Adrián López
Ortiz.
El
periodista Jeff Jarvis afirma con razón que el mundo todavía no alcanza a
comprender los alcances del fenómeno digitalización.
Jarvis lo compara con la invención de
la imprenta de Gutenberg y nos alerta: a la economía le tomo más de cien años
encontrar una manera imperfecta pero funcional de administrar la
democratización de la información vía el copyright. No tenemos ni la menor idea
de cuanto tomara digerir la disrupción digital actual.
Esta semana
The Economist puso el dedo en la llaga al dedicarle buena parte de su edición a
las redes sociales y sus afectaciones al sistema democrático mundial. La
pregunta que se plantea el periódico inglés es más que pertinente: ¿son las redes sociales una amenaza para
la democracia?
La respuesta es, como en todo fenómeno
complejo, depende. La injerencia rusa en las elecciones presidenciales de
Estados Unidos vía la propagación de fake news en Youtube, Google y, sobre todo
en Facebook, provocó que el gobierno estadunidense pusiera a los gigantes
digitales en el banquillo de los acusados.
Por primera vez, las maravillosas
redes sociales que sirvieron para impulsar la Primavera Árabe mutaron en el
villano de la película al permitir que contenido manipulado/manipulador se
propagara influyendo en las preferencias políticas de millones de personas.
Ese
intervencionismo remoto operado por hackers preocupa, y mucho, a la mayor parte
de los gobiernos del mundo; pues no tienen ni la menor idea de cómo combatirlo.
Otros, como el ruso, han decidido usarlo a su conveniencia.
Al respecto, una primera precisión:
las redes sociales no son medios de comunicación. Son plataformas que agregan y
distribuyen contenido generado por los usuarios. Usuarios que pueden ser
personas, medios y, por qué no, gobiernos.
El problema
con las redes es que se han vuelto una parte imprescindible de la cadena de
valor de comunicación digital. No hay
manera de garantizar que el contenido que alguien produce tenga el suficiente
impacto y alcance de distribución si no existe en el timeline de Facebook o el
buscador de Google.
¿Y cómo funcionan esas plataformas?
Seguro ya ha escuchado usted del “algoritmo”. Esa entelequia matemática que
decide qué contenido ofrecer a cada usuario en función de sus preferencias. Es
decir, el algoritmo no tiene rigor ni ética periodística en sentido estricto,
sino que persigue visitas. Y puede tenerlas si Google o Facebook así lo
deciden.
Por eso vale
celebrar la discusión actual sobre la relación entre social media y democracia.
La crisis y los cuestionamientos a las redes sociales deben servir para avanzar
en materia de transparencia con usuarios y anunciantes. Así como sobre los
mecanismos y reglas de comercialización, aceptación y jerarquización de
contenido al interior de las redes.
Pero el tema fundamental es que, nos
guste o no, las redes sociales llegaron para quedarse y los medios masivos
tradicionales tendrán que acostumbrarse a lidiar con su poder y presencia.
Por eso soy un convencido de que el
periodismo riguroso e independiente es la única alternativa de largo plazo para
permanecer vivo en el ecosistema digital sin perderse entre la viralidad, el
sensacionalismo y los fake news.
Por supuesto ese estándar de contenido
es más caro y difícil de producir, por lo que a la larga la única manera de
sostenerlo será cobrarlo a sus consumidores a través de diferentes modelos de
monetización.
La creación
y desarrollo exitoso de esos nuevos modelos son un asunto de innovación. Y nada
empuja más la innovación que las crisis provocadas por adelantos disruptivos.
Por eso vale preguntar ¿qué están
haciendo los medios en México para adaptarse y sobrevivir a la digitalización?
Salvo contadas excepciones, parece que no mucho.
La razón es que no necesitan innovar.
Los convenios oficiales de publicidad oficial son el cash cow de los medios
mexicanos y por eso les importa muy poco generar valor para sus usuarios y
anunciantes.
¿Cuál es el
problema con esto? El contexto. En México
tendremos las elecciones más grandes de la historia en 2018. Llegaremos a ellas
con instituciones formales desmanteladas y débiles: la FEPADE, la PGR, la
Fiscalía Anticorrupción. Y con medios controlados por nuestros gobernantes vía
el presupuesto de comunicación social.
En ese
contexto, aventuro que las redes serán
la cancha perfecta de dos batallas simultáneas. La primera, las redes como un
espacio para la libre expresión, el debate, la horizontalidad y la acción
directa. La segunda, las redes como circo romano: el grito, el insulto, la
descalificación, la manipulación y las fake news.
¿Cuál
ganará?
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