Raymundo Riva Palacio.
La liberalización de los precios de la gasolina no fue una
crisis. La falta de previsión sobre la eventual reacción de la gente la hizo
una crisis. El vacío de un gobierno que dejó que la protesta creciera, que ante
la ausencia de frenos invitó a otros a sumarse a las acciones de saqueo, y dio
tiempo para que otros sectores de la sociedad encontraran el momento para
expresar su repudio al presidente Enrique Peña Nieto. La respuesta que encontró el presidente para apaciguar a la gente fue
el Acuerdo para el Fortalecimiento Económico y la Protección de la Economía
Familiar que es, como muchas otras de sus acciones, reactiva e improvisada. Eso
no existía en su mente hace una semana, fue elaborado al vapor para cubrir la
falta de cálculo al no haber previsto la reacción en el país.
Decenas de protestas
en todo el país por el aumento en las gasolinas, saqueos, violencia física,
confrontaciones políticas, libertades en riesgo por debilidad institucional, a
nivel estatal y federal, llevan a la pregunta de si el México bronco que tanto
temía Jesús Reyes Heroles que despertara. ¿Lo hizo? Como presidente del PRI
a mediados de los 70, dijo: “El respeto y la convivencia pacífica en la ley,
son las bases para el desarrollo, las libertades y posibilidades de progreso
social. En cambio, la intolerancia absoluta sería el camino seguro para volver
al México bronco y violento. Si eso sucediera, lo aprovecharían quienes
pretenden un endurecimiento del gobierno, exponiéndonos al fácil rompimiento
del orden estatal y del orden político nacional”.
Los políticos están
preocupados ante el tañer de estos tambores. El presidente ha pedido actuar
con serenidad, y que se den espacio para entender o escuchar las razones que lo
llevaron a tomar esa decisión. Peña
Nieto no entiende que es un presidente altamente impopular y que está pagando
el desprecio con el que a lo largo de sus dos primeros tercios del sexenio
trató a todos sus aliados, sobre todo aquellos que lo ayudaron a llegar a la
presidencia: el PRI, los empresarios y las clases medias. Haberlos alienado
tiene sus consecuencias. Lo han dejado solo.
Peña Nieto no
comprende que la violencia en las calles tiene componentes que van mucho más
allá que los grupos políticos a los que acusa de lucrar con el descontento.
El gasolinazo ha galvanizado la furia contra el presidente, quien reacciona con
la mira corta. Lo que se ve en la ira social contradice el argumento que
esgrime como su razón de ser: el gasolinazo afecta principalmente a 10 por
ciento del grupo de mayor ingreso que consume 40 por ciento de las gasolinas. Pero si el impacto se iba a sentir sólo
entre los que más tienen, ¿cómo explica que los principales actos de saqueo
sean contra tiendas a las que recurre la gente de menores ingresos?
Es posible argumentar
que el gasolinazo fue el detonador de una furia que se venía acumulando hace
tiempo. La desaprobación del presidente rebasó la aprobación en noviembre
de 2013, a los 11 meses de haber asumido el poder, como consecuencia de la
reforma fiscal. Se profundizó un año después, cuando se reveló la existencia de
la 'casa blanca' y el conflicto de interés de Peña Nieto. Eventos como la
desaparición de los normalistas de Ayotzinapa no tuvieron un saldo negativo
para Peña Nieto de manera instantánea, pero lo ha ido drenando sistemáticamente
desde octubre de 2014. Las reformas energética y educativa contribuyeron al
rechazo presidencial y al aumento en el mal humor social. La corrupción en este
sexenio, que se niega a aceptar Peña Nieto, vigoriza todo el malestar.
El ánimo nacional
contra Peña Nieto es tan adverso desde hace tanto tiempo, que cuando se logró
la segunda recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán hace un año, su nivel de
aprobación no subió; bajó cinco puntos. No hay nada que pueda hacer Peña Nieto para revertir el ánimo contra
él. Lo sabe, pero no hace nada para colocar un piso a su caída. En buena
medida, porque aunque ve lo que sucede, no es capaz de hacer una introspección
que le permita analizar el entorno y las consecuencias de sus acciones o
inacciones. Se ha vuelto tan refractario a las opiniones contrarias a lo que
piensa y cree, que las desestima y anula. Sólo un pequeño grupo goza de su
oído, le admite opiniones y, como ha sucedido muchas veces en su sexenio,
acepta sus recomendaciones y las convierte en acciones. Fuera de ese grupo
compacto, no considera de utilidad escuchar a nadie más.
La pérdida de su
consenso para gobernar es clara, incluso para él, quien insiste en llamados a
la unidad nacional a partir de aire. Peña Nieto no puede concitar a la unidad
en torno a él porque no tiene liderazgo. Su poco interés en revertir los
niveles de desaprobación o cuando menos romper la tendencia, revela también el
desconocimiento que esas mediciones no tienen que ver con si es popular o no,
sino muestra qué tanto consenso tiene como gobernante. Su construcción pasa por
mejorar sus niveles de aprobación. Si no hace nada para lograrlo, tampoco puede
esperar una respuesta positiva a sus llamados.
No se sabe si seguirá
despertándose el México bronco de Reyes Heroles, o habrá una despresurización
social natural, que vaya más acorde con la pasividad y la apatía mexicana de
las últimas generaciones. Lo que sí se aprecia es que hay un despertar, social
y político, que va por Peña Nieto.
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