Jorge Javier
Romero Vadillo.
En el clima
de confrontación política sin ton ni son que caracteriza al México de nuestros
días y cuando los ánimos se crispan cada vez más ante el comienzo del proceso electoral
del próximo año, buena parte de la opinión publicada, lo mismo que los
políticos enfrascados en la mera politiquería, han situado la discusión sobre
la construcción de la nueva Fiscalía en el terreno pedestre de la rebatiña por
quién será el primer Fiscal inamovible por nueve años, como si se tratase solo
de la designación de un cargo más. Otros,
menos ingenuos, tratan de capturar el cargo para cuidarse las espaldas una vez
que se encuentren fuera del poder y emprendan la retirada con el botín.
Se trata de una discusión fuera de
foco, que ha personalizado el tema alrededor de la antipatía o simpatía que el
actual procurador general, Raúl Cervantes, provoca. No se entiende, o se
pretende soslayar, que el debate de fondo no es en torno a la personalidad de
Cervantes sino sobre las reglas del juego que deben regir al nuevo órgano
encargado de la procuración de justicia del Estado mexicano –una de sus
obligaciones fundamentales en un orden constitucional democrático– de manera
que se logre institucionalizar un cuerpo de fiscales federales, profesional,
eficaz para enfrentar los retos del nuevo sistema de justicia penal, sin
incentivos para brindar protecciones particulares, despolitizado y con un
sistema de carrera que premie el buen desempeño, el conocimiento jurídico, la
honradez y el éxito en los casos presentados ante los jueces.
Otro tema central del diseño
institucional necesario para el nuevo órgano es el diseño de las reglas de
funcionamiento del cuerpo de investigación de los delitos asociado a la
Fiscalía, en sustitución de la periclitada policía judicial, trasmutada en
Agencia Federal de Investigación y después en Policía Federal Ministerial.
También en este caso será necesaria la revisión del incipiente sistema de
carrera para adecuarlo a las exigencias de profesionalismo, capacitación
técnica y rendición de cuentas que se requieren para investigar los delitos y
reducir sustancialmente la impunidad. Los investigadores federales de nueva generación deben ser
completamente diferentes a los antiguos judas con sus madrinas a los que nos
acostumbramos en los tiempos del régimen del PRI y que lamentablemente no han
desaparecido del todo.
Así, un tema central del diseño
pendiente es el proceso de sustitución de una estructura de agentes del
ministerio público y policías judiciales venales, ignorantes, ineficaces y
dependientes del poder político, por una nueva organización profesional con
personal altamente capacitado, cuyo cargo dependa de su buen desempeño y de su
probidad, no de su lealtad al procurador en turno, a su vez empleado del
presidente de la República. El diseño de la nueva Fiscalía debe desterrar, en
fin, todo vestigio de clientelismo en su organización y funcionamiento.
Otro tema es el de la vigilancia
interna de sus procesos –sus órganos de control–, que deben estar a cargo de
una Fiscalía especializada con autonomía operativa, capacidad plena de
investigación de los asuntos internos y con dotación presupuestal y de personal
suficiente. Además, debe crearse un cuerpo de vigilancia
ciudadana, que evalúe permanentemente el desempeño del organismo y ante el cual
rindan cuentas sus integrantes, sin que este interfiera en la línea de mando y
la operación cotidiana, que debe ser responsabilidad última del Fiscal General,
responsable, a su vez, ante el Congreso de la Unión.
Así, el tema
de las reglas de nombramiento del primer Fiscal y sus sucesores adquiere una
especial relevancia. Durante toda la historia estatal mexicana, el Procurador
General de la República ha sido un cuadro político nombrado por el presidente
de la República y, aunque desde hace dos décadas lo debe ratificar el Senado,
el presidente es libre de removerlo cuando le da la gana.
La Procuraduría ha sido la vía principal
de politización de la justicia –junto con la estructura clientelista del Poder
Judicial–, pues la persecución o no de los delitos, la prioridad de los casos,
incluso los responsables de los crímenes se han decidido de acuerdo a los
intereses políticos del gobernante en turno.
Eso es lo que debe cambiar, si se
quiere tener un cuerpo de procuración de justicia que lleve el amparo estatal a
toda la población y no solo a aquellos capaces de pagar por protección
particular o a los favoritos del poder.
De ahí que la mejor manera de
despersonalizar la discusión actual sea el establecimiento de reglas para
ocupar el puesto de Fiscal que claramente eviten en lo posible la captura
política del órgano.
No debe bastar con ser un buen jurista –dicen quienes lo conocen que Cervantes
lo es– sino es indispensable que no se trate de un cuadro político. Para ello, basta con establecer en los
criterios legales para el nombramiento la prohibición de haber ocupado un cargo
de elección popular o de dirección partidista durante un tiempo pertinente
–cinco años, como en el caso de los consejeros del INE, por ejemplo–,
además de las credenciales profesionales exigibles. El procedimiento de nombramiento debe tener las características de un
concurso de oposición entre los candidatos propuestos por el ejecutivo, ya sea
en ternas o quintetas, y en él deben participar cuerpos de evaluación
independientes del Senado, el cual deberá tomar la decisión final.
Las razones por las que Cervantes no
debe ser el nuevo Fiscal –ni ningún otro político en funciones– me parecen
evidentes: se trata de que la nueva Fiscalía nazca con toda la legitimidad
simbólica necesaria para su institucionalización plena y con toda la autonomía
indispensable para ejercer sus tareas de combate a la delincuencia –incluidos
los delitos de corrupción en el servicio público– sin lealtades políticas
obvias.
Si la nueva Fiscalía no nace
plenamente independiente, habrá muerto en la cuna y la próxima coalición
gobernante tendrá pretexto para volver a empezar, en un cuento de nunca acabar.
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