Enrique
Quintana.
Se nos está
yendo el tren, y no precisamente el Tren Maya… sino el de la historia.
Es tan grave
lo que nos está sucediendo en la coyuntura económica que nos hace perder de
vista el impacto duradero que la crisis que hoy vivimos nos va a dejar.
Ayer, el
secretario de Hacienda, Arturo Herrera, señaló que la caída de la actividad
económica en el mes de abril podría ser del orden de 18 a 19 por ciento para
tener luego en mayo una ligeramente menor.
No es
sorpresa. Otros expertos han pronosticado un retroceso incluso más fuerte. Lo
que resulta interesante es que sea el propio titular de Hacienda quien admita
la magnitud del impacto.
Por eso la
coyuntura nos opaca lo importante, lo que será más duradero.
Sin embargo,
algunas instituciones internacionales nos lo recuerdan. En los últimos el IMD
de Suiza presentó su tradicional informe anual sobre competitividad. En él, México
retrocedió tres lugares y se colocó hasta la posición número 53 de 63 países,
claramente entre los coleros.
Por
separado, la consultora Kearney presentó la lista de los 25 países más
atractivos para la inversión extranjera, y en ella fue excluido México, por
primera vez desde 2011.
La crisis
que enfrentamos ha acelerado cambios tecnológicos y educativos. Aún sin ella,
meses atrás, ya era crítico que en nuestro país no se estuvieran haciendo los
esfuerzos necesarios para avanzar en la digitalización o para generar una
educación que permita a los niños y a los jóvenes asimilar las nuevas
tecnologías.
Las empresas,
por su parte, saben que si no se modernizan, a través de la inversión en
tecnología y capital humano, y con ello aumentan su productividad, van a ser
desplazadas del mercado.
Y tendrán
que invertir rascándose con sus uñas porque estos temas están lejos de las
prioridades de las políticas públicas.
Lo que
ocurre con las personas y las empresas pasa también con los países.
Las que no
se suban a este tren se van a quedar rezagadas por muchos años. La pandemia
generó una aceleración del cambio tecnológico que va a redefinir las
potencialidades de cada país.
En cuestión
de pocos años, los mercados van a estar con aquellos que hayan apostado a la
modernización y al cambio tecnológico.
El sector
energético es quizás uno de los que mejor refleje esta disyuntiva. Las naciones
que apuesten a las energías alternas son las que van a estar en ventaja en muy
pocos años.
En México
seguimos volcados al pasado. El énfasis en las refinerías, en el petróleo y el
diésel, así como en los monopolios estatales, va a dejar a México rezagado en
la economía mundial por muchos años.
Quizás el
asunto de fondo es que hablar de estos temas con el presidente de la República
es como hacerlo en chino. No hay el menor entendimiento.
En la medida
que considera que las métricas que definen el crecimiento son neoliberales y
dejan de lado aquellos aspectos que él considera sustantivos, entonces es
irrelevante lo que reflejen.
Si el
presidente López Obrador está pensando que lo más importante es el bienestar
espiritual de los mexicanos y supone que éste no tiene que ver con los
resultados económicos tradicionales, sino con otros aspectos como el combate a
la corrupción, entonces para él no tiene ninguna importancia quedarnos
rezagados en esas mediciones tecnocráticas. Tal vez hasta nos caiga como
‘anillo al dedo’.
Al paso de
los meses, veremos más y más señales que nos dirán que el efecto duradero de
las decisiones que se están tomando será el dejarnos, tal vez por muchos años,
en un país anclado al pasado.
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