martes, 28 de abril de 2020

Réquiem en memoria de los presentadores.


Dolia Estévez.

“Ser un empleado de un medio para contar la verdad del dueño en lugar de la tuya, es algo terrible” — Luis de Olmo

Cuando la televisión apenas era un mueble parlante novedoso en los hogares estadounidenses en 1953, el senador anticomunista Joe McCarthy, la usó para infundir miedo, propagar mentiras y atacar con beligerancia a personas inocentes. Edward Murrow, gigante del periodismo universal, se subió al ruedo para confrontarlo en la misma plaza.

Con información dura y testimonios irrefutables, Murrow exhibió incisivo las tácticas de terror de McCarthy desde su espacio vespertino en la cadena CBS. El choque televisivo entre los dos titanes marcó un parteaguas. La contribución de Murrow al derrumbe del hombre que escribió una de las etapas más oscuras de la historia estadounidense le mereció un capítulo dorado en los textos sobre periodismo que trasciende. Logró cambiar la historia con dos viejas herramientas disminuidas en la actualidad: credibilidad y compromiso.

Poco tiene que ver con el de Murrow el periodismo televisivo de hoy. Los presentadores, con escasa excepción, son simples lectores de noticias y boletines. Llamarlos periodistas es insultar al oficio. En un show que llaman noticiero se ocupan y preocupan más por el look. Repiten lo que el dueño del medio dicte como muñecos de ventrílocuos. Son tontos útiles en el mejor de los casos. Aún así, ganan sueldos superiores al resto del gremio.

En Estados Unidos, los presentadores de los principales noticieros matutinos y vespertino mejor pagados tienen salarios de entre 5 y 20 millones de dólares anuales. El rating determina su cotización en un competitivo mercado donde son subastados como mercancía.

Megyn Kelly, conductora estrella de Fox News, capitalizó el célebre ataque misógino de Trump del que fue objeto en un debate presidencial. Fue contratada por NBC tras vencer su contrato con el canal favorito del presidente con un sueldo anual de 20 millones de dólares, ocho más que en Fox News. La actriz Charlize Theron protagonizó a Kelly en un redituable biodrama fílmico que narra la historia de las mujeres conductoras en Fox News escogidas por su aspecto: rubias, esbeltas, ojos claros. El protagonismo como negocio.

La desastrosa crisis de salud que azota al mundo está poniendo a prueba a esta noble profesión de inigualable importancia por su influencia. La sociedad demanda, con todo derecho, información confiable sobre la pandemia. No quiere retratos color de rosa de la realidad. Ni llamados sediciosos contra la autoridad.

Rechaza las abominables fake news y la narrativa de odio en las benditas-malditas redes sociales y en los medios. Detesta la criminal politización de la ciencia y de los datos. Quiere comunicadores con credibilidad en los medios electrónicos y escritos, no chachalacas. Analistas y críticos responsables, que abonen al sentido cívico de la sociedad y a la unidad, no a la polarización. Las audiencias disciernen entre el buen y el mal periodista.

En Estados Unidos, cuyo poderío científico, económico y militar no ha podido vencer al virus, no son los noticieros de Fox los que están atrayendo las mayores audiencias en la televisión abierta, sino los vespertinos de las cadenas tradicionales con presentadores que transmiten con credibilidad y empatía la notica diaria. Con 5.8 millones de televidentes, CBS es número uno, seguida por NBC y ABC. Fox y Univision, rezagadas.

En las pandemias, como en las guerras y bajo las tiranías, cuando la vida de millones está en riesgo, es un error asignar el mismo tiempo a la versión de cada lado de la ecuación. No hay manera de ser “objetivos” en la cobertura de un presidente que alucina remedios suicidas como inyecciones de desinfectantes o recomienda el arriesgado uso de la cloriquina y la hidroxicloriquina desde la tribuna presidencial. Difundir mentiras sin dar más tiempo a las explicaciones de científicos, médicos y especialistas es irresponsable.

Laura Ingraham, conductora estrella de Fox News, promovió agresivamente los dos medicamentos como “alivio milagroso” ante millones de televidentes durante un mes. Luego de que Trump, presionado por la comunidad científica, moderara su entusiasmo por los medicamentos no autorizados para tratar el COVID-19, Ingraham no volvió a decir nada.

Javier Alatorre, presentador de noticias de TV Azteca, está cortado con la misma tijera que los ideologizados conductores de Fox News. Tan peligrosa es su convocatoria a desobedecer a Hugo López-Gatell, designado vocero del gobierno federal para la crisis del coronavirus, como la desinformación de Fox News. Incendió a las redes sociales su llamado a la sedición y a no hacer caso a la información del gobierno, refrendado por TV Azteca vía Twitter. Una petición para retirarle la concesión a TV Azteca reunió casi 300 mil firmas en la plataforma Change.org en 48 horas.

Decepcionó la respuesta de AMLO. Condescendiente. Todos cometemos errores. Alatorre es “amigo”. Nada sobre Ricardo Salinas Pliego, el detestado dueño de TV Azteca que en desobediencia a las normas federales mantiene abiertas las tiendas Elektra poniendo en peligro a sus empleados.

Desacreditar los datos oficiales sobre el coronavirus conviene a los negocios de Salinas Pliego. Decía Kapuscinski que cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante. Por encima de la vida humana, la avaricia rentista.

Alatorre no es periodista. Hubiera renunciado o, mínimamente, hubiera pedido disculpas púbicas de serlo.

Fox News tuvo la decencia de despedir a la conductora que negó la pandemia del coronavirus que falsamente atribuyó a una gran farsa de los demócratas.

Ricardo Salinas Pliego no conoce la decencia. Toda su vida ha hecho lo que se le da la gana. Con la impunidad que le confiere ser el segundo hombre más rico de México instiga a la subversión y explota a empleados indefensos.

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