Jorge Zepeda Patterson.
Hollywood
convertida súbitamente en una dama puritana e indignada como si nunca hubiese
sabido de los desmanes imperdonables de uno de sus principales faraones. Los
pecados de Harvey Weinstein, el hombre más poderoso en los estudios fílmicos,
fueron tolerados durante décadas porque a nadie le convenía malquistarse con el
influyente productor. Pero una vez que el asunto encendió a las redes sociales,
Hollywood actúo con toda la ferocidad e impiedad con la que suele devorar y
luego escupir a sus hijos caídos. El arte de execrar sus propios pecados para
fingir de nuevo una virginidad prístina que en realidad nunca ha existido.
Toda proporción guardada me recuerda
el ascenso y caída de los gobernadores como los Duarte en Veracruz y Chihuahua,
y de Borge en Quintana Roo. Durante seis años robaron todo y sin medida, y a
plena luz del día. Hostigaron a periodistas y activistas (muertos incluidos)
hicieron del patrimonio público un coto personal, usaron y abusaron. Fueron
denunciados mediáticamente una y otra vez, pero el sistema se cerró en su
defensa. No obstante, una vez que dejaron el poder y ya no fueron requeridos
(era notable su aporte al financiamiento ilegal de las campañas), sus ex
colegas se volvieron contra ellos y los convirtieron en detritus, en parias
objeto de desprecio e indignación. Los mismos que antes los consideraban
orgullosos representantes del nuevo PRI, ahora hablan de ellos como anomalías
ultrajantes, como seres impresentables en la escena pública. Eliminados de la
foto oficial, los rostros sobrevivientes se presentan a sí mismos como una
familia feliz, decente y depurada de toda mácula.
El Hollywood
que ha hecho de la cosificación de la mujer una mina de enriquecimiento, que
rentabiliza y prostituye el sentimentalismo o la belicosidad hasta convertirlos
en valores universales, ahora convertido en alter ego justiciero. Hipocresía sin memoria. El mismo PRI, que
se apresta a exigir a sus gobernadores ingentes recursos para financiar por
debajo de la mesa la campaña presidencial que se avecina levanta el dedo
flamígero y acusador para castigar a sus hijos caídos en desgracia.
En suma, útil y necesario ventilar
las prácticas viciadas e inaceptables que libera esa caja de Pandora recién
abierta. Pero eso no puede hacernos olvidar las infamias permanentes y
cotidianas que comete la mano que finalmente ha aceptado abrir esa caja.
¿No creen?
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