Francisco
Ortiz Pinchetti.
Apareció de
pronto sobre el pequeño tejado que remata el muro trasero del patio de mi casa,
que por cierto no es particular. Tenía una apariencia aterradora. Digamos que
era una rata enorme, de color pardo casi negro, con pelo hirsuto y ralo. Medía
cuando menos 30 centímetros de largo, sin contar la larga y flaca cola. Enorme.
Por unos instantes pensé tomar la escoba para asestarle tremendo batazo, pero
su ubicación estaba demasiado alta. Luego pensé, en vertiginosa sucesión, pedir
auxilio a los vecinos, a la policía, a Protección Civil, a la Alcaldía, a los
bomberos, a la Brigada Animal… Y mientras, el bicho desapareció.
Lo busqué
inútilmente en el área común del edificio donde se encuentran los contenedores
de basura. Tampoco estaba entre los trebejos que suelen almacenarse en esos
lugares. De regreso me topé con uno de mis vecinos:
—Acabo de
ver una rata enorme– le dije alarmado al tiempo que con las manos le indicaba
el tamaño del animal.
—No –sonrió—
Es una ardilla. Yo también me confundí en un principio; pero no, es una
ardilla. Lo que pasa es que tiene su cola pelona, como de rata, o tal vez
mojada.
Sentí
alivio, porque no era lo mismo la presencia de una supuestamente inofensiva
ardilla que la posible evidencia de una invasión de ratas gigantes en la
colonia. Y aunque me quedó alguna duda sobre la verdadera naturaleza del
animal, acabé por olvidarme de él.
Dos días
después –el miércoles pasado— se me presentó inopinadamente ¡dentro de mi casa!
Cuando me di cuenta estaba muy oronda a un lado de mi escritorio, donde me
afanaba en dilucidar el sentido de las declaraciones del Presidente sobre las
protestas de los integrantes de la Policía Federal. Si, constaté, es una
ardilla. Su apariencia de rata inmunda, pensé, se debe seguramente a los
avatares de su vida de paria, fuera de su hábitat natural. Comprobé también las
grandes similitudes que existen entre ambas especies
Debo aclarar
que el edificio donde vivo se encuentra justo frente a un parque de la Alcaldía
Benito Juárez, en la capital del país. Ahí convivimos cotidianamente con las
ardillas sin tener conciencia de los riesgos que su sobrepoblación implica. Es
un problema muy serio que nadie parece tomar en serio.
Tal vez sea
culpa de Walt Disney por haber creado allá a principios de los años cuarenta
del siglo pasado a una pareja de simpáticas ardillas que se la pasaban
haciéndole la vida imposible al buen Pato Donald. Eran inquietas y traviesas,
hiperactivas. Se llamaban Chip y Dale.
Me parece
que pocas experiencias tan intensas para un pequeño como la de toparse de
repente con la carita simpática de una ardilla dientona y nerviosa agarrada con
las uñas del tronco de un árbol, que parece requerirle una nuez o un cacahuate.
Se trata de un roedor encantador y divertido que sin embargo puede significar
una calamidad urbana y aun un peligro
para los propios chiquitines y sus padres o abuelos. Y me puse a indagar.
En jardines
públicos muy concurridos el problema de la proliferación incontrolada de estos
roedores afecta gravemente al medio ambiente. Ellos suelen comer los brotes y
tallos tiernos de las plantas, lo que impide su crecimiento. También se alimentan
con la corteza de árboles como el olmo y el cedro, lo que les causa graves
daños y a menudo acaba por provocar su muerte. Y en ocasiones llegan a ser
tantos que literalmente “no caben” en los parques y tienen que salir,
hambrientos, para obtener alimento en las casas y edificios de las
inmediaciones, a los que llegan generalmente a través de los cables de
alumbrado eléctrico y servicios de telefonía y televisión. Fue el caso de mi ardilla-rata, seguramente.
Rara vez
tenemos presente que estos tiernos mamíferos pueden ser portadores y
transmisores de rabia y otras enfermedades como la leptospirosis, y que
empujados por el hambre llegan a convertirse en pequeñas pero auténticas fieras.
Lo más grave es que no existe un censo confiable de esta población, por lo que
no puede dimensionarse a cabalidad ni menos buscar su control.
Expertos de
la UNAM han alertado sobre estos y otros peligros atribuidos a las ardillas.
Existen tantas especies animales que habitan entre los humanos, que a veces ni
siquiera nos damos cuenta de que están entre nosotros. Sin embargo, cuando la
población de alguna de estas especies aumenta y afecta de manera directa
nuestra vida se convierte en víctima de una plaga. Eso está ocurriendo con las
ardillas en nuestros parques, como los Viveros de Coyoacán o el Parque Hundido
de Insurgentes Sur.
Las ardillas
son roedores pertenecientes a la familia Sciuridae y hay 261 especies en el
mundo. En México hay 35 especies. Estudios advierten que diversas zonas de la
capital habitan dos tipos de ardilla, una de tipo arborícola y otra de hábitos
terrestres. La que trepa en los árboles es la ardilla problema.
El
investigador universitario Fernando Cervantes advirtió que hay zonas de la
Ciudad de México en donde las ardillas han rebasado por mucho su población
natural. En condiciones normales hay entre tres y cuatro ardillas por hectárea
en un bosque, mientras que en algunos parques capitalinos pueden llegar a ser
30, 40 o inclusive más.
La verdad es
que todos somos parte del problema. Las ardillas son animales que generan
empatía en los humanos y, por lo tanto, muchas veces son alimentadas por
vecinos y visitantes. “El problema principal es que la gente las alimenta y en
donde no las alimenta las mismas ardillas aprovechan los desperdicios de los
seres humanos y los comen”, aseguró Cervantes. “Es evidente que si los animales
tienen alimento en abundancia se pueden reproducir en abundancia”, dijo. Y mencionó que depredadores naturales de las
ardillas, como zorros, coyotes, tejones y serpientes no existen en la ciudad.
Perros y gatos ferales las depredan, pero no son suficientes.
La
conclusión es muy preocupante: no hay un dique natural ante la proliferación de
estos roedores. Difícilmente pueden ser
atacados con venenos o trampas, que implican un grave riesgo. La única posible
solución es la concientización de los propios ciudadanos, para que deje de
alimentarse irresponsablemente a estos animalitos y con ello propiciar su
multiplicación. Por más tiernos que nos parezcan, no son Chip y Dale.
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