Araceli
Damián.
En este
proceso electoral los candidatos presidenciales dirán en todo momento que son
la única alternativa viable para que México sea cada día más próspero, haya
menos pobreza y violencia, y se acabe con la corrupción.
Dos partidos políticos, el PRI y el PAN,
han gobernado a nivel federal y en cada elección han hecho la misma promesa sin
ningún resultado. Por el contrario, cada día hay más pobreza y un deterioro de
la educación pública, del salario, de los servicios de salud y de la seguridad
social, entre otros. Incluso las reformas “estructurales” que nos fueron
ofrecidas como la panacea para solucionar los problemas del país, han sido un
fracaso y sólo han beneficiado a unos cuantos.
Para
contrarrestar la guerra sucia que el gobierno y las élites han iniciado, los ciudadanos requieren información
confiable que les permita tomar una decisión sobre su voto en las próximas
elecciones. Un instrumento valioso que puede servir para este fin es el Informe
de Resultados de la Fiscalización Superior, que la Auditoría Superior de la
Federación (ASF) elabora cada año y, que, en fechas recientes, entregó en su
versión 2016 a la Cámara de Diputados. Ahí podemos obtener información sobre el
desvío de cuantiosos recursos por parte de los gobiernos federal y locales, así
como datos que dan cuenta del fracaso de las distintas reformas estructurales.
En lo que
respecta a la reforma energética, es
necesario recordar que en realidad ésta inició con la privatización de la
producción de energía eléctrica, durante el gobierno del ex panista Felipe
Calderón. Se argumentó que ello permitiría reducir los costos de producción,
modernizar la planta productiva y terminar con una base trabajadora
supuestamente ineficiente y un sindicato corrupto. Además de decretar la
liquidación de Luz y Fuerza del Centro, se permitió una mayor inversión de la
iniciativa privada en la generación de energía eléctrica. Actualmente, la CFE
(Comisión Federal de Electricidad) compra a privados una buena parte de la
energía que se consume en el país, sobre todo a empresas españolas, siendo
éstas las que obtienen jugosas ganancias, mientras que los ciudadanos
continuamos pagando elevados precios por este bien básico.
La reforma
energética impulsada por Enrique Peña
Nieto, y aprobada básicamente por el PRI y el PAN, prometía una reducción en el
precio de los energéticos a cambio de permitir la participación de privados en
la actividad petrolera. Sin embargo, tal es el fracaso de esta reforma que las
gasolinas son más caras aquí que en Estados Unidos, además de que el alza de
los precios ha provocado una reducción en el consumo de gasolina de alrededor
de 20% entre enero y febrero de este año, con respecto a 2016.
Por otra
parte, la reforma facilitó que las
empresas del Estado mexicano, en este caso CFE y PEMEX (Petróleos Mexicanos),
puedan realizar con mayor facilidad negocios fraudulentos. Según la ASF existen grandes deficiencias en el modelo
de gestión en ambas compañías. A pesar de que se dijo que la transformación de
las entidades paraestatales en empresas productivas del estado perseguía
establecer un gobierno corporativo que pudiera obtener mayor eficiencia y
utilidades, el resultado ha sido lo opuesto, desde su conversión en empresas
productivas, ni PEMEX ni CFE han aportado beneficios para el Estado. La ASF
señala que, por ejemplo, cuando PEMEX
adquirió Grupo Fertinal incurrió en una pérdida de 565 millones de pesos,
además de que, en la contratación para el suministro de Etileno para el
complejo petroquímico Etileno XXI, hubo una pérdida de 1, 900 millones de
pesos.
Otro de los mecanismos que han
provocado pérdidas cuantiosas es el de adjudicación directa, mediante el cual,
por ejemplo, PEMEX contrató el mantenimiento y conversión de residuos en las
refinerías de Salamanca y Tula, que han generado observaciones por un monto de
más de 1, 178 millones de pesos. Como ha sido documentado por la ASF, la
asignación directa de contratos se ha traducido en negocios opacos que generan
pérdidas para el estado mexicano y, por tanto, para la sociedad.
En el Informe
de la Cuenta Pública 2016, la ASF
apuntan problemas y disfunciones estructurales en la gestión de las empresas
productivas del Estado, que tanto el gobierno como el legislativo pretenden
ignorar, ya que los partidos que aprobaron la reforma energética buscaban
consolidar una élite administradora de la riqueza de la nación con suficiente
poder para tomar decisiones arbitrarias o fraudulentas en beneficio de unos
cuantos.
Esto se hace posible ya que las
contrataciones se dan en un marco regulatorio de absoluta impunidad, en el que
la institución encargada de prevenir, investigar y sancionar esos delitos, la
PGR (Procuraduría General de la República), está controlada por el Ejecutivo
federal y no persigue tales delitos, dejando en la indefensión al conjunto de la sociedad, que
queda como testigo de la forma en que se opera el saqueo a la nación.
Es necesario reforzar los mecanismos
de rendición de cuentas, detener los procesos de privatización y recuperar el
rol rector del Estado, desde una perspectiva estratégica y de soberanía
económica sobre el sector energético, algo que tendremos que exigir a quienes
queden en el poder ejecutivo y legislativo.
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