Raymundo
Riva Palacio.
La
colocación de una oferta de recompra de bonos que financiaron parte de la obra
del Nuevo Aeropuerto Internacional de México en Texcoco, levantaron en muchos
las expectativas que la construcción se continuaría. No será así a menos que el
presidente Andrés Manuel López Obrador vuelva a nacer –y eso tampoco
garantizaría un destino diferente–, o surjan contingencias inimaginables en
este momento. Texcoco está muerto, para efectos de aeropuerto, y la Base Aérea
de Santa Lucía, como dijo López Obrador, es la opción. El futuro es claro desde
su óptica, aunque valdría la pena que alguien, cuando menos para que no diga
que nunca nadie le advirtió, le hiciera las cuentas de la cocinera sobre lo que
significan los costos para el proyecto que está en el epílogo de su vida, y el
que está en la mente de los asesores constructores del presidente.
En números
aproximados, las cuentas sobre la opción de Santa Lucía son las siguientes:
•El costo de
la obra, promediando la cifra de tres mil millones de dólares calculadas por el
ingeniero José María Riobóo, autor intelectual del asesinato de Texcoco, y los
siete mil millones que estimó el Colegio de Ingenieros, quedaría en cinco mil
millones de dólares.
•El costo de
las vías de acceso a Santa Lucía y un tren rápido entre la Base Aérea y el
Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, mil 300 millones
de dólares.
•Las
adecuaciones al aeropuerto Benito Juárez, mil millones.
•El prepago
de bonos, mil 800 millones.
•El prepago
de la Fibra E, otros mil millones.
•El acuerdo
con las empresas constructoras mexicanas para la terminación de los contratos,
dos mil millones.
•La
remediación ambiental en Texcoco, dos mil millones.
•El costo de
una nueva base aérea, mil millones.
Esto
significaría un costo de 15 mil 100 millones de dólares, comparado con el costo
del proyecto del NAIM en Texcoco, cuyo proyecto fue de 13 mil millones de
dólares. En este caso, las cuentas finales son las siguientes:
•Los
sobrecostos, porque se tuvieron que ampliar la terminal y el área de carga por
un incremento en el número de pasajeros en 2017, son de tres mil millones de
dólares.
•Menos, tres
mil millones por el avance de las obras.
•Menos, dos
mil millones de dólares por el valor del terreno en el actual aeropuerto Benito
Juárez.
•Menos, el
valor de la ciudad aeropuerto, que suma dos mil millones de dólares.
En ambos
casos se les quitan los cinco mil millones que tiene el Fideicomiso del Grupo
Aeroportuario de la Ciudad de México. De esta forma, el costo de Santa Lucía,
con esa reducción, requeriría recursos adicionales por 10 mil 100 millones de
dólares para que la opción propuesta por López Obrador se concrete, sin saber
con certeza todavía si es posible que funcionen de manera simultánea las dos
terminales. Para terminar el NAIM en Texcoco, se necesitarían cuatro mil
millones de dólares.
Visto en
moneda, la diferencia de cinco mil 100 millones de dólares no parece la
decisión financiera más inteligente haber cancelado Texcoco a favor de Santa
Lucía. Pero en los cálculos de López Obrador, las finanzas y la pérdida de
confianza entre los inversionistas que provocó esa decisión de política
pública, es menos importante que el cumplimiento de una promesa de campaña.
Para
enfrentar las contingencias de una demanda colectiva en los tribunales
neoyorquinos por la cancelación de la obra, el subsecretario de Hacienda,
Arturo Herrera, contrató a tres instituciones financieras y a un despacho de
abogados estadounidenses –cuyos costos no fueron calculados en lo que se tendrá
que invertir en Santa Lucía– para que le diseñaran el plan de recompra del 30
por ciento de los bonos, con la expectativa de que participen en la subasta el
50+1 de los tenedores de los bonos, con lo cual se cancelan los términos en los
que se firmaron los contratos y pueden renegociar con ellos otras condiciones
para el pago de la deuda.
La oferta de
compra es por 90 centavos por cada dólar, que si se toma en cuenta que la
cancelación de Texcoco tiró el valor del bono hasta 77 centavos dólar, abre la
posibilidad de que sí sea posible recuperar el 30 por ciento de los bonos que
están en manos de inversionistas extranjeros. La apuesta es alta, y no es algo
cierto que se logre el cometido. Sin embargo, el gobierno de López Obrador no
tenía opción, porque cancelar la obra sin tomar esas previsiones habría
provocado demandas multimillonarias en Nueva York, las cuales, por lo pronto,
se pusieron en espera.
Las primeras
señales del mercado no han sido positivas para el propósito buscado por el
gobierno. La firma de abogados Hogan Lovells, que representa a fondos como
Blackrock y Prudentual, que tienen más del 50 por ciento de los bonos del NAIM,
ya adelantaron que no apoyarán la recompra en la forma como se presentó la
oferta, lo que introdujo complicaciones para el gobierno a menos de 72 horas de
haber tomado la iniciativa. Pero aún si consiguiera el objetivo de recomprar
los bonos y renegociar los términos del contrato con el 70 por ciento de los
tenedores de los bonos, no es una buena señal la que habrán mandado los
mercados.
Dicho de
otra manera, si el gobierno de México recompró al precio más bajo y los
inversionistas vendieron con ese descuento, significa que perdieron la confianza
en la nueva administración y prefieren recortar sus pérdidas. O sea, no quieren
volverse a fijar en este país mientras no haya acciones que recuperen la
credibilidad en el gobierno.
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