Sanjuana
Martínez.
La presencia
de Beatriz Gutiérrez Müller en la campaña electoral se ha intensificado en las
últimas semanas. La esposa de Andrés Manuel López Obrador, candidato
presidencial por la coalición “Juntos haremos historia”, estrenó su cuenta en
Twitter hace apenas unos días y ha sostenido interesantes debates con quienes
atacan a su esposo, también lanzó la canción “Cuídame tú”, dedicada a los que
luchan, y sorprendió con su discurso en Minatitlán, Veracruz, un alegato a
favor de las mujeres.
Casada con el líder de Movimiento
Regeneración Nacional (Morena) desde hace 12 años, Beatriz (Ciudad de México,
1969), es poeta, historiadora, académica, periodista, promotora de cultura,
literatura y arte, y advierte que de ganar su marido la Presidencia de México
terminará con la idea de la “Primera Dama”.
“Modificar la idea de ‘Primera Dama’
en México es difícil. Pero en algún momento se tiene que comenzar a erradicar,
sobre todo si es sinónimo de privilegios, ostentación y abuso de poder”, dice
en entrevista con SinEmbargo.
Autora de
los libros “Viejo siglo nuevo” (Planeta, 2012) y “Dos revolucionarios a la
sombra de Madero” (Planeta, 2016), se ha dedicado a la investigación y estudio
de personajes como Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés, Giordano Bruno,
Francisco de Quevedo o Francisco I. Madero. Beatriz es Doctora en Literatura.
La esposa de
López Obrador confiesa que es tímida y que le ha costado asumir el protagonismo
de su nueva etapa. Aunque se muestra entusiasmada e ilusionada por lograr un
cambio para México, advierte que su relación con el poder ha sido siempre de
“distancia”: “No empleo mis relaciones personales para usufructo propio”,
remata.
Sencilla,
disciplinada, discreta, curiosa por naturaleza, aguda en sus posturas, firme en
sus convicciones, Beatriz Gutiérrez Müller sonríe con facilidad y dice que en
caso de que AMLO gane las elecciones se propone cambiar el papel de la esposa
del presidente de México e iniciar una nueva era: “La esposa de un presidente
debe reconocer que esto ha cambiado y dejar a un lado la idea de que sólo es
adorno”, remata.
–El puesto
de “Primera Dama” es uno de los más opacos y poco transparentes en su partida
presupuestal y en la estipulación de sus funciones. Usted ha propuesto “poner
fin al puesto de ‘Primera Dama'”, ¿qué ofrece en su lugar?, ¿qué funciones
tendría?, ¿cómo modificar el imaginario tradicional sobre la esposa del presidente?
–Propuse poner fin a la idea de
“Primera Dama”. El puesto como tal no existe en la legislación mexicana. Es una
figura tradicional en México que emula a la “First Lady” de Estados Unidos, el
cual sí es una responsabilidad pública. No siendo pues una figura legal, no
debiera ser el lugar para usufructuar el presupuesto público. ¿Qué funciones?
De las que he podido escuchar, la esposa de un presidente lo acompaña a
ceremonias cívicas, a viajes internacionales, a giras de trabajo. Por otro
lado, sería bueno que la esposa de un presidente tome alguna bandera para,
desde su lugar, promover alguna acción que beneficie a la población.
–De llegar a
convertirse en la compañera del presidente, ¿cómo impulsaría la agenda de
género? Las mujeres son “un motor poderoso que el país necesita”, pero México
les ha fallado, dijo usted misma. ¿Qué propone para impulsar esa presencia de
las mujeres tan necesaria en un país convertido en tierra de feminicidios?
–Impulsaría
la agenda de género con todo mi apoyo moral y presencial, siempre que se pueda.
–¿Cómo se
imaginan que debe ser la esposa de un presidente?, es una pregunta que hizo en
su discurso en Minatitlán. ¿Cómo se imagina usted ese rol?
–Yo me imagino a una esposa normal,
haciendo lo que hacía antes de que su esposo se convirtiera en presidente, en
Gobernador, en Alcalde. Incluso es hasta sano mentalmente. Todas las mujeres
que acompañamos a nuestros esposos políticos tenemos mucho trabajo en casa o
desarrollando nuestras actividades. Los hijos, por ejemplo, requieren atención
y generar un ambiente estable para beneficio de ellos, porque un mandato
constitucional dura un tiempo (un sexenio, en el primero de los casos) pero la
familia dura toda la vida. Sin embargo, también me la imagino haciendo muchas cosas
por México.
–El
fundamento legal está sustentado en el artículo 80 constitucional: el poder
recae en una sola persona. ¿Qué tipo de relación tendría usted con el poder de
su esposo si llegara a la Presidencia?
