Dolia
Estévez.
La crisis de
salud que azota a Estados Unidos, ha forzado al gobierno antinmigrante de Trump
a reconocer oficialmente que los trabajadores agrícolas indocumentados, la
mayoría mexicanos, son “esenciales”. Los “ilegales”, como los llama
despectivamente, ya no son los violadores y narcotraficantes de ayer. Son la
mano de obra indispensable para que las cadenas productivas de alimentos no se
derrumben en medio de la pandemia. Oportunismo. Hipocresía.
Los
trabajadores agrícolas en California portan una carta firmada por sus patrones
consignando que el Departamento de Seguridad Interna los ha clasificado como
trabajadores “esenciales” por lo que no pueden ser deportados. El documento les
da un sentido de seguridad mientras dure la contingencia y la posibilidad de
moverse sin el temor de ser detenidos por la migra (The New York Times
04/04/2010).
Los llamados
trabajadores “esenciales”, son la versión moderna de los braceros que, entre
1942 y 1964, trabajaron en los campos agrícolas y en los ferrocarriles bajo
condiciones de explotación e injusticia. Una guerra también amenazaba el
suministro alimenticio. “Nosotros veníamos aquí a levantar mucho trabajo que
los de aquí no podían hacerlo. Andaban en la guerra”, recordó Pedro del Real
Pérez, un ex bracero, muchas años después.
Franklin D.
Roosevelt no los clasificó de “esenciales”, pero si reconoció su aportación.
“Los trabajadores agrícolas mexicanos, están contribuyendo con su habilidad y
su esfuerzo a la producción de alimentos vitales”, dijo en 1943.
Casi ocho
décadas después debió estallar una contingencia de proporciones catastróficas
para que las autoridades reconocieran la dependencia alimentaria en la mano de
obra de millones de mexicanos. California produce la mitad de las frutas y
verduras frescas que consume el país entero; el 75 por ciento del millón de
trabajadores en los campos agrícolas es indocumentada. El resto tiene visa H-24
de trabajadores huéspedes como la de los braceros.
Los
indocumentados quedaron excluidos del reciente rescate multibillonario de
emergencia porque son “ilegales”. De contagiarse, teóricamente recibirían
atención médica. En la practica, quién sabe. Son “esenciales”, pero no tanto
como para darles residencia, seguro médico y subsidios federales.
La admisión
sobre su esencialidad, no es lo único que ha puesto de manifiesto la fallida
política migratoria del gobierno. Bajo presión de grupos de la sociedad civil,
las autoridades migratorias empiezan a soltar a migrantes en los 250 centros de
detención de la Agencia de Inmigración y Aduanas (ICE). Temen contagio debido
al hacinamiento. ICE se apresuró a decir que no ha habido cambio, pero algunas
ciudades reportan lo contrario. Admitirlo públicamente no es conveniente en
época electoral.
Botón de
muestra: Sarah Jackson, directora de la Casa de Paz en Aurora, Colorado, me
dijo que se dio una liberación “masiva” de 28 personas. “Dejaron salir a 12 el
jueves 26 y 16 el viernes 27 de marzo. No preguntamos de donde son, pero la
mayoría eran mexicanos y centroamericanos”, apuntó Jackson. Voluntarios de Casa
de Paz los ayudaron a buscar alojamiento.
Entre el 9
de 25 de marzo, días de gran contagio, las liberaciones en el centro de Aurora
aumentaron de 9 a 135, de acuerdo a documentos internos.
Los
migrantes no saben qué pasa afuera. En centros en Texas les han quitado la
señal de televisión. Nadie les pide que se laven las manos con frecuencia o se
tapen la boca cuando tosen. La comunidad médica y la sociedad civil piden que
el gobierno federal suelte a todos los migrantes que no presentan riesgo.
Otra medida
paliativa por el coronavirus es la suspensión temporal de la llamada “carga
pública” (regla que limita la oportunidad de regularización a migrantes que
usan programas asistenciales). Las autoridades están alentando a los
indocumentados a buscar asistencia médica prometiendo que no afectará sus
tramites de regularización. Pocos les creen.
Si los
estadounidenses tienen miedo, los indocumentados están aterrados. Es ingenuo
esperar que confíen en el gobierno de Trump, cuando lo único que conocen son
redadas, deportaciones, restricciones de asilo, separación de familias,
maltrato. El gobierno de México está pidiendo que la “carga pública”, en
vigencia desde febrero, sea derogada.
No se sabe
cuantos contagiados o fallecidos hay. Más de 7 millones de indocumentados no
tienen seguro médico. La diabetes, factor de riesgo para el contagio de
Covid-19, es más alto entre los latinos, 22 por ciento. La marginación de los
migrantes nos afecta a todos.
Muchos de
los indocumentados que trabajan en el sector servicios, como restaurantes y
hoteles, se han quedado sin ingreso. De acuerdo a cálculos recientes, 5
millones de niños nacidos de padres indocumentados en Estados Unidos pueden
caer en la pobreza extrema debido al desempleo (The New England Journal of Medicine
27/03/2020).
En las
entrañas de Estados Unidos está incrustado otro México. Cerca de 6 millones de
los 11.3 millones de habitantes de ese México, son los olvidados. Los que se
esconden en las grandes ciudades como Nueva York y Los Ángeles. Los olvidados
de las estadísticas del coronavirus.
No hay datos
oficiales de cuántos mexicanos están infectados o muertos. La pandemia se
expande a ritmo vertiginoso. Las autoridades consulares no se dan abasto. No
existe un registro centralizado de enfermos, fallecidos y desempleados. Los
recursos son limitados.
Me llega
información anecdótica. Cien fallecidos en Nueva York y Nueva Jersey. De dos
fallecimientos diarios aumentaron a 14 el lunes por la noche. Dos muertos más
en California. Otro más en Arizona y dos en Illinois. Trasladar cadáveres a
México se dificulta por temor al contagio. Resistencia a la cremación. La
muerte sin rito no es muerte.
Históricamente,
los migrantes han sido parte del tejido nacional de Estados Unidos. De su
esencia como nación. Su contribución a la riqueza y diversidad es permanente.
No cuando dicen los políticos. El coronavirus no va a hacer cambiar al gobierno
su mensaje antiinmigrante por uno de empatía e inclusión. Tampoco va a
reconocer el impacto negativo que la discriminación tiene en la salud pública.
Que no extrañe si la crisis se prolonga más de lo necesario porque hay millones
de mexicanos que no cuentan, ni cuentan. Los olvidados.
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