Jenaro
Villamil.
Las
recientes detenciones de Tomás Yarrington en Italia y de Javier Duarte en
Guatemala no están siendo capitalizadas por el gobierno de Enrique Peña Nieto y
mucho menos por el PRI, a pesar de la percepción mayoritaria de que se trata de
“golpes electorales” en función de los comicios del Estado de México.
La misma percepción revela que ni el
sabadazo para atrapar a Javier Duarte, el emblema contemporáneo del sátrapa, se
interpreta como una victoria contra la impunidad y la corrupción, sino como una
“detención pactada” para utilizar al exgobernador de Veracruz con fines de
propaganda electoral.
El mismo
presidente Enrique Peña Nieto lanzó un autoelogio el pasado 17 de abril que
pone en duda la eficacia de estas detenciones: “quienes quebrantan la ley deben
responder por sus actos. Independientemente de lo que determine el Poder
Judicial, estas detenciones son un mensaje firme y contundente del Estado
mexicano contra la impunidad”.
¿Cómo se puede interpretar como
“mensaje firme y contundente” si Peña Nieto ni siquiera es capaz de mencionar a
Yarrington y a Duarte por su nombre? ¿Dónde está el
mensaje contra la impunidad si Yarrington fue señalado desde 2004 por recibir
sobornos de los cárteles y pasaron cinco años de esta administración hasta que
fue detenido por una petición expresa de Estados Unidos y no de la PGR?
¿Cómo creer que es un logro si Duarte
tuvo tiempo suficiente para terminar su sexenio, dejar un quebranto de 34 mil
57 millones de pesos –según la Auditoría Superior de la Federación– y sembrar a
su entidad fosas de 15 mil desaparecidos, periodistas asesinados y una ola de
inseguridad inauditas?
El problema fundamental es que la era
de los gobernadores cleptócratas en el sexenio de Peña Nieto rebasó todos los
límites de la contención hasta convertirse en un “pacto de impunidad” que
ya no se puede sostener ante el derrumbe electoral del priismo, las
complicidades con el PAN y el PRD y la intensa presión de las autoridades de
Estados Unidos.
Oficialmente,
sólo hay siete exgobernadores detenidos
de un total de más de 21 mandatarios estatales señalados por la ASF, la
Secretaría de Hacienda, la DEA y organizaciones civiles por sus desfalcos, sus
pactos mafiosos, su intensa corrupción.
Estos siete
detenidos son los siguientes:
-Javier
Duarte y Flavino Ríos, gobernador constitucional e interino de Veracruz. El
segundo sólo estuvo 48 días al frente del Ejecutivo estatal.
-Tomás
Yarrington, exgobernador de Tamaulipas de 1999 a 2005, pero con una clara
influencia en la situación criminal de su entidad y de Veracruz desde hace más
de una década.
-José de
Jesús Reyna, gobernador interino de Michoacán, quien terminó por responder del
desvío de dos mil 323 millones de pesos desde el gobierno de Fausto Vallejo,
mandatario priista con quien se desbordó la influencia de los cárteles de la
droga.
-Andrés
Granier, exmandatario priista de Tabasco, detenido en 2013 por desvío de dos
mil 600 millones de pesos.
-Guillermo
Padrés, exgobernador panista de Sonora, el único de los ocho mandatarios
señalados desde noviembre de 2016 por la Auditoría Superior de la Federación
por una serie de irregularidades graves en el manejo del presupuesto.
-Mario
Villanueva, extitular priista de Quintana Roo, arrestado desde el gobierno de
Vicente Fox por corrupción y vínculos con el crimen organizado.
A estos siete detenidos hay que sumar
a los mandatarios del “nuevo PRI” de Peña Nieto que han sido también acusados y
que algunos se encuentran prófugos, otros amparados o simplemente disfrutando
del anonimato:
-Rodrigo
Medina, exgobernador priista de Nuevo León, quien estuvo unas horas en la
cárcel y ha logrado librar la acusación de peculado y desvío por tres mil 600
millones de pesos. La ola de violencia y corrupción que vivió esta entidad
durante su mandato está presente aún en los habitantes regiomontanos.
-César
Duarte, exejecutivo priista de Chihuahua, prófugo desde hace más de tres
semanas, acusado de peculado y presunto lavado de dinero.
-Roberto
Borge, exgobernador priista de Quintana Roo, quien no tiene orden de
aprehensión en su contra, pero sobre él hay nueve denuncias ante la PGR y la
Fiscalía de la entidad por rematar nueve mil 500 hectáreas de la reserva
territorial estatal, entre otros delitos.
-Humberto
Moreira, exmandatario de Coahuila, exdirigente nacional del PRI, uno de los más
firmes aliados de Peña Nieto en su ascenso a la candidatura presidencial, hasta
que fue señalado por presuntos vínculos con el narcotráfico.
La
Secretaría de Hacienda documentó que durante su gobierno la deuda pública se
disparó de 323 millones de pesos a 36 mil 186 millones de pesos. Comparte con
Javier Duarte el “honor” de ser uno de los más señalados por irregularidades en
el manejo del presupuesto y del súbito endeudamiento. Anda libre y aspira a ser
diputado local por el Partido Joven.
-Eugenio
Hernández, exgobernador de Tamaulipas, sucesor de Yarrington (2004-2010), quien
apoyó también a Peña Nieto en su aspiración presidencial. Es buscado por la DEA
desde el 18 de junio de 2015. Se especula que está escondido en Quintana Roo.
-Mario
Anguiano Moreno, exgobernador priista de Colima, acusado por irregularidades
presupuestales por mil 800 millones de pesos y en proceso de “juicio político”.
-Jorge
Herrera Caldera, exmandatario priista de Durango, acusado por un presunto
desfalco y un súbito endeudamiento por 15 mil millones de pesos.
Sin embargo, hay una segunda línea de
exmandatarios del PRI que se libraron de una investigación y están relacionados
con el ascenso de Enrique Peña Nieto.
Son los
casos, sobre todo, de Arturo Montiel,
padrino político y antecesor de Peña Nieto; Ulises Ruiz y José Murat,
exmandatarios de Oaxaca; Mario Marín, el góber precioso de Puebla; Fidel
Herrera, de Veracruz y principal apoyo para que llegara Javier Duarte al poder;
Natividad González Parás, exgobernador de Nuevo León, principal padrino
político de Rodrigo Medina y de quien ya nadie habla.
Y a esta lista habrá que agregar a los
gobernadores que llegaron bajo siglas opositoras, pero que dejaron desfalcadas
y desmoralizadas a sus respectivas entidades o enfrentan acusaciones por
presunta corrupción: Juan Sabines en Chiapas; Ángel Aguirre en Guerrero; Gabino
Cué en Oaxaca; y el panista Kiko Vega, quien aún gobierna Baja California.
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