión pública “libre y alerta”, recordó Daniel Cosío Villegas, que tenía una “amplia libertad de expresión”. López Obrador piensa diferente y peyorativamente sobre los medios libres.

“Es muy cómodo decir ‘yo soy independiente o el periodismo no tiene por qué tomar partido o apostar a la transformación’,” dijo en la mañanera. “Entonces, es nada más analizar la realidad, criticar la realidad, pero no transformarla”. Es vasta su confusión. A los cuatro medios les recriminó por informaciones, no opiniones ni editoriales. Mezcló géneros periodísticos sin darse cuenta los géneros. El presidente no tiene que saber de ellos, pero cuando acusa a medios o periodistas, debería ubicar correctamente el espacio de su interpelación. Quiere juzgar y replicar, bienvenido, pero que lo haga con conocimiento de causa.

López Obrador acusó maniqueamente a todos los medios que no militan por su anunciada transformación, de estar contra el cambio que anuncia. No quiere medios libres, sino dóciles y serviles. Ni siquiera su prensa militante se ajusta a esos imperativos caprichosos. Es difícil encuadrar su pensamiento porque no tiene referentes claros, al confundir el papel de los medios de comunicación. Nunca han sido agentes de cambio, como él cree, sino que son el vehículo para que los agentes de cambio –el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial– se movilicen.

El mejor ejemplo es el caso Watergate, que terminó con la renuncia del presidente Richard Nixon, en 1975. La investigación la inició el The Washington Post en 1972, que batalló aislado durante largos meses sin que el resto de la prensa se interesara en el tema. Creció hasta que las investigaciones sobre el financiamiento de campaña de Nixon se publicaron un año después en The New York Times. El trabajo de los medios hizo que el Congreso iniciara su propia investigación y cuando encontró violaciones constitucionales de Nixon, se movilizó la Suprema Corte de Justicia. Ningún periódico tiró al presidente, pero sin la prensa, los agentes de cambio no hubieran actuado contra la ilegalidad presidencial.

Los referentes históricos del presidente no son de prensa, sino de políticos, que buscaban un cambio de gobierno mediante la crítica al autoritarismo despótico del gobernante en turno. En su época de periodistas, Zarco y Flores Magón se asemejaban en sus análisis –no noticias, que no producían–, a lo que han sido los medios de comunicación en este país, no desde hace seis meses, sino desde hace casi 50 años, cuando la lucha por la libertad de expresión y el derecho a informar y ser informado comenzó. López Obrador, cuando se inició esa lucha, donde participaron varios de los que hoy calumnia, vivía en la cosmogonía de Macuspana, dicho esto, con todo respeto.

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