Adela
Navarro Bello.
Al
Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, le gusta compararse.
Presumir que él es como otros, cuando particularmente se refiere a los
expresidentes inmediatos, a quienes a encasillado, sean del PRI o del PAN, en
el compuesto de “periodo neoliberal”, que para él se sitúa entre 1988 y 2018,
justo los periodos transcurridos cuando abandonó el PRI para, de la mano de
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, migrar a la izquierda, y cuando él mismo ganó
las elecciones presidenciales e inició lo que llama “la cuarta transformación”.
Compararse
se ha vuelto en lo suyo. Si en el pasado cuando en campañas estuvo aquello de
medirse con sus opositores, los ocupantes del Ejecutivo nacional, fue una
estrategia para ofrecer un modo de Gobierno distinto al electorado, las
comparaciones de hoy son para medirse y refrendar que no son lo mismo. Que él,
por encima de aquellos, destaca.
Una nada
modesta frase en el que fue su II Informe de Gobierno lo resume a la
perfección: “Estamos en el peor momento con el mejor Gobierno”, reflexionó
sobre las muchas crisis que padece México hoy día, económica, sanitaria, de
seguridad, y la manera de afrontarlas. Asume el Presidente que ninguno de
quienes le antecedieron lo pudo haber hecho mejor de lo que él lo está
haciendo, al tiempo en que veladamente se erige como el salvador de este país
al asumirse como “el mejor Gobierno”.
Ciertamente
el Presidente puede decir de frente y sonoro que no se ha corrompido, pero ello
no significa que en su Gobierno no exista corrupción, ahora mismo los mexicanos
están siendo testigos de cómo el hijo de Manuel Bartlett, Director General de
la Comisión Federal Electoral, ha sido sancionado ya en dos ocasiones por la
Secretaría de la Función Pública, precisamente por actos de corrupción. Para
empezar el claro conflicto de intereses que supone que el hijo de un
funcionario federal realice convenios con el Gobierno federal, y en segunda
posición, que el joven León Bartlett utilice esa posición de ventaja en que lo
sitúa ser hijo de quien es para vender al Gobierno productos con sobreprecio.
También se
ha evidenciado cómo un hermano del Presidente, en este caso Pío López Obrador,
recibió durante una de las campañas de su hermano a la Presidencia de la
República dineros en efectivo para el pago de actos de campaña. Billetes cuya
procedencia no se ha comprobado aún, que extraoficialmente los originan en
dádivas de los simpatizantes de la campaña, pero entregados por el asesor de
uno de los gobernadores que tantas sospechas de corrupción tuvo en el sexenio
pasado, pero que es cercano al Presidente, Manuel Velasco. Acción que si la
hubiese llevado a cabo otro político, un priista, supongamos, hubiese sido
suficiente para abrir una carpeta de investigación, congelar cuentas, pero en
este caso no ha llegado a indagación oficial por parte de la autoridad
procuradora de justicia.
Ciertamente
hay diferencias con otros gobiernos. Su forma de combatir la pobreza eliminando
a los intermediarios y creando programas asistenciales que van directamente a
la sociedad necesitada. También su particular manera de establecer relación con
la clase empresarial mexicana, a quienes invita a una cena de tamales para
obtener miles de millones de pesos, o pagare a las televisoras para que
contribuyan con la educación a distancia, una acción que aun siendo un negocio
porque fue una transacción económica con servicio y pago de por medio se
presenta como una hazaña.
También hay
diferencias en la forma de comunicar, el Presidente López Obrador todos los
días sostiene una conferencia, de lunes a viernes con mensajes grabados en
video sábado y domingo. Su mensaje es por lo tanto reiterativo, tanto que en su
II Informe poco tuvo que informar, cuanto más reflexionó sobre lo que ha hecho
y de suyo informado cada mañana. La duración del Informe fue la mitad o menos
de lo que a veces le lleva una de sus reuniones mediáticas matutinas.
Tampoco es
lo mismo en su forma de hacer un Gobierno austero. Ciertamente los mexicanos no
hemos visto tantos (porque tampoco están erradicados) excesos. Se eliminaron
áreas duplicadas o sin sentido en la estructura gubernamental, se disminuyeron
sueldos, se eliminó la pensión presidencial y disminuyeron las caravanas de
camionetas de lujo en una cantidad importante, aunque aún se les ve por ahí de
vez en cuando.
Pero donde
la situación sigue igual que antes es en la inseguridad. Ni Felipe Calderón
Hinojosa, ni Enrique Peña Nieto, ni en estos casi dos años de Andrés Manuel
López Obrador han podido disminuir los homicidios dolosos en México, aquellos
que son producto de la lucha encarnizada entre los cárteles de la droga que,
preponderantemente, cuentan con impunidad para continuar su ola de sangre por
todo el país.
En 18 meses
de administración federal, el Presidente Andrés Manuel López Obrador suma 60
mil 072 asesinatos violentos bajo su mandato, de acuerdo a una investigación
publicada el viernes 28 de agosto en el Semanario Zeta.
Aunque la
promesa del Presidente fue que tomando posesión comenzarían a disminuir los
homicidios dolosos y que para el 2024 habrían descendido en un 50 por ciento la
realidad es que van en aumento, así lo reconoció él mismo en el II Informe
cuando dijo que únicamente en dos delitos no se había presentado reducción, en
homicidio doloso y extorsión, del primero, dijo, incrementó en un 7 por ciento.
Y
efectivamente, ni la creación de la Guardia Nacional, ni la autonomía concedida
a la Fiscalía General de la República, ni la reactivación de la Secretaría de
Seguridad Federal han contribuido en persecución, procuración de justicia o
investigación, a la aprehensión de los asesinos, narcotraficantes y criminales
organizados, para la disminución de los homicidios dolosos, el parámetro
principal para la medición de la inseguridad y la violencia.
El sexenio
de Felipe Calderón, cuando se decretó la guerra contra las drogas, inició con 8
mil 867 asesinatos violentos en el 2007 y terminó la administración en el 2012
con 25 mil 967 en el año. Enrique Peña Nieto, con su política de México en Paz,
tuvo en su primer año del sexenio 23 mil 063 ejecutados y en su último año, en
2018, registró 33 mil 734. El Presidente Andrés Manuel López Obrador, con sus
abrazos, no balazos, registró en diciembre de 2018, y todo 2019 34 mil 672, y
hasta el 25 de agosto de 2020 llevaba 22 mil 508 homicidios dolosos en el año.
Ninguno de
los tres, el panista, el priista y ahora el morenista, ha logrado disminuir la
inseguridad en materia de violencia física. Los asesinatos continúan sucediendo
y en mayor escala todos los días. No ha habido hasta la fecha una estrategia
integral para inhibir la comisión de este delito, ni justicia para las
víctimas, ni cárcel para los asesinos; la impunidad de los criminales y la
corrupción en las corporaciones policíacas, así como la incapacidad en aquellas
procuradoras de justicia, o las fallas en los servicios de investigación e
inteligencia, contribuyen a que en México se viva un clima de inseguridad y
muerte. En ese sentido, en ese tan delicado tema de la seguridad, no ha habido
cambio a pesar de las reformas y las trasformaciones, todo sigue igual, como
antes. Mucha sangre, mucha muerte, poca estrategia de combate, ahí sí el
Presidente López Obrador no tiene un buen margen para compararse y presumir.
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