Enrique
Quintana.
La mayor
parte de los empresarios de este país no tiene partido. Lo que quieren es que
los gobiernos les permitan trabajar, poder hacer negocio y generar empleo.
Se trata de
poco más de 1 millón de patrones que están en la formalidad y por lo menos de
otros 1.7 millones que están en la informalidad.
Las empresas
mexicanas, las que invierten y producen, son pequeñas y medianas, y ocupan a un
puñado de personas cada una.
No son 'los
de arriba'. Sus propietarios, en la mayor parte de los casos, son personas de
bajos ingresos o de las clases medias.
Y gran parte
de estas empresas no están invirtiendo, como tampoco lo están haciendo las más
grandes. O al menos, están invirtiendo mucho menos que en el pasado.
Una de las
razones por las que no lo hacen es porque les falta confianza. Otra es porque
les falta dinero.
En este
espacio le hemos dicho hasta el cansancio, que lo que determina la dinámica de
una economía es la inversión privada.
El consumo
es muy estable, se mueve poco. Y la inversión pública en México no tiene la
magnitud que se requiere para determinar el ritmo de la economía.
Lo que vale
son miles y miles de empresas comprando equipos o construyendo nuevas unidades.
Tres o cuatro grandes proyectos no tienen la capacidad de mover la economía.
Por eso es
crucial la confianza.
Se trata de
miles y miles de comerciantes, de talleres, de empresas de manufactura, de
pequeños y medianos constructores, de profesionistas, de proveedores de
servicios, y súmele una larga lista de actividades.
Diversas
personas, en el gobierno, cuando escuchan hablar de empresarios y de confianza,
imaginan a los grandes empresarios que tienen amplias oficinas corporativas,
que poseen empresas de cientos de trabajadores, que operan en diversos estados
y a veces en varios países.
Obviamente
se requiere también que esos empresarios tengan confianza e inviertan, pero
sería insuficiente si los chicos y medianos no lo hacen.
Lo que estos
miles de empresarios están viendo es que la caída de la actividad económica les
deprimió su demanda. No tienen clientes, no tienen pedidos. Y muchos han
resistido, pero no son inmortales.
Si el
gobierno lanzara un proyecto para alentar la actividad de estas miles de
empresas, con créditos, pero sobre todo con la creación de un espíritu que los
convenciera de que la autoridad tiene el compromiso de respaldarlos, ellos, que
son realmente los de abajo en materia empresarial, dejarían la piel en el
esfuerzo por crecer e ir hacia delante.
Si, con la
misma vehemencia con la que el presidente habla de combatir la corrupción, se
hablara de impulsar a las micro, pequeñas y medianas empresas, se podría
construir un estado de ánimo diferente.
Tal vez el
presidente o algunos en el gobierno piensen que con tener cerca de un grupo de
10 o 15 grandes empresarios basta para decir que mantiene buena relación con el
sector empresarial.
La realidad
es muy diferente.
Aún estamos
a tiempo. Los siguientes meses serán muy importantes porque poco a poco la
economía puede empezar a recuperarse.
Pero hay dos
caminos. Uno de ellos nos va a llevar a un tope muy rápido. Creceremos en la
medida que la economía se reabra, pero en la medida que la reapertura avance
dejaremos de hacerlo. Nos volveremos a estancar.
El otro
brinda la oportunidad de aprovechar este momento para impulsar la inversión.
Pero para
eso se necesita confianza.
Y si la
opinión del gobierno es que ésta no ha sido golpeada, entonces nada se hará
para rehabilitarla.
El gobierno
deberá elegir.
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