Javier Risco.
¿Será el
desgaste que supone gobernar o simplemente el estilo de siempre? Hace un par de
semanas el periodista Jorge Zepeda Patterson, en el diario El País, escribía un
interesante texto titulado “El presidente versus la ‘comentacracia’”. En él
hablaba del pulso de los columnistas y del enfrentamiento con el Ejecutivo, de
cómo a través de las mañaneras Andrés Manuel López Obrador anula puentes de
comunicación y así cambia la manera de llegar con sus gobernados. Antes, ante
una figura enigmática como la del presidente, los columnistas funcionaban de
traductores, de cronistas de tradiciones crípticas del poder, ahora no, cada
día a las 7 de la mañana se muestra un Presidente de cuerpo entero. En la
columna se habla de una intención por parte de varios columnistas de erosionar
la figura presidencial, de difuminar esa luna de miel que incluye la
legitimidad de 30 millones de votos. “Y la comentocracia está haciendo todo lo
posible por agotar cuanto antes esa luna de miel. Los micrófonos y las columnas
desmontan cada día lo que a su juicio son dislates, contradicciones, errores,
ridículos del Presidente y su administración. Tras el enunciado de desaciertos
suelen concluir, por enésima ocasión en la semana, con lo que habían
profetizado desde la campaña: el inexorable fracaso de López Obrador, su
incapacidad para gobernar”. Aunque podríamos caer en una discusión sobre la
raíz crítica del periodismo y su función para cuestionar, evidenciar e
incomodar al poder, creo que esa polémica la podemos dejar para otro momento,
lo que quiero exponer es que su texto hizo que cambiara mi mirada sobre lo
banal y lo relevante de los errores presidenciales. El saber diferenciar las
capas (innumerables) de ocurrencias, errores y resbalones de Andrés Manuel y a
la par saber a través de qué medio y en qué tono señalarlas. Si de pronto
Andrés Manuel López Obrador dice que el hombre llegó a América hace 10 mil
millones de años, ese desliz se va directo a un tuit, a una ocurrencia y causa
la risa de unos cuantos, se toma como eso, como un error derivado de una
exposición exagerada a las cámaras de todos los medios. Si el Presidente vuelve
a insultar a la prensa y la califica de fifí, hemos visto cómo los reclamos,
las cartas de Artículo 19 y la solicitud de respeto por parte del gremio,
llegan a una pared y todas las voces terminan en oídos sordos, es una batalla
perdida. López Obrador insultará a la prensa hasta el último de los días de su
mandato, porque como él mismo lo ha dicho, goza “exhibir a los conservadores
vestidos de liberales” y de ahí nadie lo saca, su estilo de gobernar es también
confrontar a la prensa. Por último, están los errores trascendentes, los que
deben estar en el debate de la agenda nacional y que hay que señalar no para
exhibir un “inexorable fracaso”, no seamos fatalistas, sino simplemente con
argumentos exponer que el Presidente podría estar tomando una mala decisión,
tal vez el mejor ejemplo de este último caso sea la cancelación de las
estancias infantiles en su gobierno.
¿Dónde
entraría la lamentable declaración del Presidente defendiendo (aún no sabemos
de quién) a la jefa de Gobierno Claudia Sheinbaum? “Me siento muy tranquilo en
la ciudad porque tenemos una extraordinaria jefa de Gobierno. Claudia
Sheinbaum, ¡no estás sola, no estás sola, no estás sola! Es que hay veces que
la maltratan mucho, unos grandulones ahí, abusivos, ventajosos, pero no está
sola, tiene el apoyo del Presidente de la República y del pueblo en la
capital”. Esta desconcertante e insensible declaración del Ejecutivo está en la
segunda categoría, en su ‘estilo de gobernar’, “nadie me va a decir qué hacer y
yo le levanto la mano a mi incondicional cuando yo quiera”. Poco le importó que
no se tratara de una grilla política contra la jefa de Gobierno, de alguna ley
atorada en el Congreso local o del golpeteo político de alguna fuerza
opositora, no, la victimiza dos días después del primer caso trágico de su
gobierno, el secuestro y asesinato de Norberto Ronquillo, un joven estudiante
de 22 años, cuyos padres y maestros se quejan de la inoperancia de las
autoridades locales y su desprecio a la hora de denunciar el hecho. Es en este
contexto que López Obrador da un discurso triunfalista. No se trata de querer
ver al Presidente hundido, de buscar cualquier pretexto para pensar que su gobierno
va directo al fracaso, se trata de señalar errores, omisiones y esta vez una
insensibilidad brutal donde no cabía señalar a unos “grandulones abusivos”.
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