Adela
Navarro Bello.
Hasta el 21
de abril de 2020, Baja California ostentaba el segundo lugar en la estadística
por muertes debido a contagio de COVID-19 entre su población, con una cifra de
96 fatalidades. Al mismo tiempo estaba en tercer lugar de casos confirmados,
solo antecedido por la Ciudad de México y el Estado de México, entidades que
superan por mucho la población de 3.3 millones de habitantes que tiene Baja
California.
En la medida
que se aplican más pruebas para comprobar los contagios del coronavirus, y esa
es una medida con la cual parece estar de acuerdo el Gobernador Jaime Bonilla
Valdez, los casos incrementan considerablemente. Lo peor, dicen, está por
venir. Llegará en la primera semana de mayo, y para lo cual faltan unos 12
días.
En Baja
California, y eso ha sido harto documentado, la infraestructura del sistema de
salud no es la mejor ni está en condiciones ya no digamos óptimas, sino
medianamente equipadas o abastecidas para hacer frente a la pandemia que, como
la inseguridad, ha azotado a la frontera norte de México.
Los
hospitales del estado ya estaban mal antes de ponerse peor al verse rebasadas
sus capacidades para atender a los enfermos por COVID-19 o aquellos que sin
confirmar su caso son clasificados como neumonías atípicas.
Pero en Baja
California el Gobernador no ha decretado el uso obligatorio del cubrebocas
cuando se está en público, lo que sí han sugerido otras instituciones en la
entidad como el Consulado de los Estados Unidos en México, ni ha determinado
medidas adicionales ahora que, es oficial, México entró a la Fase 3 de la
pandemia que significa una mayor dispersión comunitaria del coronavirus
COVID-19.
En el mapa
que todos los días presenta la Subsecretaría de Salud federal, Baja California
es el único estado que aparece en rojo, debido a la mayor dispersión del virus,
los casos confirmados y las defunciones, fuera del centro del país. Ciertamente
la movilidad migratoria ubica a esta región, y así se ve en las estadísticas,
frente a un mayor riesgo de contagio, pero de las acciones que sus gobiernos
emprendan, estatal y municipales, dependerá el futuro próximo en el desarrollo
de los contagios.
En ninguno
de los cinco municipios, y por supuesto tampoco en el estado, se ha determinado
un toque de queda. Los cierres de empresas han sido a discreción. Por ejemplo,
tiendas como Coppel o Electra continúan abiertas, debido a que cuentan con
instituciones financieras, pero en tiendas departamentales donde se venden
alimentos, artículos de limpieza y otros enseres domésticos, como Walmart,
Costco, Soriana, han sido clausuradas las áreas donde se expenden aparatos
electrodomésticos, ropa o artículos personales, como si en la contingencia no
se requiriera de esos artículos para sobrellevar la cuarentena, como suplir una
lavadora de ropa, por ejemplo. En dichas tiendas, además, se han tomado medidas
que el Gobierno no ha mandato obligatorias, como en Costco, que únicamente se
permite el acceso a personas que porten guantes o cubrebocas, además de
proveerles sanitizantes y toallas antibacteriales.
Se entiende
que “el objetivo” del Gobierno es evitar que ciertas áreas se mantengan
aglomeradas, pero también muchas de estas compañías han optado por solo
permitir el acceso a realizar compras a 50 personas al mismo tiempo, sale una y
entra una, además de mantener a los consumidores en filas que guardan la sana
distancia. Estas acciones sin embargo, no están siendo consideradas por las
autoridades bajacalifornianas, que castigan a las empresas con clausuras
parciales, y benefician a otras con aperturas totales.
La
cuarentena no ha sido adoptada por los bajacalifornianos y los gobiernos no han
contribuido con una campaña más agresiva a que la gente se quede en casa. Que
solo un integrante de la familia salga a avituallar y el resto permanezca a
salvo de contagios en la vía pública. De acuerdo al índice de movilidad que
desarrolló Google, en este estado, solo el 22 por ciento redujo de manera
determinante su movilidad.
Y eso se
aprecia en las calles que se ven bastante concurridas de automóviles con uno,
dos o más ocupantes, y mientras los restaurantes establecidos han cerrado y
algunos sirven alimentos preparados para llevar ya sea a través de un servicio
de entrega a domicilio o recogerlos personalmente, muchos changarros permanecen
abiertos y atendiendo a comensales a cualquier hora del día, provocando
aglomeraciones en reducidos establecimientos.
La Alcaldesa
de Mexicali, Marina del Pilar Ávila Olmeda, y su Cabildo, aprobaron hace una
semana multas para quienes realicen fiestas en su casas, debido a las
concentraciones de personas que se seguían llevando a cabo a pesar de la
cuarentena y la recomendación de la sana distancia. Eso no ha sucedido en la
otra ciudad grande de Baja California y la que más casos concentra de contagios
por COVID-19, como lo es Tijuana. En esta ciudad fronteriza, la madrugada del
domingo 19 de abril en una fiesta fueron heridas cuatro personas y una fue
asesinada. Entre quienes salvaron la vida pero resultaron heridos se encontraba
un policía de la Guardia Estatal de Seguridad, los mismos que han sido
encomendados a vigilar las calles para verificar que las personas que transitan
lo hagan porque realizan una actividad esencial y no porque están merodeando.
A tal
acción, supervisar a través de la Policía Estatal que los ciudadanos no salgan
sin motivo justificado de sus hogares, evidentemente no secundada por algunos
miembros de la corporación estatal, el Gobernador lo ha llamado “un toque de
conciencia”, para no meterse de ello en el toque de queda.
A saber
únicamente dos municipios en el país han decretado un toque de queda, para
limitar o restringir por un determinado periodo u horario las actividades en
púbico, en ese caso con el objetivo de contener la dispersión del virus. Ningún
Gobernador lo ha hecho, aunque sí ha habido aquellos que han obligado al uso de
la mascarilla cuando se encuentre la población en lugares públicos, mientras
otros han optado por la realización de pruebas para detectar los casos
positivos y actuar en consecuencia para evitar la dispersión aislándolos desde
un inicio.
En Baja
California, de acuerdo al Secretario de Salud, al 7 de abril se habían
practicado 700 pruebas de mil 500 que llegaron al estado, aun así la entidad
ocupa el tercer lugar de contagios en el país. Esta pobre reacción se entenderá
al saber que, por ejemplo en San Diego, California, condado vecino de Tijuana,
a la fecha se han practicado 34 mil 920 pruebas, se juntan 2 mil 434 casos
positivos y 87 muertes.
Pero aun sin
la capacidad hospitalaria, sin las pruebas suficientes para revisar a la
población y asilarla en caso de contagios, y ya en una Fase 3, en Baja
California el Gobierno del estado no ha intensificado las medidas sociales para
evitar la dispersión del virus que como se prevé será de consecuencias fatales.
Persisten en la sana distancia y en una cuarentena que nada más no ha permeado,
además de cierres a discreción y comparaciones absurdas como “demostrar” qué
hay más muertos por enfermedades cardiacas o por cáncer que por contagio de
COVID-19, y que tales casos no han parado la economía ni la vida social.
Por eso,
ante la intensa movilidad de la población en el estado, particularmente en Mexicali
y Tijuana, a Baja California le urgen medidas para contener en la medida de lo
posible la dispersión comunitaria. No se trata solo de entregar despensas,
también que el Gobierno ayude estableciendo las condiciones sociales, de
seguridad, de salud y económicas, para quedarse en casa. Si los hospitales ya
están rebasados, sería momento de aislar a la población para disminuir los
contagios. A ver cuándo.
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