–Yo tendría la relación que tengo
ahora: soy una esposa que lo acompaña en las buenas y malas. A lo largo de casi
12 años de matrimonio, mi relación con el poder ha sido de distancia. No empleo
mis relaciones personales para usufructo propio.
–“La
compañera”, dice usted, debe participar “hasta un límite”. ¿Cuáles serían sus
límites de ser la compañera del presidente?
–Los que la Ley determina. Por otra
parte, debe ser colaboradora en todo lo que pueda para auspiciar cambios
positivos para el país.
–”La esposa
debe hacer las cosas de manera diferente”. ¿De qué manera?, ¿cuál sería su
agenda social?, ¿cuáles serían sus luchas?
–Las mujeres mexicanas no son las
mismas que en los años 20, o cuando se conquistó el derecho a votar. Ahora, un
alto porcentaje de mujeres no sólo trabaja en su casa (trabajo, por cierto, mal
reconocido y no remunerado), sino que tiene una fuente propia de ingresos, con
lo cual contribuye al peculio familiar. Además, participa más activamente en
otro tipo de actividades: política, filantropía, activismo social, etcétera. La
esposa de un presidente debe reconocer que esto ha cambiado y dejar a un lado
la idea de que sólo es adorno: aporta, cambia cosas, crea, lucha todos los días
por un mejor país. No he pensado por ahora tener una agenda social ni una lucha
específica. Primero ganamos, y luego planteamos estos temas. Pero sin duda, si
en algo puedo aportar, será en torno a la literatura y las artes en general.
–“Sería
imperdonable convertirse en lo que critica”, dice usted. ¿Convertirse en qué,
por ejemplo? ¿A qué le teme? El poder cambia a las personas.
–A convertirme en una persona que no
soy. En el afán de ser lo que otros desean que sea, que de buenas a primeras
juegue un rol que no calza con mi forma de pensar. Me considero una persona
sencilla, dispuesta a aprender todos los días, no vivir aislada del mundo y de
sus problemas y olvidar de donde vengo. Mis temores giran en torno a lo
anterior. Tengo la impresión de que a las “primeras damas” (federal, estatal,
municipal) se les fuerza a tener una actividad asistencial y de ejemplaridad,
entre otras facetas, muchas veces con la intención de no romper una tradición.
¿Cuándo surgió esa tradición de la “Primera Dama” que hace campañas por la Cruz
Roja, que encabeza el DIF, que reparte despensas en momentos de crisis como fue
el sismo del año pasado? No lo sé con precisión. No está mal si esto es ayuda a
México en momentos críticos. Pienso que hay muchas dependencias del Gobierno
federal que hacen o debieran hacer ese trabajo. Ahora, si esas dependencias
cuentan con el apoyo de la esposa del presidente para tener un mayor impacto,
bien; pero si ese apoyo es meramente decorativo o inocuo, no tiene sentido
prestarse sólo para la fotografía. Cuando se ayuda a alguien o al país, el
trabajo profundo no tiene necesariamente que ser visible.
–Dice usted
que no tiene “intereses políticos electorales”
y que no será candidata a nada. ¿Cuál es su percepción del poder y cómo
se piensa relacionar con esa nueva realidad en caso de ganar?
–Que yo recuerde, no he tenido a la
fecha ninguna fantasía de ser candidata a nada. Cuando estaba en la primaria
fui candidata a la reina de la primavera y quedé en segundo lugar. Desde que
era reportera en Puebla, varias veces me mencionaron o propusieron ser
candidata a algún puesto público, y me negué. Incluso, me he enterado de que he
sido incluida en encuestas [en Puebla] recientemente. No me interesa postularme
a ningún cargo de elección popular. Para que quede aún más claro, extendiendo
lo expresado en Minatitlán: no quiero ser candidata, nunca. La política no es
lo mío. Me interesa la “Política”, con mayúscula; es decir, tener mi posición,
mi juicio, abonar a una idea, a una propuesta, pero no postularme. No es lo mío
porque, viviendo con un político, he tenido la oportunidad de “calarme” y no
paso la prueba. No tengo las aptitudes ni el temperamento para ello, para
rematar.
–Las últimas
“primeras damas” de México han estado marcadas por la ambición de poder y la
avaricia. ¿Deme su opinión sobre las últimas tres: ¿Martha Sahagún, Margarita
Zavala y Angélica Rivera?
–Me reservo mi opinión.
–Usted apela
a “la fuerza de las palabras” para construir un México en paz. ¿Qué más ofrece
conquistar con las palabras?
–Ofrezco todo lo que he aprendido
para dar una opinión sobre un tema; mediar en todo ámbito en que sea necesario
para el entendimiento de las partes y, a la vez, colocar al lenguaje, al
diálogo y a la palabra como un imperativo para la paz pública.
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