Jorge Javier
Romero Vadillo.
Difícilmente
podría haber sido más desafortunado el nacimiento de la Guardia Nacional: a la
carrera, en violación completa de la reforma constitucional que le dio origen,
con la inconformidad de sus partes constitutivas –abierta en el caso de los
elementos provenientes de la desmantelada Policía Federal, soterrada entre las
fuerzas armadas– y con un reglamento en el que la única especialización
funcional explicita es la de su Dirección General Antidrogas, lo que contradice
de cabo a rabo la supuesta nueva política de drogas cacareada por Él el Supremo
y expresada en el Plan Nacional de Desarrollo. Si el nacimiento es augurio del
futuro de la corporación neonata, es esperable un gran fracaso, de manera que,
si bien nos va, la política de seguridad será tan mala como lo ha sido hasta
hoy.
El empeño
presidencial por imponer su voluntad por encima del texto constitucional recién
reformado y de la Ley Orgánica correspondiente ha llevado a que la debutante
Guardia Nacional no sea más que una suma abigarrada de las fuerzas federales ya
desplegadas desde hace dos sexenios, maquilladas y con nuevo vestuario, pues lo
presentado en el Campo Marte el domingo pasado no es otra cosa que los mismos
soldados, marinos y policías federales, ahora bajo un mando único militar, como
quedó evidente en el paseíllo del Presidente montado en un vehículo del
ejército, flanqueado por los comandantes militares, con el supuesto jefe del
nuevo cuerpo supuestamente civil, el Secretario de Seguridad Ciudadana,
cuidándoles la retaguardia en el asiento trasero.
La prisa
suele llevar a la simulación y así parece estar ocurriendo en lo referente al
“nuevo” cuerpo de seguridad pública–interior–nacional. Nadie en su sano juicio
puede pensar que los soldados de uniforme blanqueado, en vehículos militares
recién pintados, que desfilaron en un campo militar el 30 de junio ya son los
nuevos guardias nacionales, capacitados en tareas de seguridad civil y respeto
a los derechos humanos que la Constitución y a ley exigen. Nadie puede esperar,
entonces, que ahora sí sepan custodiar con eficacia las escenas del delito o
recabar pruebas con las capacidades técnicas indispensables, o que sepan
contener y detener, en lugar de enfrentar y aniquilar a los presuntos
delincuentes. El barniz adquirido en unas cuantas semanas se descarapelará al
poco tiempo y pronto veremos la poca eficacia de las reconvenciones
presidenciales, que piden ya no violar derechos humanos.
A la
simulación y la improvisación se ha sumado ahora el descontento abierto de los
policías federales que están siendo encuadrados en el nuevo cuerpo después de
la disolución de aquel al que pertenecían. La Policía Federal, creada en los
tiempos de Zedillo y reformada durante el Gobierno de Calderón había sido el
mejor intento de construir una fuerza policiaca profesional, moderna y eficaz.
Sin duda, tenía defectos, pero era un proyecto mucho mejor diseñado que la
improvisada Guardia Nacional actual. El Gobierno de Peña Nieto la abandonó,
después de su fracaso en la creación de la Gendarmería como división
especializada en el control territorial, para darle el papel central en la
guerra contra el crimen a las fuerzas armadas, de manera inconstitucional.
López
Obrador decidió, por su parte, liquidarla con el pretexto de que estaba
corrompida, pero sin presentar ningún diagnóstico o evaluación de su desempeño
y sin presentar cargos contra los pretendidos corruptos de la organización. Los
denostó, como acostumbra, pero los incorporó a la nueva Guardia y puso a sus
elementos a hacer tareas de capacitación de sus integrantes. En su nueva
asignación, además, los policías han vivido situaciones de humillación y
desprecio, al grado de ser zaheridos por algún mando como “fifís”, ese epíteto
vetusto desempolvado por el Señor Presidente.
Ayer el
malestar de los policías reconvertidos en guardias nacionales estalló y se
convirtió en protesta. En un pliego petitorio de 16 puntos, exigieron respeto a
sus condiciones laborales, frente a un trato discriminatorio que le reconoce a
los militares que pasen a la Guardia Nacional sus grados y prestaciones, pero
que parece ensañarse con los policías. En sus demandas, los policías reclaman
su carácter civil y se niegan a ser evaluados por militares sin conocimiento de
la función policial o a ser encuadrados en la Secretaría de la Defensa, cosa de
suyo inconstitucional. Reclaman salarios dignos y se niegan a vivir en los
cuarteles. Piden no ser sometidos al polígrafo, cosa de la que los militares
están exentos por la propia ley. Todas sus peticiones son razonables, incluso
la del derecho a sindicalizarse, pues lo que piden es ser tratados como un
cuerpo de profesionales especializados, cosa que la Guardia Nacional debería
ser de acuerdo con lo aprobado para su creación.
Después de
la protesta, el señor del asiento trasero, Alfonso Durazo, salió a decir que la
inconformidad se debía a que los policías estaban mal informados y que la
disminución de prestaciones o la violación de sus derechos laborales era falsa.
El problema es que el desmentido vino de quien era, en todo caso, responsable
de informarlos bien, por lo que de cualquier manera él está en falta, aunque su
cargo sea meramente decorativo y el mando real esté en la Sedena. Lo más
probable es que, como en otros casos recientes, lo que ocurrido haya sido que
las protestas hayan surtido efecto y se haya dado marcha atrás. Pero en este
caso también eso debe ser puesto en duda, pues Durazo es el mismo que dijo que
la Guardia Nacional tendría mando y personal civil, lo cual no ha sido otra
cosa que papel mojado.
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