Jorge Javier
Romero Vadillo.
El Instituto
Nacional Electoral ha dado a conocer el reporte final de las organizaciones de
ciudadanos con pretensiones de convertirse en nuevos partidos políticos que
lograron hacer al menos una asamblea con todos los requisitos de la ley. De más
de cincuenta que fueron aceptadas para el proceso por el órgano electoral,
quince lograron hacer al menos una asamblea distrital con 300 asistentes o una
estatal con tres mil. Solo cuatro parecen haber completado las exigencias
cuantitativas de asistencia a las asambleas –se debe movilizar al menos a 60
mil personas mayores de edad con credencial para votar del distrito o la
entidad en la que se realiza la reunión– y de afiliación, que debe corresponder
al .26 por ciento del padrón electoral, por lo que la meta de inscripciones que
cada grupo debió alcanzar fue, en esta ronda, de 233, 945 personas afiliadas
con credencial para votar.
De acuerdo
con el reporte, las organizaciones que han completado esta etapa y cuya
documentación está ya en proceso de revisión para que finalmente en julio de
este año el INE dictamine si cumplieron con todos los requisitos y se
convierten en nuevos partidos políticos son Encuentro Solidario –nueva versión
del extinto Partido Encuentro Social, de matriz evangélica, aliado en las
elecciones pasadas a la candidatura de López Obrador y que cuenta con bancada
parlamentaria a pesar de haber perdido el registro en las elecciones de 2018–,
el Grupo Social Promotor –construido sobre los escombros del Partido Nueva
Alianza, que en su tiempo promovió con bases magisteriales Elba Esther Gordillo
y que ahora de nuevo ha echado mano de las redes clientelares del SNTE para
conseguir sus afiliaciones y realizar sus asambleas– las Redes Sociales
Progresistas –encabezadas por familiares y allegados de la propia maestra
Gordillo y también articuladas en torno a redes de clientelas magisteriales– y
el grupo llamado Libertad y Responsabilidad Democrática –que pretende
constituirse como Partido México Libre, promovido por la pareja Zavala–Calderón
con base en redes anteriormente panistas. Una organización, el Foro Demócrata
vía de Cambio, logró superar el total de afiliados requeridos, pero solo pudo
completar cuatro asambleas estatales de las veinte necesarias.
A pesar de
que seguramente cada uno de estos partidos en ciernes reclama una identidad
propia, el hecho es que tiene un elemento en común: se trata de organizaciones
que pudieron llevar a cabo sus asambleas gracias a que pudieron movilizar a
grupos que responden no a un compromiso programático o ideológico con los
supuestos postulados del grupo, sino a relaciones de reciprocidad con sus
organizadores. Esto es evidente en tres de los cuatro casos: Encuentro
Solidario responde a las redes de asociaciones evangélicas en las cuáles el
vínculo original es religioso, mientras que el Grupo Social Promotor y las
Redes Sociales Progresistas lograron la ingente movilización requerida por la
ley gracias a las clientelas magisteriales cautivas de los líderes sindicales,
de quienes depende en buena medida la promoción en la carrera de las profesoras
y profesores asistentes y afiliados, más después de la contrarreforma educativa
impulsada por este gobierno.
El caso del
que probablemente será el Partido México Libre es menos claro. Puede ser que
haya logrado la movilización con base en redes previamente organizadas en el
PAN, pero después de haber participado en dos procesos de registro de partido,
estoy seguro que ninguna de sus asambleas se basó por completo en la
participación espontánea de ciudadanos convencidos o atraídos por el
extraordinario carisma de Margarita Zavala o Felipe Calderón y que para
completar las 231 reuniones con más de trescientos participantes que les
reconoce el INE tuvieron que echar mano de cantidades ingentes de recursos para
acarrearlos, aunque por supuesto que estoy dispuesto a reconocer evidencias en
contrario.
El problema
de este sistema de registro de partidos no es tanto quiénes pueden cumplir con
los requisitos, sino a quiénes excluye. El sistema de asambleas con
participaciones masivas es una barrera de entrada que beneficia a los grupos
con clientelas cautivas, pero impide la creación de auténticos partidos de
militantes reunidos en torno a un programa y a unas candidaturas, que someten
su propuesta al electorado. Una y otra vez hemos visto “partidos” que reúnen
los ingentes requisitos de afiliaciones y asambleas, pero que luego no
consiguen ni siquiera un número equivalente de votos en distritos o estados
donde realizaron asambleas. Ello muestra cómo se puede simular una fuerza que
después no se refleja en las urnas, pero permite usufructuar los generosos
recursos del financiamiento público durante el tiempo en que se ostenta el
registro.
Mientras, la
puerta se cierra para propuestas que no pretenden movilizar masas sino atraer
votantes. La vía de las candidaturas independientes ya ha mostrado ser una
puerta falsa para abrir la competencia a la ciudadanía sin pertenencia a redes
clientelistas. Por otra parte, una organización que logra participar en una
elección y que no consigue alcanzar el umbral de votación se ve obligada a
disolverse y, en todo caso, como el PES, a volver a empezar. Solo con grandes cantidades
de recursos, como los que seguramente cuentan los grupos evangélicos, es
sostenible una empresa de esas características.
El sistema
de partidos basado en asambleas es una herencia institucional del sistema
electoral proteccionista de la época clásica del régimen del PRI. Si en
realidad quisiéramos ampliar los causes democráticos en México, deberíamos
rescatar el mecanismo de registro condicionado de la Ley de Organizaciones
Políticas y Procesos Electorales de 1977, de manera que pudieran participar en
los comicios partidos que demostraren su existencia con sus documentos básicos
y una actividad política previa, sin necesidad de probar grandes militancias,
casi siempre ficticias. Desde luego, esas organizaciones tendrían acceso solo a
prerrogativas en especie, como acceso al paquete de tiempos en medios
electrónicos, y no a recursos en efectivo y, de no obtener representación, no
tendrían que ser obligadas a disolverse, sino que podrían volver a pedir el
voto en elecciones subsecuentes. Mientras el acceso a la organización política
se reserve a las redes de clientelas cautivas o a los grupos con recursos
suficientes para comprar la movilización, la democracia mexicana estará trunca
y seguiremos viviendo en el proteccionismo electoral.
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