Salvador Camarena.
En Los Pinos tuvieron
semanas para preparar una puesta en escena, la firma de un pacto entre sectores
productivos, y ni así pudieron lograr un mensaje de unidad para un momento que
se sabía crítico: el enojo por la liberación de los precios de los combustibles.
Ayer aprendimos que
los pactos ya no son como antes. La Coparmex se dio el lujo de mandar al
presidente Peña Nieto a por los chicles con su pretendido acuerdo. ¿Ello
ocurre porque la patronal es más fuerte que el mandatario? Eso sería muy grave.
¿No será más bien que los del gobierno no supieron amarrar los términos de la
firma?
Si iba a resultar inevitable comparar este acuerdo –tan
genérico y retórico que no merece la pena ni aprenderse su nombre– con los
pactos de los ochenta, ¿no habría sido oportuno tomar apuntes de lo que según
Miguel de la Madrid hizo que el Pacto de Solidaridad Económica jalara (en la
medida en que jaló, porque ya sabemos que luego sobrevino la crisis política
tras la elección del 88)?
¿Qué le costaba al gobierno federal mandar a alguien al
Fondo de Cultura Económica por un volumen de Cambio de Rumbo, Testimonio de una
Presidencia, 1982-1988, que no es otra cosa que una memoria en primera persona
de los tiempos de De la Madrid?
Si así lo hubieran hecho, y descontado el autobombo en que
llega a incurrir el colimense, a partir de la página 771, situada en diciembre
de 1987, habrían podido leer esto:
“En el terreno político surgieron mayores posibilidades de
conflictos y de radicalización de la discusión política (…). Lo único que podía
salvarnos era el temor al conflicto.
“Echeverría me dijo: ‘mire, lo que usted tiene que hacer es
poner a las partes a platicar.
“La idea inmediatamente me hizo efecto. Sentí que tenía que
desarrollarla.
“Pedro Aspe y Gustavo Petricioli me presentaron la parte
teórica del pacto (…) se trataba de un planteamiento complejo, bien estudiado,
producto del seguimiento (…) de los planes de choque en todo el mundo (…) de
manera que no se trataba de una propuesta sacada de la manga, sino de una prueba
de la capacidad del Estado para prever circunstancias extraordinarias.
“La actitud positiva
de los sectores estuvo determinada por su temor de que se agravara la
situación, con el riesgo de llegar a la anarquía.
“La negociación con los empresarios es mucho más difícil
(…). Propuesta que hacíamos, propuesta que (el CCE) tenía que llevar a los
empresarios, consultar y traernos la respuesta (…). Negociar con ellos requiere
una maniobra mayor.
“Habrá desánimo en todos los sectores, vamos a requerir de
mucho esfuerzo para salir adelante. Sólo en la medida en que estemos
conscientes de ello tendremos alguna posibilidad de éxito.
“El éxito del pacto será, esencialmente, un éxito político.
El éxito económico será sólo una consecuencia de ello.
“El factor intangible, subjetivo, que permitió la aceptación
del pacto fue la oportunidad sicológica que la misma crisis creó: la gente
estaba asustada, temía el conflicto social y el endurecimiento político.
“Hay que tener metas
concretas. Sólo así puede evaluarse la capacidad real de acción del gobierno”.
Al releer a De la
Madrid es claro que a nivel económico la crisis de los ochenta era mucho, mucho
más grave que la actual. Sin embargo, surge la duda sobre si la crisis política
no era tan grave como la actual. Con el agravante de que a De La Madrid la
patronal no le hizo el feo, y menos en público.
Esto es cada día más preocupante.
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