Gustavo De
la Rosa.
A los
viejos, los que hoy rebasamos los 65 años y que representamos el sector más
vulnerable al COVID-19, nos da por recordar nuestra infancia, porque durante
ella y la primera adolescencia pudimos mantener cierta distancia de las
responsabilidades individuales y colectivas que conlleva la madurez productiva.
Aquellos fueron nuestros tiempos más alegres.
Hoy, que
veo a un grupo de empresarios exigirle al Gobierno federal que destine parte de
los recursos públicos a disminuir los daños que les causará la inevitable
crisis económica después de esta emergencia sanitaria, me viene a la memoria la
frase que se usaba en mi pueblo natal de Chávez, Coahuila, para terminar una
discusión: que te mantenga el Gobierno.
ERA UNA
FRASE LAPIDARIA Y SIN RETORNO, porque en los cincuenta era imposible que una
empresa, un negociante o un particular fuera ante el Gobierno a solicitar apoyo
a través de programas, fideicomisos, asociaciones civiles o fondos de rescate
empresarial, porque no existían; México estaba desarrollándose como una nación,
con dificultades y carencias, con un sentido comunitario de empujar todos hacía
el mismo lado, hacia el horizonte.
En aquel
entonces sólo había tres grupos con derechos sociales, los obreros, los
campesinos y los estudiantes menores de edad, los demás debían ganarse sus
privilegios trabajando, invirtiendo y arriesgando su capital (o beneficiándose
del Estado mediante trampas y corrupción); era imposible pensar que el Gobierno
debía apoyar directa y funcionalmente a los empresarios, ya que existían una
serie de leyes generales que protegían su inversión al competir con otros
negociantes de diferentes países (lo que representaba una defensa más profunda
y efectiva que los apoyos que actualmente exigen).
Con el paso
del tiempo la economía se globalizó, se derrumbaron los aranceles aduanales y
se pudo comprar lo que se producía en todo el mundo, entonces cambió la
vocación de crecimiento del país, antes centrada en la producción y desarrollo
del mercado interno, y se incorporó a la población a la vorágine del libre
mercado; los inversionistas, que antaño debían arriesgar su dinero en la
producción de bienes y servicios, descubrieron que construir campos
industriales para empresas extranjeras, cobrando rentas exageradas e incluyendo
un ejército de trabajadores casi esclavos, ofrecía grandes ganancias y
prefirieron competir con salarios bajos y mano de obra barata, y no con
mercancías de mejor calidad
Se cambió
la búsqueda de la equidad para obreros, campesinos y jóvenes, por el impulso
gubernamental al desarrollo industrial, esperando que las empresas se
encargaran de mejorar las condiciones de vida de sus trabajadores, y ahora
descubrimos que las grandes inversiones que hizo este país no fueron en
infraestructura, como el ferrocarril de Porfirio Díaz o la modernización de
Miguel Alemán, sino para salvar a empresas y negociantes que hicieron malas
jugadas en la banca o en el mercado durante los gobiernos de Zedillo, Fox,
Calderón y Peña Nieto.
Ellos
desviaron los recursos públicos y empobrecieron a la nación para fortalecer al
empresariado mediante corruptelas o acuerdos de protección, siguiendo el
ejemplo de Salinas, que vendió más de mil empresas estatales a círculos
cerrados de compradores y a precios ridículos, lo que representó una
transferencia directa de recursos públicos a inversionistas privados.
México se
convirtió en el engaño histórico más memorable del siglo con el Tratado de
Libre Comercio, que en sus primeros años trajo como consecuencia, de la mano de
una serie de errores gubernamentales, la crisis económica de 1994 cuando apenas
nos reponíamos de la crisis del 83-89 (que se superó subsidiando a los patrones
empresariales y congelando, y reduciendo, los salarios de los trabajadores de
100 a 40 unidades).
Siguió la
crisis monetaria del 94-95; en esta ocasión los grandes inversionistas fueron
informados días antes de la devaluación del peso, y compraron miles de millones
de dólares en respuesta. Entre 1995 y 1999 se garantizaron los capitales de los
bancos recientemente privatizados con tasas de interés superiores al 100 por
ciento, incluyendo las deudas que la gente no podría pagar y las prácticas de
cobro de intereses sobre intereses, y acabó por construirse el Fobaproa, que
pagaría a los bancos lo que no podían pagar los particulares, endeudando al
país hasta 2070.
En el
2000 el PAN llegó al poder y descubrió que podía usar la política para hacer
negocios, siempre y cuando no molestara a los corruptos del régimen anterior y
compartiera con los priistas el juego de Politics and Business; hallaron un
Infonavit sostenido por dinero de los obreros, convertido en un banco de
financiamiento con deudores cautivos que ofrecía inversiones fáciles y seguras
en construcciones de mala calidad y en zonas de alto riesgo, lo que género la
multiplicación de constructoras e inmobiliarias que además se beneficiaron de
un fideicomiso federal para la vivienda.
La cereza
del pastel fue utilizar todos los recursos que ingresaban al país por la
bonanza petrolera para pagar el 40 % del Presupuesto de Egresos, lo que
facilitó mantener políticas fiscales blandengues, de complicidad y
sobreprotección a los grandes empresarios (había petróleo, no se necesitaba
cobrarles impuestos) y dejó a Pemex como una empresa en constante riesgo de
quiebra.
En estos
hechos se basa la lógica económica de los empresarios que hoy reclaman apoyos
para salir de una crisis a la que todavía no entramos; extrañan el dinero
público, y cómo no, si los apoyó el Estado con el salario de sus obreros
durante 30 años, con avisos de próximas devaluaciones, vendiéndoles empresas a
precios de oferta, rescatándolos cada vez que se veían en problemas financieros
y salvándolos con el Fobaproa.
Por eso no
pueden esperar más, ni siquiera hasta las elecciones de 2024 o a la posibilidad
electoral de 2021, ellos exigen que se vuelva a la política donde sólo ellos
ganaban y no compartían recursos públicos con los más pobres, los ancianos, los
discapacitados, los estudiantes o los niños; tampoco aceptan que se apoye a los
pequeños negocios familiares o a las microempresas, que sí pueden verse
beneficiados por préstamos de 25 mil pesos. Ellos lo quieren todo y se atreven
a soñar que pueden intentar un Golpe de Estado para restablecer la política de
los últimos seis sexenios (que equivalen a 36 años, cuando el Porfiriato sólo
duró 30).
Por eso
desde aquí les decimos, como en el Chávez de mi niñez, ¡que los mantenga el
Gobierno!
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