Martín
Moreno.
En el primer
círculo de López Obrador, han escuchado las quejas presidenciales contra
Lorenzo Córdova. “Hay que sacarlo del INE…”, son las palabras de AMLO. La
estrategia se basará en dos vías: remover a Córdova antes de las elecciones
intermedias del 2021 a través de la mayoría legislativa de Morena, y con
ataques sistemáticos y sistémicos desde las redes sociales contra la actual
autoridad electoral.
¿Para qué
quieren fuera del INE a Córdova antes del 2023, año en el cual debe terminar su
gestión?
Porque AMLO
– innegable animal político -, y su equipo, saben a la perfección que esa mal
llamada Cuarta Transformación ha sido un desastre en el ejercicio de Gobierno
(cero crecimiento económico, violencia fuera de control, crisis en el sector
salud, etc.), y esperan un durísimo voto de castigo en 2021 que los llevaría a
perder la mayoría en el Congreso, y piensan contrarrestarlo apoderándose del
Instituto Nacional Electoral. Sí: ganar en la mesa lo que no ganen en las
urnas.
¿Qué
pretenden al apoderarse del INE?
Un retroceso
político brutal y dañino para nuestra democracia: nada menos que regresar a los
tiempos del PRI, del partido único, del partidazo que controlaba las elecciones
desde la secretaría de Gobernación, erigida en Comisión Federal Electoral. Equivaldría
a volver a las épocas del fraude electoral que, hasta hoy, creíamos desterrado,
para permitirle a AMLO y a Morena mantener su hegemonía legislativa en la
segunda mitad del sexenio, y desterrar cualquier posibilidad de triunfo de la
oposición. Sin equilibrios. Sin contrapesos.
¿Cómo
controlarían al INE?
Mayoriteando
en la Cámara de Diputados la elección de cuatro consejeros electorales que, por
ley, deben renovarse este año, nombrando a incondicionales de López Obrador y
Morena. Sumando al actual consejero José Roberto Ruiz Saldaña tendrían 5 votos
garantizados, y sólo necesitarían un voto más para ser mayoría en el instituto.
De manera paralela, buscarían adelantar la salida de Córdova. No lo quieren al
frente del INE en la intermedia del 2021, cuando se elegirán 500 diputados
federales y 15 gubernaturas. Huelen su derrota y quieren evitarla al precio que
sea. No buscan imparcialidad, sino incondicionalidad.
López
Obrador y Morena exploran volver a los viejos tiempos del PRI, cuando ese
partido manejaba las elecciones a su antojo. Sí, como en 1988, paradójicamente
con Manuel Bartlett (hoy consentido de AMLO) al frente del fraude electoral que
despojó a Cuauhtémoc Cárdenas de un triunfo legítimo sobre Salinas de Gortari.
Morena y
AMLO quieren controlar las elecciones.
Volver a los
años dorados del priato.
Igual que en
Venezuela.
“Van por ti
@lorenzocordovav…No vas a escapar”, amenazó desde su cuenta de Twitter uno de
los fanáticos de AMLO desde los medios: Enrique Galván Ochoa, quien de columnista
respetado durante el sexenio peñista, pasó, en poco tiempo, a convertirse en
cuije presidencial. En su tuit, muestra a seguidores de AMLO “protestando”
contra Córdova. Son los mismos que insultaron en el Zócalo a Sicilia y a los
LeBarón. Protestantes pagados. Galván integra, recordemos, una comisión para
elaborar esa vacilada llamada “Constitución Moral”, otro de los caprichos
descabellados de AMLO, junto con la esposa de Epigmenio Ibarra – una mujer de
nombre Verónica Velasco -, y algunos más.
La amenaza
va en serio. La opinión de Galván es la opinión de López en este asunto. En
reuniones privadas, AMLO les ha deslizado atacar a Córdova. Y Galván y el resto
de la Corte obedecen de manera sumisa.
En la
intención de apoderarse del INE, también reposa una mentira histórica: validar
la falacia de López Obrador de que en 2006 le hicieron fraude electoral. En
realidad, ni AMLO ni ninguno de sus colaboradores ni de las plumas y voces a su
servicio, tienen pruebas sólidas de un fraude hace 14 años. Muy al contrario:
sabían que AMLO iba debajo de Felipe Calderón en la madrugada del lunes 2 de
julio. Empero, AMLO quiere “castigar” al INE para legitimar, así, sus reclamos
de un fraude que sólo existe – hasta la fecha – en su cabeza. López Obrador
miente. Jamás lo pudo comprobar. Ni lo comprobará. (A mayor detalle, les invito
a revisar mi columna – con pruebas, más que opiniones -: “2006: nadie sabe
quién ganó”. SinEmbargoMX. 27/XI/2019).
AMLO
pretende superar su trauma personal, justificar su arbitraria toma de Paseo de
la Reforma en 2006 y reforzar su discurso de que en aquel año le hicieron
fraude electoral, a costa de dinamitar al INE, debilitar nuestra democracia,
apoderarse del órgano electoral y controlar las elecciones desde Palacio
Nacional.
Volver –
bajo un solo concepto -, a la época de las elecciones de Estado del PRI.
López
Obrador y Morena pretenden asestar un golpe demoledor a la democracia mexicana
que, a jalones y estirones, ha registrado avances palpables en el renglón
electoral a través del INE. El propio AMLO fue beneficiario de ello en 2018.
Ante ello,
Lorenzo Córdova se adelantó con una jugada que desquició al Presidente:
impulsar la reelección hasta 2024 del secretario Ejecutivo del INE, Edmundo
Jacobo Molina, enviando el mensaje a Palacio Nacional de que ha comenzado
también la estrategia de defensa del instituto. Jacobo Molina será, desde
ahora, un dique de contención clave para enfrentar las tentaciones autoritarias
de AMLO y su equipo.
El
Presidente de la República quiere controlar las elecciones en México para
evitar derrotas en las urnas, paliar el voto de castigo y despojar de triunfos
legítimos a la oposición.
A final de
cuentas, López Obrador fue creado, forjado y diseñado a la manera del PRI de
los setentas. AMLO es muy parecido al estilo personal de gobernar (retomando el
concepto de don Daniel Cosío Villegas) de Echeverría y de López Portillo. AMLO
es, con sus características y particularidades, un priista más que llegó a
gobernar a México.
Hoy por hoy,
AMLO busca controlar al órgano electoral autónomo.
Pretende
erigirse en contralor electoral.
¡No debemos
permitirlo!
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