Alejandro Calvillo.
El “gasolinazo” ha
derramado el vaso, ninguna triquiñuela política recuperará al PRI de esta
medida y, de hecho, el “gasolinazo” derrama el vaso del sistema político
mexicano. El tema es sumamente complejo
y no puede ser entendido sin el contexto actual y los precedentes de abandono y
corrupción de la industria petrolera, del castigo al salario de los
trabajadores manteniéndolo en un nivel de miseria y de la corrupción
generalizada en las instituciones públicas.
Las protestas por el
“gasolinazo” son protestas contra la profunda corrupción del gobierno, contra
la ineptitud para enfrentar la violencia, la desigualdad y el deterioro de los servicios
públicos, como la salud y la educación.
La política
neoliberal sin adjetivos que nos ha gobernado tenía la premisa de que no hay
que producir lo que nos sale más barato comprar en el exterior. La política
neoliberal sin adjetivos, bien aprendida en instituciones académicas privadas
del país y profundizada en las escuelas estadounidenses, ha llevado a sus
pupilos, convertidos en funcionarios y gobernantes en México, a diseñar un país
maquilador y exportador de recursos naturales al país del Norte, un país
profundamente dependiente que se topa ahora de frente con un giro en la
política estadounidense que nos deja a la deriva.
Para qué producir
gasolinas si sale más barato comprarla en el exterior, para que producir maíz
si nos sale más barato comprárselo a Estados Unidos. Así nuestro abasto de
alimentos y de energía paso a depender del suministro de los Estados Unidos.
Ya veníamos viviendo la explotación masiva y desbordada de petróleo para
abastecer a los Estados Unidos durante la crisis en Medio Oriente, que llevó a
López Portillo a la frase de que teníamos que “administrar la abundancia”,
mientras se producía el mayor accidente y derrame de petróleo en el mundo, con
el Ixtoc. Simplemente, no administramos
la abundancia y ahora vivimos las consecuencias.
El “gasolinazo” tiene
solamente una causa: la profunda ineficacia del gobierno mexicano, su
corrupción y la de Pemex y su sindicato. Un sindicato y una empresa que ha
suministrado recursos para las campañas políticas, que ha servido de botín para
los funcionarios públicos y sus empresas aliadas. No sólo el petróleo ha dejado
de proveer recursos a la Nación, desde hace años, son nuestros impuestos los
que subvencionan a Pemex, especialmente, a Pemex Refinación. La corrupción ha
estado ahí por decenios, el abandono y las complicidades han estado ahí por
decenios. Las consecuencias ya no pueden ocultarse y el Estado está quebrado.
Una gran parte de la
población mexicana vive una situación insoportable gracias a la alianza entre
los poderes políticos y económicos que han mantenido a los trabajadores en
condiciones salariales deplorables, con uno de los menores ingresos en el
mundo, dentro de naciones de la misma escala. El país está quebrado, se cae a
pedazos.
La profundidad del problema es tanta que la solución no
puede ser superficial, requiere un cambio de régimen. Organizaciones sociales
apoyadas y soportadas por el sector empresarial critican acertadamente al
gobierno por no lanzar una política anticorrupción y de recorte en el gasto
para acompañar el “gasolinazo”, sin embargo, callan sobre el impacto del
“gasolinazo” entre la población pobre del país, el aumento de precios que esto
traerá en el transporte público y en el precio de los alimentos, callan sobre
la profunda desigualdad que no encaja en las fórmulas simples neoliberales. Y
callan, principalmente, en la situación del salario mínimo y la necesidad de
aumentarlo. El problema es mucho más complejo.
El transporte público
ya había anunciado la necesidad de incrementar precios ante el aumento en los
costos de los insumos y la necesidad de mejorar el deteriorado servicio que
domina a este sector. El aumento del precio de los combustibles impactará
aún más en el costo del pasaje y pospondrá la mejoría en el servicio, en una
población de usuarios que ha visto el deterioro paulatino y constante de su
salario. En consecuencia, aumentará el
precio del transporte público y continuará el deterioro del transporte público
para los más necesitados
Por su parte, el
aumento de precios en alimentos se dará tanto por el aumento en el costo del
combustible para el sector agrícola, como para el transporte y procesamiento de
los productos. Lo anterior se suma a un aumento considerable en el costo de
los insumos por la paridad con el dólar. Los estaremos viendo en una gran
diversidad de productos, como la tortilla.
El costo de la canasta básica se incrementará significativamente.
El sector empresarial se ha comprometido, en el acuerdo
anunciado con el gobierno, únicamente a no realizar un “incremento
indiscriminado” en los precios. Es a lo
único que se ha comprometido. Incrementaremos precios, pero de manera
justificada, nos dicen. El sector
empresarial quiere mantener sus enormes márgenes de ganancia sustentadas en
salarios de miseria a sus trabajadores. Como siempre, en ese sector los que
dominan el discurso son los peores actores, reconociendo que hay, entre ellos,
algunas empresas que mantienen políticas salariales justas.
