Alejandro
Páez Varela.
El Gobierno
del presidente Enrique Peña Nieto tuvo varios eventos que conmovieron el
corazón, a veces duro, de mexicanos de todos los colores y todas las
tendencias. Pondría en primer lugar la
desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. No olvido que cuando se dio a
conocer la noticia de que supuestamente los habían quemado –fundamento de la
“verdad histórica”–, un amigo y yo habíamos quedado para desayunar un
sábado. Es un amigo que no se conmueve con cualquier cosa. Me dijo esto: “Me
voy a quedar con mis hijos. De verdad no tengo humor para salir a la calle.
Tengo el alma rota”. Me sacudió. Millones
nos sacudimos entonces y millones seguimos conmovidos con el papelón que hizo
el Gobierno con ese caso, hasta hoy impune.
Fuimos testigos, en este sexenio, del
episodio de la “casa blanca”, destapado por Carmen Aristegui y su equipo. El
núcleo duro de Estado y del priismo cerró filas con Peña casi en automático
–como era de esperarse– mientras que entre los ciudadanos había indignación y
coraje. Armando Hinojosa, dueño de Grupo Higa, tenía (tiene) miles de millones
en contratos, pero era a la vez, el financiero de la casa del Presidente y su
esposa. Tipo oscuro y tenebroso, se ganó los reflectores. Angélica Rivera, la
amada “Gaviota” de las telenovelas, se cayó de su nicho, en vivo y en directo,
para millones de mexicanos que le tenían alguna estima. El Gobierno entraría, a
partir de allí, en una crisis de la que ya no se recuperó a pesar de los miles
de millones que, violando los topes establecidos por el Congreso, repartió a
los medios.
El doctor Juan Manuel Mireles nos
abrió los ojos en este gobierno cuando narró cómo los criminales se llevaban a
las hijas de los pueblos de Michoacán y las regresaban embarazadas, meses
después; y encabezó una guerra civil para recuperar los territorios perdidos
por el Estado, y todos nos conmovimos. En Tanhuato, en Nochixtlán y en
Apatzingán, fuerzas federales llevaron a cabo, en eventos distintos,
ejecuciones sumarias que nos pusieron los cabellos de punta: ¿en manos de quién
estamos?, nos preguntamos.
Y hubo episodios tristes, también;
lamentables para millones porque no se trataba sólo del presidente quien salía
humillado, sino todos nosotros, como mexicanos. Y ejemplifico en uno: la estúpida bienvenida a Donald Trump en
Los Pinos. Qué coraje y qué desatino. Cuánta indignación.
Miles de muertos en el sexenio, más aún
que con Felipe Calderón. Decenas de casos de corrupción como el de Odebrecht
que se quedan sin castigo. O el del famoso socavón. O el infame nombramiento de
Virgilio Andrade para “investigar al presidente”. O Rodrigo Medina, César
Duarte, Javier Duarte, Roberto Borge, Tomás Yarrington, Eugenio Hernández. O
los asesinatos de periodistas, como nunca antes en la historia. O los
feminicidios.
Sí, millones
de mexicanos nos conmovimos una y otra vez con estos escándalos. Y los que
tuvieron voz, la usaron. Y los que pudieron, marcharon. Y los que tenían redes
sociales las aprovecharon para exigir, demandar, plantear su indignación o
comentar.
Millones de mexicanos, excepto un
puñado. Alberto Baillères, Claudio X. González, Héctor Hernández, José Ramón
Elizondo, Eduardo Tricio o Germán Larrea jamás hablaron frente a las tragedias,
frente a la desesperación o la indignación. Frente a un gobierno que alcanzaba
niveles inéditos de deuda, devaluación de la moneda e incluso inflación que ya
no se veía. Se encerraron en el silencio más cómplice, a pesar de tener los
recursos para usar, al menos, su voz.
Ni una sola vez denunciaron la
corrupción en el Gobierno. Ni una vez exigieron la aparición de los 43
estudiantes. Jamás demandaron a las fuerzas federales que no desaparecieran y
ejecutaran ciudadanos. Nunca pidieron hacer algo por los periodistas asesinados
y por el abandono de sus familias. No estuvieron con el resto para exigirle al
Gobierno federal que hiciera algo por los desplazados o por los desaparecidos o
por las miles de mujeres que son violentadas, asesinadas. No usaron sus
recursos para –deje usted ayudar– denunciar el aumento de la pobreza, los
gasolinazos, los engaños y las promesas incumplidas de Peña Nieto.
Ni una sola
vez.
Ahora quieren imponernos un presidente
con campañas de miedo. Y como las campañas de miedo ya no les funcionan, llaman
al “voto útil”, que es útil para ellos.
Ahora quieren decirnos, a usted y a
mí, a sus empleados y a quienes los escuchan, qué hacer con nuestro voto.
ESO ES, FRANCAMENTE, NO TENER MADRE.
Sólo es adecuado cerrar la boca
frente a la tragedia cuando eres parte de la tragedia: esa élite se fundió a un
gobierno, el de Peña, que actuó como si las mayorías estuvieran bajo una carpa,
en el Zócalo, y sólo se necesitara una lluvia, los granaderos o el sol para
echarlos. Un gobierno que vio este país como si fuera el Estado de México, con
su prensa a modo, empresarios a modo, organizaciones civiles a modo e incluso
partidos políticos corruptos y a modo.
Es fácil para esa élite de
empresarios cerrar los ojos cuando se es parte de un gobierno que cree que el
resto no existe o es, simplemente, las sobras necesarias de cada banquete.
Por eso, ese puñado que quiere ahora ponernos presidente
se encerró, encantado, en la cápsula que sólo sirvió para repetirse el botín:
la Presidencia de la República. Y mientras, todo lo demás se descomponía.
Dónde estuvieron ésos cuando los
gritos que clamaban justicia, poner fin a la impunidad y a la corrupción, se topaban
con oídos sordos. Dónde estaban mientras se negaba a la gente la oportunidad de
tener acceso a la justicia. Pues ahora esa gente tiene las urnas para
cobrárselas, como decía ayer el abogado Ulrich Richter en El Universal. Se
olvidaron de que México no es el Estado de México, donde los demás son pobres y
reciben una lámina en cada elección y con eso tienen para votar por el PRI.
Esa élite de empresarios y su
gobierno favorito se olvidaron de que los pueblos, de vez en cuando, toman sus
propias decisiones.
Y ahora quieren decirnos por quién
votar. Ja. NO JODAN. ASÍ NO.
Se les lastimaron las muñecas de
tanto aplaudirle a Carlos Salinas, a Ernesto Zedillo, a Vicente Fox, a Felipe
Calderón, a Enrique Peña. Impulsaron sus gobiernos y se hincharon de billetes
con ellos sin necesidad de responsabilizarse de nada. Qué cómodos.
Ahora les asusta la posibilidad de
que los trabajadores recuperen algo de lo que han perdido.
Porque resulta que debemos agradecerles cuando
dan empleos de hambre (los peores salarios de todo el continente están en
México) en las playas que se apropiaron, las minas que se quedaron, los pozos
de agua y de petróleo que chupan como si no hubiera mañana. Porque resulta que les debemos hacer manicure,
aunque perdimos, en estos años, la seguridad social, y nos llevaron en masa a
las empresas de outsourcing. Resulta que esa élite se siente ahora con derecho
a imponernos presidente, que porque el que viene, según las encuestas, los
llama por lo que son: traficantes de influencias.
Ahora resulta que se sienten con la
autoridad moral de pedirle a sus empleados que laman, como perros, los collares
que les pusieron en el cuello.
JA. NO JODAN. ASÍ NO.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.