Adriana
Dávila.
En días pasados en el Senado de la
República fuimos testigos de un hecho por demás lamentable: la intervención
descarada del PRI en el tema de la presidencia de la Mesa Directiva de esta
legislatura. Sin duda, lo que se presumía como la integración de un grupo
plural para encauzar los trabajos legislativos se convirtió en una imposición,
dejando a un lado los acuerdos internos de los grupos parlamentarios.
Distintas
voces quisieron definir que lo sucedido en el Senado se refería directamente a
un tema de género y misoginia. No puedo negar que algo hay de eso: las palabras que directamente dijo Emilio
Gamboa a una servidora fueron claramente discriminatorias y en todo momento
demeritaron el trabajo que he realizado durante mis 23 años de participar en la
vida política y pública de este país.
“Son muy pequeñitas, necesitamos
alguien de mayor estatura”, dijo Gamboa. Este argumento
resulta igual de ofensivo para cualquier mujer u hombre que aspirara a presidir
el Senado. Reitero, no lo considero sólo un asunto de género, sino de
discriminación. Asimismo, el
coordinador de la fracción del PRI me comentó que yo era la panista más
“antipriista” del Senado, lo cual no me avergüenza, al contrario, incongruente
sería ser una panista “pro-priista”.
Otro de los
argumentos dados a manera de justificación por parte de Emilio Gamboa, fue que
las senadoras del PRI habían votado en contra de nosotras. Incluso, después de
mi participación en tribuna, la senadora Hilda Flores –de Coahuila–, argumentó
públicamente que “Adriana Dávila nunca realizó el cabildeo entre nosotras y
nuestro coordinador es un hombre que cree en las mujeres”.
Respecto a este punto destaco dos
aspectos: Primero, me parece una cobardía que se quiera hacer ver esto como un
pleito entre mujeres. Y segundo, ¿de cuándo a acá, las y los priistas tienen
derecho a opinar sobre las instrucciones de sus líderes? En
el PRI no existe consenso, existe línea, por más que quieran negarlo. Y en
ningún otro año, en la elección de la Mesa Directiva del Senado de la
República, se ha cabildeado el nombre de quien ocupará su presidencia; son los
grupos parlamentarios los que toman las decisiones de quién los representará en
los distintos órganos de gobierno de la Cámara Alta.
Sin embargo,
estoy convencida que detrás de todo esto no se encuentra más que una estrategia
perversa para ocultar y desviar la atención de otros temas realmente
trascendentales para el país. Y aunque mi aspiración –y la de Laura Rojas– es
legítima y apoyada por nuestros compañeros de bancada, estoy consciente de que
este tipo de cargos son pasajeros. Lo
que el PRI quería era, en realidad, dar una muestra de quién manda en el Senado
y de lo que es capaz de hacer con tal de mantener el poder.
1.- Todos
los medios y la opinión pública, incluso miembros de mi partido político se han
volcado sobre uno de los motivos por los que se requería una presidencia más
“amable”: el nombramiento del fiscal general.
Por supuesto
el PRI, en este caso –como en muchos otros– hizo una doble jugada: apoyar por un lado a un militante del PAN
para después decir que el resultado se dio así por un pleito interno de Acción
Nacional, entre “Anayistas” y “Calderonistas”, lo cual es una falacia porque
para todos es conocida mi afinidad política, se supone pertenecíamos al mismo
equipo.
Y por el otro lado, exacerbar los ánimos
sociales en contra de Raúl Cervantes Andrade, pues, aunque hay una defensa
pública en su nombre, no sería la primera vez que desde dentro del PRI se
boicoteen entre ellos para allanar el camino a otros personajes, que pueden no
estar expuestos al escrutinio público. En el PRI son capaces de todo… ¿O se nos
olvida lo ocurrido en Lomas Taurinas, o en el Hotel Casa Blanca?
No nos
extrañe que ahora que el PRI decidió dar
paso a la discusión a las modificaciones legislativas con respecto al
nombramiento del fiscal general, surjan algunos nombres que “bondadosamente”
estén dispuestos a ocupar dicha posición por el “bien de la nación” … Nombres
como el de Humberto Castillejos, exconsejero jurídico de la Presidencia de la
República; Felipe Muñoz, ex procurador en Aguascalientes, o Renato Sales, por
sólo mencionar algunos. Vaya, tampoco dudo que quieran empujar como una
concesión generosa a nuestro compañero Roberto Gil Zuarth.
2.- No tengo
duda, como tampoco creo que la tengan otros actores políticos, que el nombre de
José Antonio Meade haya influido, pues para el PRI no es tema sencillo la
elección de su candidato presidencial en 2018.
3.- El PRI requiere forzosamente la aprobación
de la Ley de Seguridad Interior, que presentó en la Cámara de Diputados y con
la que ha chantajeado a los gobernadores del país, con el argumento de la
defensa de las Fuerzas Armadas, pues se niega a discutir el Mando Mixto y para
completar la jugada necesita también la aprobación del Mando Único.
4.- La
Cámara de Diputados está por iniciar la discusión del Presupuesto de Egresos de
la Federación 2018, y como siempre, la
distribución de los recursos será una forma de presión y chantaje para el tema
electoral venidero.
Ninguno de
estos temas es aislado, el PRI siempre
ha privilegiado la política electoral por encima de la política pública, saben
del enorme rechazo que los ciudadanos tienen ahora de su gobierno federal y de
sus gobiernos estatales. Llevamos décadas y décadas, siendo manejados por los
mismos grupos políticos tanto en la federación como en los estados, a los que
no les importa camuflajearse de distintos colores e introducirse en los partidos
políticos, aunque todos pertenezcan al mismo grupo.
En el fondo,
el PRI de siempre usó a esta “nueva
generación de priistas”, llamados “el Nuevo PRI”, para conseguir sus objetivos.
Finalmente, los nombres que ostentan el poder en el país siguen siendo los
mismos: Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa, César Camacho, Beatriz Paredes,
Jorge Carlos Ramírez, Carlos Salinas de Gortari y los caciques estatales que
han heredado los cargos a sus parientes.
Ante todo
este panorama, lo único que lamento, es que los cinco compañeros que votaron
junto al PRI, digan ahora que a Laura Rojas y a una servidora “nos
chamaquearon”, fortaleciendo con ello el argumento de que “no estábamos a la
altura del cargo” …
Pregunto: ¿En realidad fuimos nosotras las
“chamaqueadas”? ¿O quienes han ocupado cargos tan importantes como secretarías
de Estado, y fueron parte de esta generación nueva a la que el presidente
Calderón dio oportunidad de crecer? ¿De verdad no se han dado cuenta de cómo
juega el PRI? De ser así, sería una pena tanta ingenuidad política, y de ser lo
contrario… sólo podría llamársele complicidad.
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