Los sacrificados en
este proceso son los sectores pobres del país que suman más de la mitad de la
población, unos 55 millones de personas. El salario, de acuerdo a la UNAM,
tiene una caída en su poder adquisitivo de 79.11 por ciento de 1982 a la fecha. Mientras, los rapaces se han hinchado de dinero con la complicidad de poderes
económicos formales e informales. Algunos de estos poderes se revelan ahora
contra el Estado, pero ellos tienen una gran responsabilidad sobre esta
situación, se enaltecieron cuando los acuerdos con el poder político les
beneficiaban, han tenido sus puertas giratorias para entrar al poder
político y volver hasta confundirse con él, se han beneficiado de legislación y normatividad a modo, ahora
denuncian la corrupción. La manifestación más cruel de esta alianza ha sido el
mantenimiento del salario mínimo a niveles de miseria.
En las condiciones
que se viven en el país, de la profunda corrupción e ineficacia del gobierno,
no hay manera de aceptar un incremento al precio de las gasolinas como el que
se presentó, y la repercusión que
esto tendrá en aumento del costo del transporte público, de los alimentos y en
inflación generalizada. Y no se podrá distinguir el impacto en inflación por el
aumento de las gasolinas de la inflación generada por la caída del peso frente
al dólar.
El problema no es sencillo, los subsidios a la gasolina han
llegado a cerca de mil millones de pesos al día. Es cierto que el consumo de
gasolina es mayor en las clases altas y mucho menor en las bajas y que este
subsidio beneficia más a los ricos, se calcula que mientras una persona de
bajos recursos recibía un peso de subsidio, un rico recibía 32 pesos. Los
susidios a las gasolinas han sido de tal magnitud que en 2012 llegaron a ser
tres veces más que lo asignado al Seguro Popular. Los números siguen siendo opacos, ahora se calcula que los impuestos a
las gasolinas son de alrededor del 30por ciento de su costo. De una
economía petrolizada se ha querido pasar a una economía gasolinizada a través
de impuestos y a costa de los consumidores.
Aunque los pobres
reciban un menor subsidio, el retiro de ese subsidio tendrá un fuerte daño en
su economía, en su poder de compra. Para un rico, con el retiro del
subsidio a las gasolinas, el efecto en su economía será insignificante. La
razón de esto es la gran desigualdad social que existe en nuestro país. Retirar el subsidio a los ricos sería la
solución, mantener el impuesto de 30por ciento a ellos sería la solución, pero
¿cómo hacerlo?
Por otro lado: ¿no
deberían destinarse los recursos del subsidio o los ingresos por impuestos a
las gasolinas al deteriorado sistema de salud pública, al abandono de la
educación, al transporte público, a los servicios públicos en general? Esto
sería lo más lógico, para eso deben ser los recursos públicos, para compensar
las desigualdades. Eso podría ocurrir siempre y cuando los recursos fueran
utilizados de manera transparente, cuando los recursos generados por impuestos
especiales pudieran ser etiquetados claramente a objetivos precisos, cuando los
salarios fueran más justos. Ha existido
una oposición histórica de Hacienda para etiquetar recursos bajo el argumento
que se sentaría un mal precedente y se terminaría por etiquetar gran parte de
los recursos obtenidos por los impuestos, “como ocurre en California”, sin dar
margen al gobierno de destinar recursos a asuntos prioritarios o emergentes.
El argumento de Hacienda parece ser más
para mantener la opacidad. En este momento político, la sobrevivencia del
sistema debe pasar por la transparencia y etiquetado de estos recursos.
Los salarios
miserables, la ignorancia e ineficacia de los funcionarios y la corrupción
profunda del gobierno están en el centro del tema del “gasolinazo”, no será
posible desvincularlos en la opinión pública.
Se sabe que la
magnitud de los recursos robados por la clase política en contubernio con
poderes económicos es tal que podría ayudar a resolver parte importante de
estos problemas. Se conoce, en parte, la magnitud de los impuestos condonados a
las grandes empresas. Se sabe que el problema está generado por una incapacidad
histórica administrativa de Pemex y el uso de esta empresa como botín de
funcionarios y líderes sindicales.
Una gran cantidad de
funcionarios públicos y líderes políticos han escalado sus posiciones por sus
habilidades para transar y no por su eficiencia como servidores públicos.
De hecho, todos conocemos historias cercanas de funcionarios que han querido
enfrentar la corrupción e ineficacia en ciertas instituciones y que lo único
que han logrado es el despido o que los mantengan o muevan a cargos menores, es
decir, el castigo.
El “gasolinazo”
derramó el vaso, el sistema ya muestra los estertores de un moribundo, el
“gasolinazo” está embarrado por un sistema político y económico que ha
producido una sociedad profundamente desigual, de una corrupción injertada en
el alma de ese sistema político y de una incapacidad extrema de los
funcionarios públicos.
Nada puede hacerse mientras no se ataque de fondo la
pudrición del sistema político mexicano y comience a enfrentarse la profunda
desigualdad social. A veces las situaciones se tornan tan graves que dejan de
ser problemas, porque los problemas tienen soluciones. Enfrentar esta situación
requiere medidas muy de fondo, que van mucho más allá del precio de la
gasolina.
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