Arnoldo
Cuellar.
De nueva
cuenta los policías estatales de Guanajuato están involucrados en lo que parece
ser una ejecución extrajudicial, ahora en Santa Rosa de Lima, donde parece que
todos sus habitantes han sido catalogados como criminales por el Gobierno
estatal.
Como en el
caso del migrante Leonardo Reyes, en San Miguel de Allende, el Gobierno de
Guanajuato representado de forma casi plenipotenciaria por una funcionaria
menor, la coordinadora de estrategia para la seguridad ciudadana, Sophía Huett,
ha salido a realizar una defensa a ultranza y a priori de las fuerzas
policiales.
Un joven
de 26 años, Leonardo García Aguilar, resulta muerto por lo que la versión
oficial califica de “enfrentamiento tras una persecución”. Como en el caso de
Leo Reyes, la funcionaria – vocera exonera a los policías antes de cualquier
investigación y declara que el fallecido fue víctima del “uso legítimo de fuerza
letal”.
Sin embargo,
una investigación periodística del reportero Humberto Padgett, difundida en
el noticiero “Por la Mañana”, conducido por Ciro Gómez Leyva en Radio Fórmula,
quien estuvo en el terreno y en contacto con familiares este fin de semana, dos
días después de acontecidos los hechos, maneja una inquietante posibilidad: la
de un montaje para simular una muerte por enfrentamiento cuando en realidad
pudo haber ocurrido un caso de tortura y ejecución.
Los
elementos que exhibe el acucioso reportero de origen guanajuatense son los
siguientes: el cadáver de Leonardo aparece esposado en una fotografía; su
cuerpo muestra quemaduras de segundo grado con alguna sustancia inflamable en
el rostro, el pecho y una pierna; el disparo que lo mata ingresa por la espalda
y no tiene salida por el pecho, como sería esperable en un tiro de larga
distancia con un arma larga.
La madre de
Leonardo no exonera a su hijo de participar en actividades delictivas, pero
asegura que no usaba armas de fuego y pidió que se le hicieran pruebas para
saber si había disparado. Nunca se realizaron.
El tema
de fondo al que nos estamos enfrentando es el de como actúan los policías del
Gobierno de Guanajuato, si respetan el marco legal o si ejercen una especie de
ley de la selva. No es el primer caso y tampoco será el primero en que no se
realiza ninguna investigación, ni judicial ni administrativa.
La
vinculación fundamental entre el Fiscal General, Carlos Zamarripa, y el
Secretario de Seguridad, Alvar Cabeza de Vaca, ha borrado en la práctica los
temas de la autonomía. Más bien podríamos estar hablando de complicidad, a la
que se suma el resto del Gobierno ya como encubrimiento.
En el caso
de Leonardo Reyes se produjo primero la exoneración administrativa, hecha
pública por la propia Sophia Huett, una funcionaria de historial más bien
modesto a su paso por la Policía Federal que ha sido elevada al nivel de una
vocería general de seguridad cuya principal función es evitar que los temas
engorrosos sean tratados por el Gobernador Diego Sinhue Rodríguez.
Tras el
dictado de la vocera de que la muerte del joven migrante había sido producto de
un enfrentamiento y del uso “de fuerza letal” por los policías, se cerró
cualquier posibilidad de revisar la situación. Ni investigación interna ni
carpeta de la Fiscalía: los policías involucrados en una muerte dudosa,
sencillamente, tienen permiso para matar.
Y como la
impunidad lo único que tiende a generar es la repetición de las conductas, hoy
nos encontramos nuevamente frente a una circunstancia donde quedan exhibidas
dudas patentes sobre la versión de los policías, pero la autoridad estatal ha
decidido ya que el parte de los propios elementos responsables es la única
verdad legal, pese a evidencias en contrario.
Cuando la
vocera del Gobierno de Guanajuato asevera que podría estarse lamentando la
muerte de un policía en lugar de la de un civil al que se le quiere acusar de
haber iniciado la agresión, lo que está situando es un escenario de guerra, de
conflicto bélico y no de lucha por la pacificación mediante estrategias
preventivas y reactivas de seguridad pública.
Declarar
la guerra y validar las víctimas, directas o colaterales, como parte natural
del conflicto, puede ser la peor de las estrategias para recuperar la
tranquilidad y regresar al anhelado escenario de un estado con vocación
industrial y turística en un clima de paz y seguridad.
Así,
mientras Diego Sinhue Rodríguez se empeña en la tarea de promover al estado,
ahora en Nueva York y antes en Alemania, sus colaboradores en materia de
seguridad deciden desatar el infierno en Guanajuato y disparar antes de
averiguar, además de asumir la postura propagandística del beligerante que
justifica sus acciones y condena las del enemigo.
Se nota
en todo este drama mucha superficialidad, mucha improvisación y ninguna
reflexión de fondo, lo que constituye el escenario más preocupante, pues mientras
los problemas que enfrenta Guanajuato de inseguridad y violencia son reales, la
respuesta de las autoridades es solo propagandística.
Así, mientras
el PIB del estado se desploma por causas multifactoriales donde no se excluye
la inseguridad y las altas cuotas de violencia, la autoridad estatal que
presume haber “restaurado el estado de derecho”, parece ver con complacencia
que algunos de sus policías se constituyan en verdaderos escuadrones de la
muerte, solución que en ningún país del mundo ha funcionado como método
pacificador.
Mientras eso
ocurre, la Procuraduría de los Derechos Humanos de Guanajuato renuncia en
los hechos a su función y se pliega a las necesidades del Poder Ejecutivo, en
uno de sus momentos más ignominiosos.
La
recomendación en el caso Leo Reyes que el titular de la institución aseguró
tener casi listo hace algunos meses, sigue sin aparecer. La versión en los
pasillos del poder es que el propio Gobernador intervino para frenar cualquier
resolución que afectara a sus policías.
Son tiempos
negros para Guanajuato.
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