Raymundo
Riva Palacio.
La liga
finalmente se rompió. Fueron meses de acusaciones de corruptos, de
humillaciones políticas, maltrato y desprecio por parte del nuevo gobierno.
Vivieron bajo amenazas de iniciar procesos penales para quienes no quisieran
ser trasladados al Instituto Nacional de Migración y al resto lo trataron como
objetos desechables. Los mandaron a las calles en condiciones laborales que
nunca habían tenido y cuando se quejaron, los insultaron. Ningún respeto se
había mostrado a una institución que durante años fue la primera línea de fuego
contra los criminales. Desaparecerla e integrarla al Ejército, bajo el paraguas
de formar parte de la nueva Guardia Nacional, como planteó el gobierno,
galvanizó la molestia que venía creciendo y que provocó este miércoles una rebelión
que cambió el metabolismo en el corazón de las áreas de seguridad pública
federal.
La rebelión
comenzó a las cuatro de la mañana del miércoles. A las 5:08 de la mañana se
emitió el primer informe a las autoridades superiores, que daba cuenta de que
los policías federales que iban a salir del Centro de Mando de la Policía
Federal en Iztapalapa para pasar exámenes de control de confianza habían
cerrado los accesos para impedir la salida o entrada de cualquier vehículo. A
través de los chats de los policías federales, comenzaron a llegar los avisos
de refuerzos. Los primeros salieron de la zona de San Juanico, sobre la
carretera que conecta la Ciudad de México con Pachuca, donde se encuentra un
cuartel de la Policía Federal y de la Gendarmería –una base policial muy grande
y considerada modelo–, y bloquearon la autopista.
Una alerta,
jamás confirmada, apareció en los celulares: “Compañeros ya vienen los PM
(policías militares) con equipo antimotín para sacarnos… compañeros hay que
apoyarlos y vienen los guachos (soldados) con antimotín no hay que hacerles
caso no hay que ser militarizados ánimo”. Los reportes mostraban que la
rebelión no se limitaba a los policías federales a quienes les habían quitado
prestaciones, antigüedad y los habían alejado de sus familias para ser tratados
como elementos de segunda clase dentro de la Guardia Nacional, sino que se
estaban sumando elementos de las siete divisiones de la Policía Federal en todo
el país. Sólo en la Ciudad de México hubo seis bloqueos, incluidas la sede de
la Secretaría de Seguridad Pública Ciudadana y el cuartel general de la Policía
Federal.
La rebelión
pudo haber sorprendido a muchos, pero se venía gestando. El detonante fueron
unas notificaciones que recibieron policías federales el martes, donde les
informaban que a partir de la fecha del oficio estarían bajo las órdenes de la
Secretaría de la Defensa Nacional, que significaba un cambio radical a sus
esquemas laborales: se acababan los descansos de cinco días al mes por 25 días
de trabajo consecutivo, incluidos los fines de semana. La operatividad, que era
el equivalente a un bono de riesgo, de nueve mil 800 pesos, también
desaparecía. Serían absorbidos por el Instituto de Seguridad Social de las
Fuerzas Armadas a partir de enero de 2020, cuando también entraría en vigor la
homologación de sus salarios con los de los militares. No sabían a cuánto
equivaldría porque aún no lo precisa la Secretaría de Hacienda.
Los policías
federales dejarían de ser civiles y pasarían a ser militares, aunque asignados
a la Guardia Nacional, que es un cuerpo paramilitar mediante el cual el
presidente Andrés Manuel López Obrador dio los primeros pasos para desaparecer
a la Policía Federal, y sentar las bases para que, si encuentra las condiciones
políticas durante su sexenio, eliminar a las Fuerzas Armadas, que serían
absorbidas a esa nueva estructura que entró en vigor el domingo pasado. Las
nuevas condiciones perfilaban que cerca de 30 por ciento, según circuló en los
chats de los policías federales, pensaban pedir su baja, aun cuando no les
dieran el finiquito.
El
presidente López Obrador dijo durante la conferencia de prensa matutina que no
se iba a despedir a nadie que cumpliera con los requisitos –uno muy importante
es el peso, donde los militares están exigiendo dietas para reducir hasta 35
kilos– ni tampoco se iban a modificar sus prestaciones, lo que contrarrestó con
la información que les habían dado a los policías federales la víspera. Pero
volvió a arremeter contra los policías al asegurar que la institución “se echó
a perder” al relajarse la disciplina y se cometieron abusos. El presidente
incurrió una vez más en el error que llevó a esta crisis, al personalizar en
los policías las deficiencias, omisiones e incluso corrupciones de algunos
mandos superiores, o en la Secretaría de Gobernación durante la administración
del presidente Enrique Peña Nieto.
La rebelión
no fue sofocada y los federales preparaban continuar este jueves la protesta
con un paro nacional. El secretario de Seguridad Pública, Alfonso Durazo, buscó
neutralizar la rebelión con paliativos, algunos concretos –como el regreso de
seguros médicos privados, que sirvieron para salvarle la vida a decenas de
policías heridos en combate– y la no separación de sus familias. Poco efecto
tendrán en el fondo del problema. La convicción es que los desaparecerán, que
los militares aceptarán quedarse con un mínimo número de ellos y, sobre todo,
que las palabras llegaron tarde. Las humillaciones, vejaciones, amenazas y
descrédito permanecen como heridas incurables.
Las
autoridades esperan sofocar la revuelta y podrá ser esa la solución inmediata.
Pero el daño permanece. La moral dentro de la Policía Federal es muy baja, como
consecuencia del maltrato sistemático del gobierno, como lo ratificó ayer mismo
el presidente López Obrador. Más allá de alcanzar un resultado favorable, no
ganan él ni Durazo ni los policías federales. Esta crisis favorece a los
criminales. Nadie parecer saber para quién trabaja.
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