martes, 28 de abril de 2020

Habrá más deuda, guste o no.


Enrique Quintana.

Al presidente López Obrador no le gustó el programa de apoyo a las Pymes que lanzaron el BID y el Consejo Mexicano de Negocios.

“No me gusta mucho el modito de que se pongan de acuerdo y quieran imponernos sus planes. Si ya no es como antes, antes el poder económico y el poder político eran lo mismo. Ahora ya no. Ahora el gobierno representa a todos, hay una separación del poder económico y del poder político. ¿Cómo que se hace un acuerdo y ahora que Hacienda lo avale?, ¿que nosotros estamos aquí de florero, de adorno?”.

Antes de evaluar el contenido del esquema, el presidente lo descalificó porque no fue él quien lo anunció y probablemente ni lo autorizó.

No importó que el canciller y coordinador de las políticas públicas contra la pandemia, Marcelo Ebrard, se haya congratulado por la iniciativa ni tampoco que la propia secretaria de Economía, Graciela Márquez, lo haya anunciado y haya aludido a Hacienda como parte de este esquema.

Suceden dos cosas.

Al presidente no le gusta que una organización del sector privado le quite la iniciativa. Hubiera sido muy diferente si él hubiera anunciado el programa en la mañanera.

Lo segundo es que ve moros con tranchetes por todos lados. Supone que un esquema como el planteado en realidad es para beneficiar a las grandes empresas y piensa que se va a realizar con recursos fiscales.

Por eso luego corrigió en la propia conferencia. Tal vez recapacitó y dijo que si era sin recursos fiscales, adelante.

La fijación presidencial en no poner recursos fiscales para hacerle frente a esta crisis le puede costar mucho al país, pero también a las finanzas públicas.

Supongo que en algún momento, la Secretaría de Hacienda explicó al presidente López Obrador, que el indicador relevante en las finanzas públicas no es el nivel absoluto de la deuda sino la proporción que esta tiene respecto al PIB.

Esa proporción es un quebrado, donde la deuda es el numerador y el PIB el denominador.

El valor del quebrado (la proporción de la deuda sobre el PIB) es mayor si el numerador crece o si el denominador decrece.

Este jueves tendremos los indicadores fiscales a marzo, cuando Hacienda entregue al Congreso su informe correspondiente al primer trimestre.

Sin embargo, de acuerdo con las estimaciones para fin de año que fueron presentadas por Hacienda hace un mes, la deuda pública al final de 2020 representaría 52.5 por ciento del PIB, contra un nivel de 45.5 por ciento correspondiente al final del año pasado.

Es decir, en la propia estimación de Hacienda, la deuda pública tendría un incremento de 11.02 billones de pesos al cierre de 2019 a 12.78 al término de este año.

El incremento sería de 1.76 billones. Claro, una parte importante de esta alza es efecto de la depreciación de nuestra moneda frente al dólar.

Considerando ese incremento, pero asumiendo una caída del PIB de 7 por ciento como es ya el consenso, en lugar del descenso de 3 por ciento aproximadamente, que es la estimación puntual de Hacienda, entonces el resultado sería una deuda pública equivalente a 55 por ciento del PIB.

Es decir, en el ánimo de evitar que la deuda crezca en términos absolutos, el gobierno de AMLO está propiciando que el PIB caiga más por la inacción fiscal frente a la crisis.

El resultado es que ese quebrado habrá crecido en casi 10 puntos porcentuales respecto a 2019 y en poco más de nueve puntos respecto al cierre del gobierno anterior.

La falta de entendimiento del comportamiento de una fracción decimal, un quebrado, puede poner en apuros a las finanzas públicas al no percibir que el valor crece ya sea que suba el numerador o que caiga el denominador.

¿O es que es demasiado complejo?

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